Es la una de la mañana en el camellón central de Reforma donde, a partir del domingo pasado, se erige el Antimonumento en honor de los 43 estudiantes de Ayotzinapa más todos los desaparecidos del país. Hace frío. Los coches pasan a todo tren. Luces de patrullas parpadean a lo lejos y a lo cerca.

De repente, de las sombras emerge una gran canasta de paja repleta de bizcochos, no muy variados por cierto. Conchas de chocolate y de vainilla, rebanadas de pastel, algo más y agua caliente en un termo para preparar Noescafé.

Quienes “cuidan” el Antimonumento se acercan y compran. Cada concha vale siete pesos. El muchacho que pedalea la bicicleta vendiendo café y pan dulce, guarda las monedas que ha reunido y se dispone a seguir, pero antes me pregunta: “¿Hay más plantones por aquí?”.

Hombre, le decimos. En el monumento a la Revolución está el de los maestros de la sección 22, de Oaxaca. Frente a la PGR el de los que busscan a los desaparecidos de Ayotzinapa. Y frente a la Secretaría de Gobernación está el de los campesinos de Guanajuato, que exigen tierras y la devolución del cadáver de su líder.

¿Quién dice que la ineptitud de Peña Nieto y Osorio Chong no favorece al pequeño comercio informal?

[A continuación, la historia gráfica de cómo se instaló el Antimonumento +43]

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