Cuando Andrés Manuel López Obrador sale de su casa en su austero WV Jetta blanco modelo atrasado, lo primero que pienso es: que no choque, que no tenga un accidente, que por favor llegue bien al Congreso.

Es un pensamiento absurdo, verdaderamente tonto, pero pienso que resume el sentimiento de “no creerla”. Esa duda que no tenemos pero que en lo más hondo de nosotros está ahí, diciéndonos: “hasta que no tenga la banda presidencial todo puede ser un sueño”.

Así, hasta que no tenga la banda presidencial, hasta que no la traiga puesta, todo tiene sospecha de haber sido un sueño.

Por eso, lo primero que pienso cuando AMLO sale de su casa es: “que no choque, que no tenga un accidente, que por favor llegue bien al Congreso”.

II

El día es épico: Andrés Manuel López Obrador será presidente del país. A eso de las nueve de la mañana el zócalo está casi vacío. Hay gente, y llega mucha gente, pero la plancha del zócalo es enorme y se ve vacía, aunque haya gente y mucha.

Eso sí, los puestos de objetos relativos a Morena y a Andrés Manuel ya están vende y vende de todo: hay cachuchas de AMLO, llaveros de AMLO, camisas de AMLO, chamarras de AMLO, libros de AMLO, aretes de AMLO, almohadas de AMLO y claro, monitos de AMLO.

Entre estos últimos hay una pluralidad radical: está el mini-AMLO (que casi toda la gente que pregunta por él le nombra “amlito”), el AMLO mediano y un AMLO un poco más grande que, el vendedor que los ofrece, llama soberbia y petulantemente “el amlote”. Pero los monitos de AMLO no solamente tienen pluralidad en cuanto a tamaño y distintas calidades (depende del puesto donde se ofrecen), sino que también la tienen en cuanto a investidura y edad. Está el AMLO joven y el anciano, el AMLO joven sin la banda presidencial y el AMLO joven con banda presidencial; el AMLO viejo sin banda presidencial (éste es muy complicado de conseguir, pero los hay) y el AMLO viejo con banda presidencial.

Venda de “Amlitos”. Foto: Alejandra Hidalgo.

Doy la vuelta al zócalo. Encuentro que hay una distribución muy interesante de la gente, que a primera vista no había visto: casi todos están en la sombra que dan los edificios del Gobierno de la Ciudad de México. La gente está ahí resguardada. Yo ya llevo como una hora quemándome en el sol que a esta hora resulta verdaderamente molesto.

Me quedo un rato en la sombra y descanso. Voy a mirar una pantalla que hay en la calle 20 de noviembre casi esquina con 16 septiembre. Ahí me entero (por lo que transmite la pantalla) que Andrés Manuel ya va pronto a salir de su casa. Veo con asombro que hay un montón de personas esperando a que el próximo presidente de México salga de su casa. Están ahí, espere y espere, como estoy yo acá, espere y espere junto a miles de personas que están espere y espere.

Estamos, pues, espere y espere, y la verdad es que no nos importa: hemos esperado más de 12 años para ver esto: unos minutos no son nada.

AMLO, al salir de su casa el día en que tomó posesión como presidente de México.

Andrés Manuel sale de su casa a pie y da un paso. La gente se abalanza sobre él, da como unas dos o tres palabras (no hay audio de lo que vemos en la pantalla) y se regresa, cerrando dificultosamente (porque la gente se lo quiere impedir) la puerta tras de sí. Después se abre la puerta del cancel de su casa y sale en su WV Jetta blanco modelo atrasado. Ahí, en ese carro, va el próximo presidente de México.

¿Es real esto que estoy viviendo? ¿Son reales estos sentimientos tan colectivos y tan particulares al mismo tiempo? ¿Cómo me debo sentir?

Es la primera vez en el día que me dan ganas de llorar por el contento que cargo en todo el cuerpo. Habrá varias.

