Supongamos que un joven no muy alto, hace unos años, logró enriquecerse súbitamente mediante una compañía ⎼Comtelsat⎼ dedicada a vender equipo técnico para la transmisión de contenidos televisivos.

Supongamos ahora que el dueño de la empresa ⎼ubicada hoy en la exclusiva zona de Santa Fe⎼ se llama Manuel Arroyo Rodríguez, nació en 1975, y su sueño juvenil ⎼según ha dicho él mismo⎼ era “proveer soluciones de alta tecnología y especialización en los mercados de Broadcast & Telecom”.

Supongamos que el anhelo de este empresario llegó pronto y, pasado un tiempo, consiguió vender equipo de producción y sets de televisión ⎼nada baratos⎼ a Televisa, Tv Azteca, América Móvil, Fox Sports, Milenio Tv, ESPN, MVS, y a otras empresas.

Supongamos que, de 2011 a 2015, el Gobierno de Guerrero fue uno de los principales clientes de Comtelsat, su empresa.

Supongamos que, justo en ese tiempo, Ángel Aguirre Rivero fue gobernador de Guerrero ⎼y tuvo que renunciar⎼ cuando ocurrió la desaparición (nunca aclarada) de los 43 Estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, municipio de Tixtla.

Supongamos que al dueño de Comtelsat esas muertes no le importaron tanto (o quizá muy poco) y continuó manteniendo al señor Aguirre como cliente.

Supongamos, ahora bien, que Manuel Arroyo ya no se conformó con ser proveedor de equipos técnicos y que, en 2012, decidió comprar El Financiero ⎼un diario que, desde su fundación ⎼1981⎼ solía ser un referente nacional en temas económicos.

Manuel Arroyo, en la portada de la revista “Fortuna”.

Supongamos que en ese momento Felipe Calderón Hinojosa era presidente de México y que, quince días antes de que terminara su sexenio ⎼que concluyó el 30 de noviembre de ese año⎼, Arroyo logró concretar la compra de El Financiero (un templado jueves 15 de noviembre de 2012).

Supongamos que algunos sospecharon que al empresario le interesaba un rábano el periodismo y sólo pretendía usar aquel periódico para conceder buena prensa ⎼y publicidad⎼ a él y sus negocios.

Supongamos que, en ese punto, Arroyo se parecía a Olegario Vázquez Aldir ⎼tres años mayor qué él⎼, quien en 2006 compró el periódico Excélsior ⎼y posteriormente Excélsior TV, Imagen Radio e Imagen Digital⎼ para defender la causa multimillonaria ⎼ cualquiera que fuese⎼ de (su) Grupo Empresarial Ángeles.

Supongamos que, para darle un poco de credibilidad a su objetivo, en 2013 Arroyo ideó pactar una alianza con la agencia internacional de noticias financieras Bloomberg.

Supongamos que en El Financiero muchos periodistas se inconformaron y, en respuesta, Arroyo decidió correrlos bajo el argumento de que “iniciará un proceso de modernización profesional y tecnológica en consonancia con los desafíos del país y del periodismo contemporáneo”. Y que, claro, su periódico tuvo que publicar ⎼con bombos y platillos⎼ la “acertada decisión” del empresario.

Supongamos que entre los muchos despedidos se encontraba Víctor Roura, quien en 1988 había creado y encabezado ⎼durante 25 años⎼ la sección cultural de ese diario.

Supongamos que durante aquella época ⎼dirigida por Rogelio Cárdenas Sarmiento (que murió en 2003) y Roura⎼ las páginas de El Financiero se vieron enriquecidas con los textos de Carlos Monsiváis, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Guillermo Samperio, Luis González de Alba, Eusebio Ruvalcaba, Elena Poniatowska, Juan Villoro, Humberto Musacchio y, caray, hasta del infotografiable Gabriel Zaid.

Supongamos que el equipo editorial, los reporteros y el personal despedido pidió ayuda al gremio, y que los directivos ⎼y dueños⎼ de Nexos y Letras Libres ⎼que bajo la tutela de Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín concentraban y ejercían un implacable poder cultural e intelectual⎼ permanecieron indiferentes.

