I

Jaime estaba sentado en una silla: miraba una computadora. Hacía una expresión de disgusto, mezcla de incomodidad con enfado.

-No me gusta.

César Huerta (Zorro), que estaba parado atrás de él, junto a Antonio Ortiz y a mí, apretó un botón de la computadora.

-Tampoco

Otro botón.

-No

Otro

-Basura.

Uno más.

-Pésimo.

Estábamos buscando “plantilla” para un portal periodístico del cual lo único que teníamos eran el nombre y las ganas de nosotros. De ahí en más, nada.

Jaime quería algo “con movimiento”.

Se puso de pie y comenzó en un pizarrón a trazar líneas que asemejaban un dibujo de un escenario.

-Primero, quiero que cuando se abra la página, aparezca una cortinilla de teatro, roja de preferencia. Después, que cada entrada aparezca como con movimiento. Hay que ponerle teatralidad a la página. Y que cada nota sea diferente, que tenga distinto fondo.

Los tres, Antonio, Zorro y yo, nos volteamos a ver. ¿Le debíamos decir que eso no se podía, al menos no ahora con las deudas que cada uno cargaba y con los pocos recursos que se vislumbran con el futuro profesional de cada uno?

Hablé yo.

-Oye Jaime, pero eso… cuesta.

Él, como empresario que está dispuesto a abrir una chequera pletórica de billetes de cien dólares, preguntó:

-¿Cuánto?

Yo volteé a ver a Antonio, que era nuestro programador y diseñador. Entendió mi mirada.

-Ahhh… Ehhhhh, pues eso…, sí está complicado, es diseño, programación, y cada página tendría que hacerse de forma distinta, y hay que re-direccionar, y eso hace dificilísimas las cosas y también súper tardadas, y aumenta muchísimos los costos porque el diseño se haría por cada entrada, y programar eso, además de que demora, sale carísimo, porque hay que contratar de planta a diseñadores y programadores…

Jaime miró detenidamente la explicación de Antonio. Duró parado unos segundos. Su rostro contrajo un algo de enfado e impotencia. Se volvió a sentar en la silla.

Zorrito –como siempre le llamó a César Huerta-, síguele picando para ver más plantillas.

II

Cosas que coincidieron en el tiempo: a Jaime lo expulsaron de La Jornada y a mí, el director de La Jornada Jalisco, me dejó de publicar artículos de opinión y crónicas que porque era “poco objetivo”. Nos quedamos vacíos: más él que yo.

Jaime pensó que a mí me habían echado de La Jornada Jalisco por las diferencias que él tuvo con La Jornada. Yo disentía de su apreciación, y se lo hice saber: “a mí me echaron porque Juan Manuel Venegas es un hijo de la chingada que se vendió al PRI. Nada tuviste que ver tú”. Pero nunca lo convencí. Como deuda ante lo que él definió como “su efecto perverso” en mi desarrollo profesional, decidió protegerme.

Primero las letras de Jaime se fueron a un portal muy pequeñito de Mazatlán: Fuentes Fidedignas. Me invitó: “está horrible, pero al menos el director nos va a pagar las colaboraciones”. Ahí él duró poco. Y yo, claro está, también.

A Jaime le costaba trabajo no escribir Desfiladero. Por eso le ofrecí que publicara en un portal de Guadalajara (un poco más grande que Fuentes Fidedignas, pero igual de insignificante): Proyecto Diez. Fueron varios meses en los cuales Desfiladero se publicó ahí. En ese tiempo fue que nació la idea de hacer un portal propio. Nuestro. De nadie más.

Él no sabía nada de portales, y Zorro y yo, medio le hallábamos, pero no como para hacerlo, diseñarlo, programarlo. Por eso acudimos con un amigo: Antonio Ortiz, quien tenía más conocimiento en esos menesteres. Él accedió a ayudarnos.

III

Zorro y yo llegamos a la casa donde Jaime se quedaba cuando iba a Guadalajara. Habíamos logrado llegar en el Facebook de Polemón a 10 mil likes.

-¿Quién le da la noticia? –me pregunta Zorro–.

-Pues tú –le respondí–

Tocamos, y abrió la puerta Jaime. Se acababa de levantar. Eran las doce del día.

-Pásenle, pásenle.

Zorro y yo nos sentamos en el sofá rojo que estaba en medio de la sala. Sonreíamos y nos frotábamos las manos. Jaime se quedó parado.