III

Estoy muy cómodo, con una sombra enorme, viendo la pantalla de la calle 20 de noviembre. En un momento dado se me ocurre la muy mala idea de ir al zócalo para ver desde allí cómo se va llenando de gente.

Recorro los metros necesarios para salir de la sombra y noto de inmediato que el sol pega ahora más duro.

Hay gente, aunque no para llenar la plancha ni siquiera en dos terceras partes. Pero eso no es lo importante: yo quiero estar junto a la gente a la hora del discurso de AMLO en la Cámara de Diputados.

Así pues, veo en una de las pantallas de la plancha del zócalo cómo AMLO en su auto WV Jetta blanco modelo atrasado recorre las calles de la ciudad de México y, a su paso, la gente le aplaude. Todo esto de forma espontánea. En un alto, uno de los que suelen limpiar vidrios, como que no se la cree que esté dentro de ese Jetta el casi presidente, y cuando se da cuenta que sí, le va a contar a otras personas que ahí, en ese auto, va AMLO.

Ciclista se le acerca a AMLO antes de llegar al Congreso de la Unión.

Veo a una ciclista hacer carreritas algo así como tres minutos con los motociclistas que resguardan a AMLO. Veo a más gente saludar, y en lo que identifico como la zona de San Antonio Abad, veo a otro ciclista con la bandera de México en la espalda. (Después sabré por AMLO -porque se los comunicó a los diputados en el Congreso-, que ese ciclista tan nacionalista le había dicho: “no tienes permitido fallarnos”. Ése fue otro momento –cuando AMLO les comentó eso a los diputados– en que me entró ese sentimiento en que dices: se me van a salir las lágrimas y no puedo evitarlo).

En los alrededores de la Cámara de Diputados hay más gente que espontáneamente sale a ver si “por ahí pasa AMLO”.

IV

La gente está expectante de las dos pantallas gigantes que hay en la plancha del zócalo. Hasta ahora, las imágenes solamente han enfocado el WV Jetta blanco modelo atrasado que circula por las calles de la ciudad, pero de repente, cambia y aparece una comitiva como de diez camionetas enormes, todas negras. Es Peña Nieto que está llegando a la Cámara de Diputados.

Cuando la gente en el zócalo ve en las pantallas que Peña Nieto se baja de una de las camionetas, comienza a abuchearlo y a gritarle improperios que, a pesar de serlos, describen nítidamente la gestión del mexiquense. Yo, por supuesto, participio de esos improperios contra el ya casi expresidente.

Llegada de EPN al Cogreso. Sus últimos minutos como presidente.

Luego, aparece otra vez en la pantalla el WV Jetta blanco modelo atrasado donde va Andrés Manuel López Obrador. Camionetas enormes y decenas de hombres muy bien vestidos que casi casi cargan a Enrique Peña Nieto, contrastan enormemente con la austeridad de Andrés Manuel.

Mientras estoy observando eso, hay personas que pasan vendiendo distintos productos alimenticios, los cuales tienen un sistema de marketing por repetición: “nieves, compre nieves, nieves, compre nieves, nieves, compre nieves, nieves, compre nieves”. Yo adquiero una de limón, la cual tiene un color muy intenso, casi fluorescente. También hay un joven que pasa vendiendo palomitas en vasos idénticos a los que dan en las salas de cines. Y es que, de cierta manera, en este momento el zócalo ahora se ha transformado en un gran cine. La película que se proyecta bien podría llamarse: “12 años después les ganamos”.

V

Cuando Andrés Manuel recibe la banda presidencial y se la pone, la gente estalla en un júbilo enorme. Podría tratar de describir detenidamente unas muy bellas y sentidas escenas de la gente, pero la verdad es que no puedo porque mientras esas escenas de gente abrazada y soltando lágrimas enormes están sucediendo, yo me encuentro llorando también. Y por eso no puedo ver con detenimiento lo que sucede a mi alrededor.