Supongamos que, también en 2013, para celebrar el atropello, la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio (Concanaco) y Enrique Peña Nieto ⎼un expresidente confundido que sucedió a Calderón y solía creer que cinco minutos eran menos que un minuto⎼ decidieron premiar a Manuel Arroyo como el empresario del año. Y que su nuevo periódico, ya bajo ese “periodismo modernizador”, salió a cubrir la nota como si aquella nimiedad fuese un importantísimo hecho periodístico.

Supongamos que, para disimular un poquito, El Financiero se propuso no poner el nombre de Arroyo en el directorio y, para mantener un poquito más aquella hipócrita distancia, se tomó la determinación de referirse a él como “presidente de Grupo Lauman”.

Supongamos que, en enero de 2013, para defender al nuevo dueño de El Financiero y a su emporio empresarial, Arroyo nombró director editorial a Enrique Quintana, quien, luego de afirmar que El Financiero era “su casa” ⎼pero que no la había pisado en 21 años (la abandonó en 1992)⎼, recibió la urgente encomienda de contratar a un grupo de feroces opinadores para defender la causa ⎼también millonaria⎼ de su nuevo jefe.

Supongamos que Quintana, para integrar las filas de ese periodismo “modernizador” que tanto exigía Arroyo, convocó a un famoso ⎼pero trillado⎼ equipo de comunicadores: Raymundo Riva Palacio ⎼despedido una y otra vez de casi todos los medios de comunicación de este país⎼, Pablo Hiriart ⎼tristemente célebre por haber recibido sobornos de personajes como Carlos Salinas y Ramiro Garza Cantú⎼, Macario Schettino ⎼vociferantes personaje que imparte charlas motivacionales en la Coparmex y cobra jugosos “donativos”⎼, Juan Ignacio Zavala ⎼cuñado de Felipe Calderón y, bueno, hermano de Margarita Zavala⎼, y Darío Celis, eficiente vocero de Raúl Beyruti, conocido como “el Zar del outsourcing”.

El columnista de El Financiero, Macario Schettino, quien imparte charlas motivacionales en la Coparmex y cobra jugosos “donativos”.

Supongamos que muchos de estos “periodistas” recibieron pagos millonarios durante los sexenios priístas y panistas, y que han sido denunciados por crear campañas sucias, dirigiendo granjas de bots e incluso publicando y retuiteando memes que difunden burdamente en las redes sociales. Pero, de ahí en fuera, todos periodistas sin tacha y con buen raiting.

Supongamos que todos estos personajes ⎼señalados por practicar eso que llaman periodismo “chayoteado”⎼ han apoyado, según sea el caso (y la paga), el salinismo, el foxismo, el calderonismo y, ya qué, chayote es chayote, hasta el peñanietismo.

Supongamos que, en 2018, Arroyo apoyó al excandidato presidencial Ricardo Anaya en aquella fallida candidatura que lo hizo salir huyendo a Atlanta y, dos años más tarde, aparecer comiendo tacos de carnitas “para probar lo nuestro”.

Ricardo Anaya con el empresario Ricardo Arroyo.

Supongamos que López Obrador ganó las elecciones en julio de 2018 con 30.11 millones de votos y 53.19 por ciento de las preferencias, y que Arroyo y Anaya quedaron un poquito frustrados y mucho más enojados.

Supongamos que a estos personajes contratados por Enrique Quintana ⎼que cobran sueldos importantes en la nómina de Arroyo⎼ se les exigió que olvidaran un poco la función del periodismo y, si se podía y no iba contra sus principios, salieran a dar la batalla “intelectual” contra AMLO, porque, ya saben, es un “peligro para México”.

Supongamos que estos periodistas ⎼reducidos a simples empleados de nómina⎼ aceptaron, muy fieles a su costumbre, desentenderse de las tediosas y cansinas obligaciones éticas del periodismo, o sea: investigar la verdad y darla a conocer, satisfacer el derecho de la sociedad a recibir la mayor cantidad y calidad de información, y toda esa monserga antiquísima que solía ser la deontología moral del periodista. Y nada acorde, por cierto, con la “modernización periodística” y tecnológica del empresario Arroyo.