Tenemos una muy buena noticia –dijo Zorro–: llegamos a 10 mil likes. Y eso en unos pocos meses.

Jaime se quedó mirando a Zorro. Observó detenidamente su expresión, que era la de un niño que acaban de informarle a su papá que ha obtenido cien en el examen de matemáticas.

¿Y con eso como para cuántas comidas nos alcanza?

La sonrisa de Zorro, y la mía, se desvanecieron: tenía razón, uno no come de likes.

 

Equipo de Polemón, durante entrevista con Andrés Manuel López Obrador, en septiembre de 2015. Foto: César Yáñez.

IV

Trabajamos en la casa de Antonio Ortiz, que era además de su oficina, su taller de impresión (todo en el mismo lugar). Discutimos la plantilla, la periodicidad del portal, los colores, el logotipo, quiénes escribirían, etcétera.

El primer logotipo. “No”. El segundo. “Tampoco”. El tercero. “Menos”. 

Mejor nos fuimos a dormir. “Mañana le seguimos”. Después de varios intentos, por fin salió: Polemón, el griego, con ojos rojos y un círculo también rojo. “Está poca madre” –le dijo Jaime a Antonio Ortiz–. Y éste descansó después de presentar varios diseños.

-Ahora falta el eslogan –nos dijo Jaime–; piénsenle.

Nos quedamos callados, reflexionando, exprimiendo al máximo nuestra creatividad: todos sentados en torno a una mesa cuadrada. Zorro dijo algo y la respuesta fue un silencio tan estridente que se entendió que eso no iba a ser jamás. Yo dije algo, y lo mismo. Antonio y nuestra amiga Mar y Mar (quien se había incorporado en esa sesión a la “talacha”) mejor no abrieron la boca.

Jaime se levantó de su silla. Caminó unos pasos, y de repente habló: “Semanario mensual que sale todos los días”. Antonio como que rio, pensó que era un chascarrillo de Jaime. Seguramente dedujo que, para una publicación seria, ese eslogan era demasiado irreverente.

Nos quedamos callados.

¿Y saldrá todos los días? –no sé si pregunté yo o lo hizo Zorro–.

-Tienen razón –dijo Jaime–. Mejor, “Semanario mensual que sale todos los días a veces”.

Y así quedó el eslogan: estábamos en la vanguardia.

V

Necesitábamos dinero. Queríamos pagar las colaboraciones, los cartones, la gente que estuviera laborando en Polemón no lo debía hacer sin recursos. El amor al arte está bien, pero no da para sobrevivir. Es cosa de justicia. De derechos.

Era una noche de diciembre. Estábamos tomando unas cervezas en un café-bar que estaba a un costado del Teatro Degollado, en Guadalajara. Hacía, sorprendentemente, algo de frío en la ciudad. Todos con chamarras. Discutíamos de dinero. O más bien, de la ausencia de él.

Yo dije algo de mis perros. Y Zorro algo de su perra. Y entonces, a Jaime se le ocurrió una idea: fijarnos en los consumidores de animales. Planeamos todo en esa mesa: editaríamos un periódico que se llamaría Animalia, lo publicaríamos quincenalmente: haríamos reportajes de animales que existían y de los no existentes (incluso ya teníamos una lista), iríamos a vender publicidad a los consultorios veterinarios, tendríamos una sección de asesoría psicológica para perros con problemas de conducta (“tú perro sufre de depresión, no importa, el Dr. Avilés te explicará cómo hacerlo un perro feliz”), posibilitaríamos romances caninos, investigaríamos sobre los animales más extraños del mundo. Tardamos varias horas discutiendo si debía haber una sección de toros.

Jaime estaba emocionado: podría narrar todas sus experiencias en la crianza de conejos, y en la preparación de los mismos.  

-“Con lo que saquemos de eso, echamos a andar Polemón diario” –nos dijo–.

Nunca lo hicimos, por ende, nunca editamos Polemón diario.

VI

Jaime pensó a Polemón como un semanario: cada sábado se debían publicar seis o siete textos. Saldrían a las doce de la madrugada todos. Incluido su Desfiladero. Le habíamos hecho saber que eso no era conveniente, porque el internet tenía ciertas dinámicas distintas a las de los medios tradicionales y…. No nos escuchaba.