Quizás alguien me pueda decir que un reportero o cronista o periodista no puede darse la libertar de llorar cuando va a cubrir un evento, cualquiera que éste sea. Pero yo, como además de reportero o cronista o periodista también pienso que la presidencia de AMLO es un hecho histórico e importante para el país, me tomé la libertar de llorar.

El discurso de la toma de posesión es muy bueno, y largo. Lo largo lo resienten especialmente las piernas y los pies, y también la piel, porque el sol no ha dejado de ser inclemente.

Andrés Manuel, a su llegada a Palacio Nacional.

Durante muchos momentos del discurso, la gente aplaude, se indigna, se siente contenta, se vuelve a indignar, se ríe de las caras de Enrique Peña Nieto, suelta la carcajada cuando Andrés Manuel dice “me canso ganso”, grita “presidente, presidente”, “es un honor estar con obrador” y “no estás solo”.

Es como si Andrés Manuel estuviera aquí dando su discurso, en la plancha del zócalo, y la gente que aplaude y grita y dice consignas lo hace con una extraña convicción: hacerse escuchar en la mera Cámara de Diputados.

Quizás por eso alguien grita: “así se hace mi presidente”, o “te quiero AMLO”, o “eres un chingón”.

Evidentemente, que AMLO escuche las consignas de este zócalo es imposible, pero hay veces que la cara de quien ya es presidente de México muestra una mueca como si nos escuchara, como si nos oyera, como si supiera que estamos aquí, celebrando que se hizo presidente y agradeciendo que lo hicimos presidente.

AMLO a punto de llegar a Palacio Nacional.

Vi en la pantalla que Andrés Manuel recibió la banda presidencial, observé cómo llegó y entró a la Cámara de Diputados y cómo salió, y ahora estoy viendo, ya no en pantalla sino en vivo, cómo aparece el auto WV Jetta blanco modelo atrasado en la calle Pino Suárez para llegar a Palacio Nacional.

He visto eso, y a pesar de todo, desconfío: ¿realmente está sucediendo esto que está pasando? No me pellizco, porque eso es absurdo, pero sí reflexiono sobre si realmente es real esto o es un sueño. Decido que no es un sueño, y entonces me dan ganas de llorar.

VI

Regreso al zócalo después de haberme tomado un café. Corre el rumor (o hay certezas, no sé aún) de que Andrés Manuel López Obrador, presidente constitucional de México, saldrá a las cinco en punto de la tarde al balcón principal de Palacio Nacional para saludar a la gente.

Yo estoy aquí debajo de ese balcón principal, esperando.

A las cuatro y cincuenta, varios camarógrafos platican entre ellos y dicen que no, que no saldrá, y que lo hará de la puerta izquierda de Palacio para ir directamente al templete. Yo, por si las dudas, me quedo abajo del balcón. No vaya ser que salga y me pierda la primera salida de AMLO al balcón presidencial.

Y es que, cualquier cosa que haga hoy Andrés Manuel, será la primera que haga como presidente constitucional de México. Por ejemplo, la primera comida, el primer mitin, los primeros saludos con la gente, etcétera. Uno se mueve por el zócalo con la convicción de que está metido en una época y en un lugar que aparecerán en los próximos libros de texto como un capítulo o una unidad.

Pasadas las cinco, la gente corre rumbo a la puerta izquierda de Palacio Nacional, y es claro que Andrés Manuel no saldrá al balcón principal. Me entra la desilusión, pero no las ganas de llorar.

Ya estamos en el zócalo y Andrés Manuel en el templete. Me he convencido que esto que estoy viviendo es real, pero lo que sigue es algo que me hace dudar de nuevo.

Grupos indígenas de varios lugares del país hacen una ceremonia, en la que purifican la investidura presidencial y también a Andrés Manuel. Es un ritual en el que hacen que el público, es decir, miles de personas que estamos en la plancha del zócalo, levantemos la mano varias veces y en varias direcciones. Todos apretujados, porque para esta hora el zócalo está lleno hasta más no poder.

