Desde que era chico, Manuel Bartlett representaba para mí al PRI más rancio. Más al que debía detestar. Más al que le había hecho mucho daño al país.

Y tenía motivos: había sido el secretario de Gobernación en tiempo de Miguel de la Madrid, y según la historia oficial de la izquierda (lo que después fue el PRD) y de la derecha (el PAN), él había operado el fraude electoral con la caída del sistema y había permitido el ascenso de Carlos Salinas de Gortari.

Además, estaban sus modos autoritarios. Lo sospecha de su anuencia al asesinato del periodista Manuel Buendía. Lo de la guerra sucia. Lo peor del régimen autoritario del PRI.

Tenía motivos para detestarlo. Para decir: él no debe estar en este camino de la transformación del país. Él es una rémora.

Pero después, Bartlett comenzó a representar la lucha por la soberanía energética. En la Cámara de Senadores fue fundamental. Sus discursos acerca de la defensa de Pemex como industria nacional eran fuertes. Directos. Contundentes

Se transformó en un aliado de esa lucha que es fundamental para la soberanía nacional y para la independencia del país. Hablaba de los neoliberales que querían privatizarlo todo. Debatía. Gabana en los argumentos. Si uno lo escuchaba sin saber que era Bartlett, se emocionaba con las palabras a favor del rescate de Pemex y en contra de los ladrones neoliberales.

Cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la Presidencia, y comenzó a anunciar a quienes conformarían su gabinete ampliado, uno de los nombramientos más criticado fue el de Manuel Bartlett.

A mí me entró la contradicción: no lo quería porque para mí, desde chico, él era una de las representaciones del viejo PRI. Pero por otro lado sabía que Bartlett, por su experiencia y su conocimiento, sería un buen director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

El nombramiento causó enojo en ciertos sectores obradoristas y era entendible. Hasta justificado. ¿Qué acaso no había otra persona capacitada para rescatar a la CFE? ¿Qué acaso entre todos los simpatizantes de AMLO no había nadie capaz de sanear a esa empresa tan importante para México?

La CFE, para los neoliberales, era una empresa que debía privatizarse, y si no se podía del todo, al menos encontrar vías para ello. Y así lo hicieron: abrieron la generación de electricidad a capital privado, otorgaron contratos abusivos de construcción de ductos e infraestructura, en fin, privatizaron casi todo sin llamarlo privatización.

Cuando llegó AMLO a la Presidencia, y Bartlett a la CFE, lo que encontraron fue un verdadero cochinero: contratos que incapacitarían a la CFE para operar y que la llevarían a la ruina, mientras ciertos empresarios privados, ya muy ricos, se hacían más ricos con esos acuerdos injustos que eran en realidad un robo.

Es decir, la herencia de los gobiernos neoliberales.

El trabajo que ha hecho Bartlett es excepcional. Ha logrado, en poco tiempo, detener contratos que ponían en riesgo la viabilidad de la Comisión. Y eso lo saben quienes le han apostado a la privatización de la CFE y quienes tienen intereses ahí.

Por eso el reportaje publicado en el portal de Carlos Loret de Mola, en el que se afirma que Manuel Bartlett tiene millonarias residencias en la Ciudad de México y que, al no reportarlas en su declaración patrimonial, mintió y debe ser retirado de su cargo.

No me agrada Manuel Bartlett. Huele al viejo PRI. Huela a heridas que no se curan en la izquierda. Pero también hay que reconocer que, en la CFE, ha hecho un papel importante, y está luchando para que esta empresa -que también debe ser palanca de desarrollo en el país- deje de ser el juguete a privatizar y se convierta la empresa que apoye el desarrollo del país. 

¿Es verdad que mintió Bartlett en su declaración? Él lo ha negado. Hay una investigación en curso en la Secretaría de la Función Pública y sin duda se determinará si es verdad o no el reportaje del portal de Loret de Mola.

Lo que sí es que, los intereses que Bartlett está golpeando desde la CFE son muy fuerte. Y no se tienen el corazón para hacer lo que sea. Lo que sea.