Advertencia: contiene adelantos de la película (spoilers)

Desde hace muchos años he sido fanático de Breaking Bad, de hecho, considero, hasta el día de hoy, que es la mejor serie de toda la historia. No me queda duda que es una obra maestra que trascenderá y será adoptada por muchas generaciones venideras como un icono de la cultura popular.

Mi gusto por la serie nunca se limitó a asumirme como un simplemente espectador, también tomé el rol de comprador compulsivo de cualquier producto que llevara el sello de la serie durante muchos años: tazas, juguetes, playeras, calendarios e, incluso, un cuadro gigante que adorna mi oficina.

A pesar de lo anterior, esperé al fin de semana para ver la cinta “El Camino”, cuya fecha de lanzamiento fue el 11 de octubre, peligrosamente, muy cerca del estreno del fenómeno del “Guasón”, lo cual ha hecho –entre otras cosas– que el trabajo de Vince Giligan haya pasado desapercibido.

Además de la gran sombra que ha le dejado el payaso de Warner Brothers a “El Camino”, ésta es una película que prometió mucho y cumplió poco, de hecho, casi podríamos definirla como “un capítulo largo” que está lejos de la maestría artística de “Felina” u “Ozymanias” pero muy cerca del aburrido e innecesario episodio de “Fly”, mejor conocido por los fans como “el de la mosca”.

Antes de ver la película una voz interior –espero no sea esquizofrenia– me cuestionaba acerca de qué podría ver que no haya visto en la serie, qué podría ser mejor que lo que ya había visto… la falta de respuestas a estas cuestiones me hizo tener un mal presentimiento, el cual se agravó conforme pasaba la historia del escape de Pinkman.

Las razones para hacer esta dura crítica son las siguientes: Jesse Pinkman no es un personaje que pueda subsistir sin la presencia de Walter White, de hecho, es importante recordar que, en el guión original de la serie, los productores tenían pensado eliminarlo; la cinta no avanza mucho en la historia, al final del día nos deja donde empezó: con Pinkman huyendo, no hay un avance cronológico sustantivo; hay un error de continuidad que no pasó inadvertido: el peso de Todd claramente es mucho más elevado que cuando salió a cuadro en Breaking Bad, de ahí que hayan aparecido simpáticos memes en los que, usuarios de redes, lo han rebautizado como “El Todd-tas”; finalmente, las fechorías de Pinkman y las estrategias de llevar a cabo sus planes, muy lejos están de las ideas que tenía White para escapar de sus problemas y salirse con la suya.

Las fallas de “El Camino” nos llevan a cuestionar al propio guión de la serie: cómo alguien como Todd y sus sádicos –y estúpidos– tíos pudieron llevar con éxito la empresa de la metanfetamina durante más tiempo que el propio genio maligno de Walter White. Ese hubiera sido un buen punto que Gilligan no quiso explicar en la película.

En pocas palabras: no aporta, no da respuestas, no debela incógnitas y no “atrapa”. “El Camino” no tiene una justificación narrativa real –no hay historia que contar–, sólo habla de Pinkman, a pesar de que nos hubiera gustado saber el destino de muchos personajes, incluidos los integrantes de la familia White. Es muy probable que, en un futuro, sea simplemente un dato curioso el hecho de que haya una secuela de la serie. La película está destinada al terrible castigo del olvido y la insignificancia.

Después de dos horas con veinte minutos de continua decepción combinadas con sesgos de esperanza y a sabor de palomitas light rancias, no me queda duda en que Gilligan ha tomado el mal camino: sobreexplotar la obra maestra en perjuicio de los seguidores más fieles…#asinoVince.