El zócalo, el día de la toma de posesión de AMLO. Foto: Alejandra Hidalgo.

¿Estoy viviendo esto? ¿Realmente está pasando lo que está pasando? ¿Un presidente rociado de incienso por gente humildísima que habla el español como su segunda lengua?

Esta vuelta a la duda tiene, sin embargo, un origen más racional: nunca un presidente del país había tenido el mismo día de su toma de posesión una reunión con representantes de los pueblos indígenas de México, y menos en público, y menos con ritual de por medio.

Hay un momento que es realmente emotivo en el ritual: un indígena habla un idioma que no entiendo, se hinca y con voces que se convierten rápido en gritos le pide a Andrés Manuel algo de forma desesperada. Los sonidos son llorosos y muy fuertes, como quejas, como esperanzas, y al mismo tiempo como dolor. Andrés Manuel, en lugar de permanecer de pie, se hinca junto al indígena y este es un momento impactante para mí: el presidente de mi país se hinca ante la gente hincada.

Me entran las ganas de llorar, y son tantas, que quizás lloro.

AMLO, en ceremonia donde recibió el bastón de mando.

Después le entregan los representantes de los pueblos indígenas el bastón de mando a Andrés Manuel y una cantidad muy amplia de prendas (paliacates, morrales, camisas, etcétera).

Terminado el ritual, y con el bastón de mando en la mano, Andrés Manuel comienza un discurso. Sinceramente, la mayoría de quienes habíamos estado en la mañana, pensamos que sería una charla pequeña, de unos quince o veinte minutos: “muchas gracias pueblo por todo no les voy a fallar hasta pronto disfruten del concierto”.

Nos equivocamos.

Andrés Manuel comienza a hablar, y como a los treinta minutos de su discurso, dice: les estoy leyendo 100 puntos, voy en el 27.

Pantallas montadas en el zócalo de la Ciudad de México.

Yo no me quejo, pero mis pies verdaderamente están muy indignados con Andrés Manuel. 28, 29, 30…

Todos los puntos son importantes, y ese discurso desdobla el discurso de la mañana. Hay varios momentos en que las lágrimas se me quieren salir. Por ejemplo, cuando Andrés Manuel dice que los viejos se merecen una pensión digna porque toda su vida le han dado mucho a este país.

Yo veo el reloj que está en la Torre Latinoamericana, y lo que pensé que iban a ser veinte o treinta minutos, han sido ya casi dos horas.

No cabe duda, el primer día de la cuarta transformación ha sido muy intenso.

VII

Hoy he sufrido el sol, he tenido sed varias veces, le di la vuelta al zócalo como siete veces, me comí dos helados, uno de guayaba y uno de limón (el de guayaba, sin duda, estuvo muchísimo mejor), compré dos amlitos, vi la pantalla gigante durante mucho tiempo, esperé a AMLO a que saliera al balcón de Palacio Nacional y no salió, me fui a tomar un café, regresé, estuve parado varias horas, reí, lloré, me contuve, volví a sonreír y a llorar, me acordé que muchas veces estuve en este mismo zócalo gritando “no al fraude”, “no estás solo” y “es un honor estar con Obrador”, se me vinieron a la mente las imágenes del plantón, escuché a AMLO y sus cien puntos, me emocioné, mis pies se enojaron por usarlos tanto y sin descanso, cargué una mochila durante todo el día, y como la mayoría de quienes estamos aquí, no dejamos de sonreír.

Salgo de la plancha del zócalo. Las calles están llenas de gente: van los petroleros, los del SME, la gente con sus camisas de AMLO, familias enteras. Todos sonrientes.

Comienzo a pensar, de forma radical, que esto que estoy viviendo sí es completamente real, y que por fin lo logramos: después de tantos años, ni con sus fraudes ni con sus dineros ni con su prepotencia ni con su corrupción, pudieron derrotarnos.