Supongamos que estos empleados ⎼ya totalmente desembarazados de los fundamentos morales del periodismo libre⎼ se han dedicado a anteponer los intereses comerciales del grupo empresarial que los sustenta (el de Arroyo).

Supongamos que en septiembre del año pasado, el presidente López Obrador presentó en su conferencia matutina documentación que sustentaba que El Financiero ⎼Comtelsat S.A. de C.V⎼ adeudaba 2 mil 300 millones de pesos a Nafin y Bancomext.

Supongamos que también salió a la luz pública que Servicios, Infraestructura y Tecnología Papantla ⎼una constructora que Arroyo fundó con su amigo Jaime Domingo López Buitrón, exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (Cisen) y subalterno de un tal Genaro García Luna⎼ recibió 28 mil 396 millones de pesos por la edificación, rehabilitación, adecuación, equipamiento y amueblada del Centro Penitenciario Federal Papantla.

Penitenciaría que se pretende construir en Gildardo Muñoz, municipio de Papantla, en Veracruz.

Supongamos que ese contrato fue asignado a la empresa de Arroyo por adjudicación directa en los últimos días del gobierno de Peña Nieto.

Supongamos que el Cefereso de “máxima seguridad” que equiparía Arroyo ⎼y que ahora mismo tiene sus 30 hectáreas en el más completo abandono⎼ está asentado en la pequeña localidad de Gildardo Muñoz, municipio de Papantla, en Veracruz.

Supongamos que, de acuerdo con datos del Inegi, el 92.63% de aquella población es indígena, y que el 58.78% de los habitantes habla una lengua indígena, concretamente tutunaku.

Supongamos que habilitar en esa zona una cárcel de “ultra máxima seguridad” ⎼que pretende albergar a reos de alta peligrosidad consignados por homicidio, narcotráfico, trata de personas, contrabando y robo agravado⎼, significaría llevar a esa región ⎼compuesta por seis zonas rurales, donde las familias se dedican al cultivo de maíz, frijol, chile y pipián⎼ un peligro que, tarde o temprano, terminaría por alcanzar a la comunidad.

Supongamos que Arroyo lo sabe y decidió hacerse de la vista gorda. Y sus fieles “periodistas”, para no contrariarlo, han seguido su ejemplo.

Supongamos que el viernes, en “la Mañanera”, un reportero volvió a preguntar al presidente López Obrador sobre el caso de El Financiero y los contratos ⎼millonarios⎼ que ha ganado su dueño. Y que el mandatario respondió que “ya no pueden sostenerse esos contratos leoninos”.

Supongamos que el empresario Arroyo ⎼“el emprendedor” consentido de Peña Nieto⎼ piensa que esa clase de mensajes atenta contra sus intereses ⎼¿leoninos?⎼ y, furioso, llamó a sus huestes para ordenarles que, una vez más, lanzaran sus dardos pestíferos ⎼cada vez menos periodísticos⎼ contra el Presidente.

Supongamos que, si los “periodistas” no lo hacen, no les paga. O los corre. Tienen dos opciones. Y es un acuerdo tácito que ellos, desde luego, entienden a la perfección.

Supongamos que estos opinadores, en concordancia con la agenda de Arroyo, hoy titularán sus columnas “Las ocurrencias de AMLO”, “El circo de AMLO” o “México, intoxicado por su Presidente”. O que quizá se devanarán los sesos pensando en otros títulos porque, distraídos como son, caerán en la cuenta de que esas frases y esos clichés ya los han utilizado hasta el hartazgo.

Supongamos que, para tener más impacto en las audiencias, en Nación 321, un medio informativo más de Arroyo, los editores tienen la instrucción de replicar las opiniones ⎼juzgue usted, lector, si periodísticas u objetivas⎼ de el Dream Team bélico que escribe en El Financiero.

Supongamos, finalmente que eso ⎼lo que hacen los empleados de Arroyo en El Financiero⎼ es periodismo.