Me he resistido a sentarme a escribir este texto. No tenía tiempo y tampoco tenía ganas, sin embargo hay situaciones que tienen la facultad de orillarnos a lo inevitable, así que trataré de exponer mi postura ante las políticas del gobierno de la cuarta transformación.

Vengo de un lugar de inmenso privilegio. Tuve la suerte de nacer y crecer dentro de una familia amorosa y jamás me ha faltado nada, incluyendo el cúmulo de lujos de los que he disfrutado a lo largo de mi vida. Por eso siento la responsabilidad de alzar la voz ahora en favor de las ideas en las que desde la adolescencia creo. Cursé los años de bachillerato en un colegio privado fundado por la orden de los oblatos. Los sacerdotes no influían en la educación que recibí, pero sí ofrecían la posibilidad de acompañarlos en misiones de asistencia social en las montañas más áridas del Estado de México, más allá del Nevado de Toluca.

Tenía catorce o quince años cuando fui al primero de esos viajes, que se hacían el último fin de semana de cada mes, de sábado en la mañana al domingo. Dormíamos en la iglesia, y nuestra labor era ir de visita a cada uno de los hogares del caserío que te tocaba para avisar que al día siguiente habría misa, se repartirían despensas y estaría también un médico dando consultas gratuitas a quien lo necesitara. Los trechos entre casa y casa eran largos. No soy una persona religiosa, aunque crecí dentro de la cultura católica: lo hacía por una inquietud social.

El nivel de pobreza de esas comunidades me dejó perplejo. No tenía idea de que había gente que vivía a pocas horas de distancia con un mínimo que no parecía suficiente para sobrevivir. Casas paupérrimas con suelo de tierra y un pequeño maizal que les daba el sustento con el que apenas evitaban morirse de hambre. Ser testigo de esa situación me marcó de por vida. Estoy seguro que de no haber hecho esos viajes en plena adolescencia sería otra persona, y mi consciencia social no sería la que es.

Menciono esto porque quiero dedicarle estas palabras a la gente a mi alrededor. A mi familia y a los amigos con los que crecí. En estos círculos que me rodean y de los que formo parte por mi historia personal, soy el único que continúa apoyando al gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Nunca hubo muchos, la actitud general ha sido siempre el repudio a todo lo que representa. Sin embargo ahora, lo que hace un año pudo haber sido una actitud si no de esperanza ante lo que podría hacer el gobierno, sí de cierta apertura ante la posibilidad de que lo hiciera bien, las cosas se han volcado hacia el fatalismo y la total condena y reprobación de todo lo que sale de la boca del presidente. Me encuentro entonces en medio de un vendaval de críticas que en su mayoría me abstengo de contestar. Tómese esto como respuesta.

La razón por la que voté por este gobierno, la razón por la que desde los tiempos del desafuero he sido simpatizante del movimiento que encabeza Andrés Manuel, por la que acudí a decenas de marchas a lo largo de los años y por la que ahora lo sigo apoyando, es primero que nada la pobreza y la desigualdad, y en consecuencia la pacificación del país. Son las guías en las que se sostiene mi respaldo a las acciones de este gobierno. Son las prioridades, las mías y las del presidente, como lo ha dicho ya tantas veces, desde la campaña de 2006 hasta ahora, y que incluso ha puesto por escrito.

La nueva política económica en los tiempos del coronavirus es un texto que todos deberían de leer, en el que plasma con toda claridad las bases que orientan las políticas que se están poniendo en marcha. Lo que está haciendo es lo que dijo que haría, por eso me extraña que haya tanta gente sorprendida. Ese siempre ha sido el plan. Aquellos que votaron por él y que hoy dicen estar desilusionados, con apenas poco más de un año en funciones, no estaban poniendo atención.

Al parecer no les importa ayudar a hacerle el caldo gordo a una oposición retrógrada y oportunista que no busca el bienestar del país, sino simplemente recuperar los espacios de poder que perdieron el 1 de diciembre de 2018. Me parece una actitud bochornosa. Las cosas toman tiempo, y estas más.

Han puesto el grito en el cielo por la contrarreforma energética, un sector que el gobierno juzga estratégico para la soberanía y la seguridad nacional. Según entiendo, se está recobrando parte de lo cedido a empresas extranjeras en los sexenios anteriores, algo que también se encontraba en los postulados del proyecto de nación que se plantearon dentro del movimiento hace más de una década. Recuperar lo perdido. De nuevo: ese era el plan.

Lo que la iniciativa privada debe de comprender es que, en términos de economía y del rumbo que debe de llevar el país, ya tuvieron su oportunidad, de la mano de tantos gobiernos con los que trabajaron muy de cerca, de los que prácticamente eran socios. Todos los años en los que la política económica fue dictada según los intereses de la iniciativa privada produjeron una mayor acumulación de riqueza en una minoría y un ensanchamiento aún mayor entre la clase alta y los que menos tienen.

La pobreza no ha dejado de ser el principal problema de este país. Tantos millones de pobres y tantos millonarios. Por eso las opciones políticas que planteaban continuar con ese camino perdieron de manera abrumadora la elección de 2018, y el proyecto de la cuarta transformación contó con más de 30 millones de votos. Eso es un mandato inequívoco para poner en marcha el cambio de rumbo que se planteó en la campaña, y ese cambio acarrea una reestructuración que sin lugar a dudas deja damnificados, la diferencia es que esta vez no son los damnificados de siempre.