El primer número de Polemón estábamos en la casa donde Jaime se quedaba en Guadalajara. Dibujó la portada del portal en un pizarrón, y entonces estuvo colocando los textos que habíamos hecho. Aquí va el Desfiladero, acá va la notita de Zorrito, acá el texto de Naredo, acá la colaboración de Alfredo, acá va el cartón de Rapé, y acá va…

Ese día discutimos títulos, pertinencia, temáticas, relevancia de notas, impacto, contextos, escrituras. Mirarlo y escucharlo fueron las clases de periodismo más sorprendentes y alucinantes que jamás tuve.

Cuando concluimos, Zorro y yo estábamos hechos polvo. Cansados. Eran pasadas las cuatro de la madrugada. A mí se me cerraban los ojos. Había sido todo intenso, habíamos cambiado imágenes, discutido, redactado mejores entradas y finales, etcétera.

Entonces, Jaime, nos preguntó:

-¿Qué procede, a dónde vamos ahora? ¿Hay algún barecito abierto?

Yo me fui a casa. Zorro también. Y seguramente Jaime salió a buscar un bar abierto.

Ese fue el primer número de Polemón. Después, vinieron dos o tres, y Jaime lentamente entendió que, sacar todos los textos el sábado en la madrugada, no era lo conveniente, y que había que mudar la dinámica de trabajo. Lo fuimos haciendo, y él, poco a poco, entendió que las redes sociales tenían su particularidad. Yo pienso que nunca lo convencimos del todo: lo de editar un viernes a las doce de la madrugada, y después de eso ir a tomar cervezas y whisky, era algo que tenía un encanto incomparable e irrenunciable.  

Jaime Avilés y Jorge Gómez Naredo, en los días previos al lanzamiento de Polemón. Foto: César Huerta.

VII

Le marco a Jaime porque, una de sus columnas, que solían moverse muy bien, comenzó a tener un alcance mucho más alto de lo normal.

-Oye, Jaime, tu Desfiladero de ayer ya tiene un montón de visitas y de likes y de compartidas. Se está moviendo muy cabronamente.

-Ah mira qué bien.

Al principio, cuando hablábamos de los alcances de Polemón, Jaime era seco. No es que no mostrara interés, es que había algo que no le alcanzaba a llenar.

Jaime fue un periodista que siempre escribió en papel. Sus notas, sus reportajes, sus crónicas, siempre estaban en los puestos de revistas. Ahí, en la ciudad que caminaba. Pasar del papel a lo digital fue un duro golpe para él. No seguir publicando en La Jornada le dolió muchísimo y siempre. No estar ahí, en las páginas. Entendía que el mundo se estaba volviendo distinto, que menos gente leía los periódicos en su formato tradicional, pero el hueco que le quedó después de salir de La Jornada no se llenó nunca.

Al principio soñamos con hacer de Polemón un semanario impreso. O un periódico: algo físico. Después nos hicimos a la idea de que el portal había nacido en la red y ahí debía quedarse. Así me lo dijo cuando fui a visitarlo al hospital de Cancerología, poco menos de un mes antes de su fallecimiento: “me ofrecieron varios espacios en diarios –sonreía al hablar–, yo comienzo a escribir ahí, sacamos feria, y le pegamos duro a Polemón. Esto va para adelante. Vienen tiempos muy buenos”.

Había muchos proyectos: libros, compilación de crónicas, hacer coberturas sobre las elecciones de 2018, entrevistas, salir a las calles, encontrar historias, contar historias.

Polemón nunca se planteó como un portal para “informar” con “objetividad” sobre la “realidad”. Más bien se planteó para cambiar el mundo: para transformar este país que cada día cae más en un despeñadero. Polemón nació combativo, revolucionario.

VIII

Zorro, Alejandra y yo estábamos sentados en el sillón rojo del departamento donde Jaime solía quedarse en Guadalajara. Hablábamos de un problema vial, o del tráfico de la ciudad, o de un choque que hubo cerca.

Jaime solamente observaba nuestro decir. De repente, como quien va a contar un secreto, comenzó a hablar:

Tuve un accidente ayer.

-¿Cómo? ¿Dónde? ¿Grave? ¿Estás bien?

-Iba yo muy tranquilamente adentro del supermercado, y una señora a toda velocidad (con toda la imprudencia del mundo) estampó su carrito contra el mío.

-¿Lo estampó?

