El gobierno de Andrés Manuel López Obrador enfrentó uno de los momentos más críticos de su administración. Después de la estrategia contra el huachicol, implementada a principios de este año, el operativo para detener a Ovidio Guzmán ha estado en el centro del debate.

Los videos sobre las primeras horas de violencia del pasado jueves circularon en WhatsApp a la misma velocidad que el pánico que se vivió en Culiacán. Fue una noticia que dio la vuelta al mundo y, durante los días siguientes, la liberación del hijo del Chapo fue la portada de los principales diarios del país.

No fueron pocas las columnas, los editoriales y las plumas que sugirieron o afirmaron sobre un posible descalabro en la popularidad del Presidente. Sin embargo, la elevada aprobación de López Obrador se mantuvo; como lo han señalado diversos medios.

La encuesta de El Financiero registró una disminución de uno por ciento en la aprobación del Presidente, pasó de 68 a 67. Mientras que en Consulta Mitofsky, 51 por ciento de los encuestados dijo que mejoró la imagen del Presidente tras lo ocurrido en Culiacán.

Estos resultados no son fortuitos. La confianza hacia López Obrador sigue siendo un pilar bien cimentado. Y aunque la estrategia para detener a Ovidio Guzmán fue un desastre, fue exitosa la narrativa que posteriormente impulsó el Gobierno Federal.

Tan exitosa fue que el encuestador Roy Campos mostró que 53 por ciento de los encuestados, a nivel nacional, consideró que el Gobierno hizo bien en liberar a Ovidio y en ese mismo sentido lo expresó el 79 por ciento de los sinaloenses.

Sin embargo, esto no se reduce a una estrategia de comunicación política; pensarlo en esa clave simplificaría una arriesgada decisión que no cualquier Presidente tomaría. López Obrador se ratificó como Jefe de Estado y como líder carismático.

Al respecto, el sociólogo Max Weber señala que el líder carismático tiene que reafirmarse constantemente y en ese sentido, tomar una decisión de alto riesgo, en un contexto poco favorable, fue una forma de mostrar que el Presidente tiene la última palabra. Este gesto en un sistema presidencialista, que tanto gusta en nuestro país, fue el despliegue del control político.

Mientras el Presidente reafirme su liderazgo con acciones extraordinarias podrá mantener su aprobación. El problema es que esta aprobación no se reparte de manera democrática en todo el gabinete presidencial.

En la encuesta de Mitofsky, 48 por ciento de los encuestados dijo que alguien del gabinete de seguridad tiene que renunciar y en El Financiero, 47 por ciento calificó como desfavorable la forma en que el Gobierno Federal está tratando el tema de seguridad.

Es decir, no es que la popularidad de López Obrador sea un repelente contra cualquier crítica hacia su gobierno, sino que el gabinete está cumpliendo el papel de pararrayos.

De la tal forma, y con esto termino, el liderazgo carismático del Presidente debe ayudar a fortalecer las instituciones del gobierno; para que en el futuro sea la estructura burocrática y legal el sostén del país.