Entonces lo que debe de quedar muy claro es que ya tuvieron su oportunidad, y no funcionó. No le funcionó a los millones que siguen inmersos en la pobreza, no le funcionó a la gran mayoría, no le funcionó al país. Y es que en abstracto nadie está en desacuerdo con una menor desigualdad, ni los millonarios, ni los ricos ni la clase alta o la media alta. Cualquier persona en México te dirá que está bien que se reduzca la pobreza y la desigualdad, pero a su manera y en sus propios términos, no de la forma en que lo está haciendo este gobierno. En realidad quieren que las cosas sigan como antes. Que nada cambie, mientras que esa forma de hacer política ha hecho que la mayoría continúe en la miseria.

Hoy en la silla presidencial hay alguien comprometido con el bienestar de todos, empezando por los pobres, alguien que estoy seguro hará todo lo que pueda para cumplir sus objetivos, que coinciden con sus ideales. La gran pregunta es si lo va a lograr. Si al final de este sexenio la situación no ha cambiado en los dos frentes esenciales, la pobreza y la inseguridad, seré el primero en recriminárselo. Seré el primero en reconocer que, ya que esta administración no estuvo a la altura, me equivoqué.

De no lograrlo estaremos en verdaderos aprietos. Podría caer sobre nosotros la maldición de un Bolsonaro o de un Donald Trump, ese par de aberraciones de la derecha americana, o el regreso de los tecnócratas cuyas políticas seguirán contribuyendo a ampliar la brecha de la desigualdad hasta que estalle un violento movimiento social que podría ganar o que podría ser reprimido con más violencia, justo lo que no necesitamos. Estamos a tiempo de sanar nuestras heridas y dirigirnos hacia un futuro más próspero para todos, no sólo para unos cuantos.

Ante la pregunta recurrente de si todavía a apoyo a este gobierno, la respuesta es y será que sí, hasta ver las cuentas que dejarán cuando se vayan. Solo en retrospectiva podremos ver si lo que hicieron funcionó como fundamento de ese nuevo rumbo que explica tan bien el ensayo arriba citado. Porque hay mucho que es debatible. Detener la apertura del sector energético al gran capital extranjero es debatible, el tren maya es debatible, los programas sociales son debatibles, el aeropuerto, la refinería, etcétera. Pero son las políticas que el gobierno juzga pertinentes, un gobierno que en verdad vela por los intereses de los más desprotegidos.

He sido favorecido por los programas culturales que están sufriendo lo que entiendo es una reestructuración, aquellos fondos para creadores de arte que para quienes formamos parte de ese sector era lo más rescatable de los sexenios anteriores. Hay quienes dicen que lo que pretenden es prácticamente desmantelarlos. Yo no lo creo, pero si fuera así, y al cabo del sexenio resulta que hubo un avance considerable en la lucha contra la pobreza y la inseguridad, habrá valido la pena, aunque en lo personal no me convenga que esos fondos desaparezcan. Juzgo más importante esas dos cuestiones que los apoyos culturales que han aportado tanto al alma de nuestro país. De nuevo, prioridades, sobre todo comparando a la inmensa mayoría con lo chiquitos que son los gremios culturales.

Es tiempo de ver más allá de las propias narices. Ojalá que el gobierno pueda mantener los fondos más importantes, ojalá que sobrevivan la reestructuración del sector, pero si por ahora no se puede ni modo. Hay cosas más urgentes.

Lo mínimo que pueden hacer quienes están furiosos con lo que está pasando es esperar. De cierta forma se lo buscaron. El desdén que hubo en el pasado hacia las amplias mayorías dieron como resultado esa aplastante victoria en 2018. El fraude electoral y la imposición de Felipe Calderón en 2006 fue la primera piedra del gobierno de la cuarta transformación, porque si hubieran permitido que quien ganó la presidencia tomara el cargo, no habría tenido el control del Congreso, y la batalla para cambiar el rumbo del país hubiera sido difícil, si no imposible. De haber respetado el principio de democracia, otro gallo cantaría. Ahora no sólo tienen carta abierta para hacer lo que juzguen necesario: tienen un mandato claro y certero, y si no lo cumplen serán también condenados.

Lo que deberían de hacer quienes están en contra es plantear una oposición de mayor altura que las tristes sombras en las que se han convertido el PRI y el PAN. Al país le vendría bien una oposición progresista, independiente de los grandes poderes económicos, más cercana al pueblo. Una oposición que critique de manera constructiva y que se convierta en una opción viable en el mediano plazo. Una oposición que no puede salir de los partidos que ya existen. Una oposición nueva, de centro, con miras al bienestar general y no basada en el hambre de poder. Una oposición necesaria que está todavía lejos de existir en México. Y ni qué decir del vergonzoso papel que siguen jugando los medios híper tendenciosos en los que nadie cree, que le hablan a su propio coro, con los que el ciudadano de a pie jamás se va a identificar.

Desde esos primeros viajes a las comunidades más pobres del Estado de México, en particular al pueblo de Aquiapan, me dije que en el futuro tendría que hacer algo por ellas, más allá de llevar despensas y asistencia médica una vez al mes. A pesar de que no me da miedo usar mi voz para opinar sobre estos temas, mi vocación no ha sido de activista o de político, ni siquiera de articulista sobre temas sociales. Por eso textos como este forman parte de la aportación que prometí hacer en ese entonces, sobre todo en estos momentos en los que una opinión como la mía provocará el repudio de mucha gente a la que quiero. Así tiene que ser. Duele más el hambre y la miseria que cualquier insulto. Mujeres y hombres mucho más comprometidos que yo luchan en la trinchera cotidiana, jugándose la vida en este nuevo proyecto de nación. Para ellos va todo mi respeto y un profundo agradecimiento. Ojalá logren lo que es a todas luces una tarea titánica.