I

Trescientos sesenta y cinco días. Ocho mil setecientas sesenta horas. Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Eso ha pasado: lluvia, sol y nieve. Día de la Independencia y Navidad. Catorce de febrero. Final de fútbol. Día de la madre. Del padre. Del adulto mayor. Y en ese tiempo. En estos días. En estas horas y en estos minutos, ellos, los cuarenta y tres normalistas que estudiaban en Ayotzinapa, siguen sin aparecer. Sin sonreír a sus padres. Sin reír con sus amigos. Sin decir palabra alguna en un salón de clases. Sin gritar silencios. Sin mirar amaneceres.

​Desde tres puntos de la ciudad de Guadalajara, con rumbo a la plaza de armas, salieron tres contingentes con un montón de gente para expresar que los cuarenta y tres nos siguen faltando. Que seguimos extrañándolos aunque no los hayamos conocido. Aunque jamás los hayamos visto. Aunque antes de su desaparición, no supiéramos nada de ellos.

Pinta de mantas para la marcha por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/Flickr

Pinta de mantas para la marcha por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

II

El contingente que parte del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades se comienza a reunir en la glorieta de la calle de los Maestros. Son pocos: es decir, no muchos. A eso de las cinco de la tarde comienzan a caminar. Van rumbo a la avenida Federalismo. Van como con el ánimo abajo. Sí gritan, y fuerte. Sí cantan, y lindo. Sí dicen consignas muy de enojo, pero algo pasa. Algo complicado de explicar. La gente dice lo que dijo hace cuatro meses. Hace seis. Hace casi un año. No hay algo nuevo. No hay, digamos, más consignas. Lo que se dijo ya se ha dicho. Lo que se exige ya se ha exigido. Lo triste que uno se siente no se ha dejado de sentir.

​Quizá es que indignarse por las desapariciones de las personas en un país de desaparecidos sea eso: pedir lo mismo. Exigir lo mismo. Decir lo mismo porque el delito de desaparición sigue siendo el mismo y no se ha terminado, y porque las respuestas de las autoridades continúan siendo las mismas. No hay nada nuevo. No hay algo más en eso de pedir. Lo que se pide ya se pidió, y lo que se debería de esperar de las autoridades y de los aparatos de “inteligencia” de éstas, se sigue esperando.

​Aún así, con ese ánimo de no tener respuestas, la gente camina. Sí grita, y fuerte. Sí canta, y lindo. Sí dicen consignas muy de enojo, pero algo pasa.

​Quizá también sea el sol. El calor. Las cinco de la tarde en la ciudad de Guadalajara parece un desierto. Los rayos del sol desaniman la energía. La calle Federalismo es de pocos árboles. No hay sombras. No hay espacios de fresco. Todo es abierto. No hay protección ante el sol que pega, y pega fuerte. La gente anda como cansada por ese sudar y por ese calor que no baja. Que no da pausa. No hay nubes que hagan más llevadera la manifestación.

​Eso sí: hay dos manifestantes que apoyan mucho y que producen un ruido ensordecedor, y que parece que el sol que pega a todos, a ellos, no los afecta en nada. Son dos perros salchichas que están en la azotea de una casa. Ladran desenfrenados. Parece que muestran una solidaridad inigualable. Inimitable. Parece que acompañan las consignas y que responden con fuerza. Lástima que, cuando los manifestantes se alejan de ese lugar, los perros vuelven al silencio.

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

III

El contingente que marcha por la avenida Federalismo pasa por el “Albergue para indigentes San Juan el Grande”. Es el mero momento del ingreso a él para las personas en situación de calle. Hay gente que no tiene casa ni dinero ni nada, y que todos días, a la misma hora, hace fila en el albergue para pasar una noche no tan jodida. No tan canija. No tan de la chingada.

​Dos hombres sentados en una banca miran la manifestación. Pero la miran de reojo. Como si el acto de que la gente salga y marche y grite para que los desaparecidos aparezcan, fuera cosa de todos los días. Están más concentrados en hablar de economía, en el planteamiento del futuro inmediato. “Préstame dos pesos, por favor”, le dice uno de los hombres al otro. “Traigo nada más uno, es lo único que tengo desde hace como cinco días”. Los marchantes gritan: “Cuidado, cuidado con Guerrero, estado, estado guerrillero”. Los hombres se miran como de haber llegado a un acuerdo y el peso cambia de mano, de bolsillo. Miran ahora sí a los manifestantes y de reojo ven las puertas del albergue. No las han abierto. Pero pronto lo harán, y hay que estar atentos. De eso depende comer o no comer. Un peso es muy poca cosa. Un peso es nada para vivir.

Manifestación por Ayotzinapa. Foto: Comunidad CUCSH

Manifestación por Ayotzinapa. Foto: Comunidad CUCSH

IV

Al frente del contingente marchan estudiantes de la normal de Atequiza. Llevan una camisa blanca que tiene dibujada, en la parte posterior, un 43 en color negro. También sobre la camisa blanca hay pintadas líneas rojas que semejan sangre.