-Bueno, fue un rozón. ¡Pero qué insensatez! Ya no hay educación vial para andar en los pasillos de los supermercados.

Todos reímos. Yo le dije:

-¿Y si sacamos una nota en Polemón que se titule: “Director de revista insignificante sufre accidente en carrito de supermercado”?

Jaime soltó la carcajada.

Zorro, emocionado, mencionó: “sería un hitazo, se movería mucho”.

 

Jaime Avilés con César Huerta, en los días previos a la creación de Polemón. Foto: Jorge Gómez Naredo

IX

Jaime sabía que yo me dormía temprano, que tenía el sueño muy pesado, y que me levantaba a las seis de la mañana (las horas en que él solía apenas dormirse). Por eso, me solía enviar mensajes de celular dándome indicaciones: “te mandé el Desfiladero”, “hay que retomar esta información”, “ya viste eso, habrá que entrarle al tema”.

Así era la comunicación cuando estaba él en la Ciudad de México y Zorro y yo en Guadalajara.

Al principio, Polemón nació como un medio pequeño, pero gracias a la gente que leía a Jaime, el portal se fue llenando de seguidores. No millones, pero sí muchos. Jaime le comenzó a tomar un cariño especial al portal. Cuando un día fui a la ciudad de México, y fuimos a un bar de blues, me presentaba como “el segundo de Polemón”, a gente que en su vida había escuchado hablar de Polemón. Jaime estaba orgullo de lo que hacíamos a pesar de nuestras carencias, a pesar de que, para sobrevivir, solamente le dedicábamos un poco de tiempo.

Ahora que él ya no está, Zorro y yo estamos como y acongojados. Cuando nos trasladábamos al ex Dé Efe para asistir al velorio de Jaime, discutimos qué debíamos hacer: ¿cerramos el portal? ¿le seguimos? ¿qué hubiera querido Jaime que hiciéramos? Todavía estamos hablando de eso. Nos duele tanto que él ya no esté acá: nos dejó huérfanos.

X

Preocupaciones económicas por Polemón y posibilidades de financiamiento:

Un día Jaime, en una cantina de Guadalajara, nos dijo muy serio (como si estuviera enfrente de un grupo de potentados empresarios) que tenía el invento que nos permitiría transformar a Polemón en diario: el “micro batidor de huevos”. Nos los describió como un motorcito con una aguja puntiaguda, que, sin romper la cáscara del huevo, le haría un orificio. Ya adentro, la aguja se extendería en pequeñas hélices batiendo la yema y la clara a una velocidad impactante. Después, las aspas volverían a su lugar y la aguja saldría. El huevo quedaría batido dentro de la cáscara, listo para echarse al sartén.

“Si lo patentamos y lo comenzamos a producir –dijo Jaime, muy satisfecho y optimista–, sacamos para expandir el emporio Polemón“.

XI

Me queda claro que Jaime ha sido uno de los mejores cronistas de este país. Su mirada del mundo, la forma en cómo contaba, en cómo describía. El lenguaje que usaba. Su humor. Su sátira. La forma de burlarse de todo, incluso de él mismo. Su ironía. Su capacidad para conocer los lugares más recónditos de las ciudades que visitaba. La facilidad que tenía para escuchar y para pescar los detalles que mostraban lo importante de un tema, de una historia.

Jaime era un genio. Un genio que, en los últimos años, fue tratado con desdén por muchos de los grandes medios de comunicación y quienes laboraban y laboran ahí. Sí, él tenía sus convicciones que disentían de la forma en cómo unos miraban el mundo. Pero, ¿acaso el poseer convicciones no es, más que defecto, una gran virtud?

Polemón, como lo describió en Milenio un petulante Alejandro de la Garza, es un “micro sitio”. Pero es un “micro sitio” con dignidad. Un “micro sitio” que, desde el principio, se planteó la humilde labor de decir lo que pensamos para cambiar a México.

Nos da pánico estar sin Jaime. Pero sé que él hubiera querido que continuáramos. Deseaba que apoyáramos la transformación de México. Las elecciones de 2018 eran la próxima estación. Y no podemos dejar que este país se vaya a la mierda. Al menos, no podemos dejar que se vaya con nuestro silencio.

Sí, Jaime, acá andamos. Tristes, huérfanos, pero acá andamos.

El pastel para la celebración del segundo aniversario de Polemón.