El 43 ya no es un número. Es un símbolo. Mujeres especialmente, aunque también hombres, llevan en sus rostros pintados el 43. Hay camisas negras que, en el frente, llevan estampadas en color blanco el número 43. Hay carteles que tienen bien clarito el 43. Cuarenta y tres cuarenta y tres cuarenta y tres. Nos faltan cuarenta y tres. Cuarenta y tres cuarenta y tres cuarenta y tres. Hoy todo se resume ahí: cuarenta y tres. La injusticia. La desfachatez. La corrupción. La mentira. La impunidad. La sangre. El dolor. La alegría que se interrumpió. Las cuitas. La congoja. La incertidumbre. Cuarenta y tres cuarenta y tres cuarenta y tres.

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/Flickr

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

V

El contingente que marcha por avenida Federalismo se une en la avenida Vallarta a otro. Los muchos se vuelven más. En el contingente que partió del parque de la Revolución hay más fuerza, y es que por avenida Juárez hay más árboles, es decir, menos calor, esto es: más energía.

​Solamente hay un grupo que desentona: el conformado por integrantes del Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad de Guadalajara. Van identificados con camisas rojas que dicen StaUdeG. Van callados. Como que están ahí pero quisieran no estar. Como que fueron a fuerzas. Como que se sienten fuera de lugar.

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

Manifestación por Ayotzinapa en Guadalajara. Foto: Jorge Alberto Mendoza/UdeG

VI

Ya en avenida Juárez, muy cerquita del mero centro de Guadalajara, los paseantes habituales de un sábado por la tarde miran a los que conforman el contingente que eran pocos pero que ahora son muchos. Los miran como si fuera un espectáculo. Una especie de desfile. Algo que sale de lo cotidiano. Les toman fotos. Los graban. Un empleado, muy de traje, que labora en la tienda Aldo Conti, se nota emocionado y con su teléfono celular capta todo. Dos chicas se toman una “selfie” con la marcha como paisaje de fondo.

​Somos bien raros los humanos en esta época de tecnología desbordada. Yo no sé si el apoyo de la gente a una manifestación, que antes se demostraba con gritos y consignas de apoyo, ahora se ha modificado y se evidencia con el acto de tomar una foto, una selfie, o grabar un instante.

​Están también los paseantes doctos que explican a sus acompañantes porqué la gente está en la calle. Un hombre le cuenta a su pareja el motivo de la manifestación: “Son los de Ayotzinapa”. Reflexiona. Escucha lo que dice la gente dentro de la manifestación. Mira el rostro de su pareja. Y afirma, como quien sentencia algo que es inatacable, incuestionable: “Eran unos lacras los estudiantes de la normal de Ayotzinapa, pero pues no era como para que los mataran”.

Vendedores pasan: ofrecen agua, chicles, memorias usb “pirata”, instrumentos para tomar “mejores selfies”, etcétera. Un señor, en el cruce de las calles Juárez y 16 de septiembre, vende pelapapas. Y grita a sus posibles clientes: “que no se le escape la oportunidad, regálele a su esposa o a su mamá o a su hija este pelapapas. Verá que la pone bien contenta”.

Mitin en Plaza Liberación por Ayotzinapa. Foto: Comunidad CUCSH

Mitin en Plaza Liberación por Ayotzinapa. Foto: Comunidad CUCSH

VII

La gente llega a la plaza de la Liberación. El mitin pronto comienza. Hablan varias personas, y los últimos en tomar la palabra son estudiantes de la normal de Ayotzinapa. La gente comienza a disgregarse, aunque están los que se quedan a todo el acto, a todo eso de la palabra.

​Un estudiante de Guerrero cuenta que ellos siempre la tienen difícil, que ellos además de estudiar, luchan. Y es que quieren que haya menos pobres y que las cosas en este México sean más justas. Menciona que las policías y el ejército y los gobiernos no miran bien eso que ellos hacen, que los atacan, que los intimidan y que los agreden. Y concluye el estudiante de Ayotzinapa: “no somos vándalos. No somos delincuentes ni guerrilleros. Pero que quede bien claro: no vamos a dejar que nos golpeen”.

​El mitin se termina. La gente se va. De fondo, una canción que habla sobre lucha y la justicia y Ayotzinapa. Una canción que nos recuerda que son cuarenta y tres los que nos faltan, y que además de esos cuarenta y tres hay miles que también queremos que aparezcan.

​Un señor escarba entre la basura. Ya es grande. Digamos que setenta años. Busca envases de plástico. La manifestación para él significó una oportunidad de vivir, al siguiente día, con unos pesos de más. Quizá diez. Quizá veinte. Quizá hasta cincuenta. Ojalá un día, eso que dijo el estudiante de Ayotzinapa sea realidad: que en este México de violencia, impunidad y corrupción, haya justicia. Menos desigualdad: una esperanza hecha realidad.