Los periodistas son los encargados de juntar lo “importante” de la vida pública y mostrárselo a la gente. Seleccionan lo que es más “relevante” para sus lectores y lo comunican. En ese camino de juntar “lo importante” y “relevante” investigan, analizan, contrastan, explican, confirman y transforman todo lo encontrado en piezas periodísticas (vía distintos géneros que facilitan la comunicación).

Por eso el periodista, y los medios en sí, tenían hasta hace poco un enorme poder: el acceso a la información y la posibilidad casi exclusiva de trasmitir dicha información (que no era conocida) a la gente.

No en balde se hablaba, cuando se mencionaba a los medios y a los periodistas, como el “cuarto poder”.

Desde una visión idílica, el periodista debía ser ético y mostrar siempre profesionalismo. Abrir sus espacios de comunicación a muchas voces. Criticar a los “poderosos”. Contrastar. “Morder” cuando era necesario. Vigilar. Indagar. Abogar por “buenas causas” y por “la justicia”. Y siempre “cuestionar” al poder.

Esto, claro está, no solía cumplirse.

Los periodistas y los medios, encargados de cuestionar siempre todo y en todo momento, no eran cuestionados por la gente (el público que recibía sus noticias).

Quizás se les “criticaba” vía dejar de ver un canal de televisión o apagarle a una estación o ya no comprar un periódico. Pero eso, para muchos periodistas y para los medios, era lo de menos, porque en el modelo de negocio de los medios (y de donde se obtenía los recursos para hacer periodismo), el lector era poco importante. Lo fundamental era el anunciante (fuera éste un ente privado o público).

Es decir, durante muchos años los periodistas y el periodismo que se producía estuvieron fuera del debate, y eso provocó dinámicas nefastas, al menos en México: periodistas que recibían dinero de políticos, que vendían notas, que agredían cuando buscaban algo, que representaban empresas, que les importaba nada el lector, etcétera.

Pero eso ha cambiado en épocas reciente y hoy los periodistas son cuestionados por millones de personas vía las redes sociales.

¿Esto está bien o está mal?

En todo hay matices. Y puede haber excesos indeseables. Pero sin duda, que se debata sobre los medios, y sobre los periodistas y su labor, es fundamental. La cuestión es que, parece ser que actualmente se debate más desde fuera del periodismo que desde los mismos periodistas, y que las críticas -en un contexto, es verdad, de muchos insultos- se toman todas como agresiones a la libertad de expresión.

El periodismo y la forma en cómo nos informamos es fundamental en una democracia. Pero ¿por qué no debe de hablarse de ello?

¿Por qué debemos de cerrarnos a esa posibilidad? ¿Por qué hay periodistas petulantes que no son autocríticos y que miran a quien “habla de periodismo” como persona “no apta” para “hablar de periodismo”?

En México tenemos un problema con la discusión sobre los medios. Y con los periodistas. Se sigue la famosa frase: “perro no come perro”, aunque, en los hechos, el gremio es muy tóxico.

Ahora bien, ¿ser periodista independiente es ser crítico del gobierno? ¿Ser periodista “de verdad” es hacer una solicitud de información y armar una tabla en Excel?

A veces, la labor del periodista se confunde. Y se asume el ser periodista a partir de si eres crítico al gobierno o no. Miles sueñan con “encontrar el reportaje” que tumbe al gobernante en turno, como si lo fundamental fuera el gobierno y no la crítica al poder y a las desigualdades, o la búsqueda de la justicia, o la gente. El poder está en muchos lados, no sólo en el gobierno. Incluso poder hay en los medios. Pero parece ser que eso no se lo han dicho a muchos periodistas.

El periodismo en la era internet. Ilustración: The Daily Dot

Tenemos que discutir al periodismo, y eso es urgente. En México no sólo estamos siendo impactados por una revolución tecnológica nunca vista (como en casi todo el mundo se vive), sino que vivimos un proceso social y político muy distinto a los anteriores, donde hay un presidente que abre el diálogo y debate con los periodistas y los medios.

¿Por qué no tratar del periodismo? ¿Por qué no hablar de él? ¿Por qué no criticarlo? ¿Por qué los periodistas no deben estar en el debate? ¿Por qué si desde el periodismo se nos dice que se debe criticar todo, no criticamos al periodismo mismo y a su producción?

He leído textos de periodistas “encumbrados” que se asumen como híper profesionales y que se juntan con sólo periodistas híper profesionales, donde se agrede a quienes los critican: “hordas de fanáticos”, “pequeños”, “enanos”, “minúsculos”, “pejezombies” y un largo abanico de descalificaciones, unas quizás entendibles por las críticas que reciben y otras que sólo demuestran la petulancia, el clasismo y la discriminación de algunos periodistas híper profesionales.

Hay que tenerlo claro: hablar de periodismo y de los periodistas no es ir en contra de la libertad de expresión. No se equivoquen.

Periodista. Ilustración: Vanityfair

Los periodistas que sienten que recibir una crítica vulnera su libertad de expresión están errando el debate. Este país necesita hablar de periodismo urgentemente, y los periodistas que se sienten los únicos con la voz autorizados para “tratar el tema del periodismo” deben entender que, en este se debate, no están ya solos. Ahí están sus audiencias. Y tienen derecho a decir. A la voz. A la expresión.

Hay miles de personas más. Discutir ampliamente sobre una labor no significa un ataque a dicha labor.

Discutamos de periodismo, y discutamos con la gente que aspira a tener mejor periodismo. Y así como debemos superar eso de que hay periodistas pro-AMLO o anti-AMLO (como si no se pudiera tener convicciones), así debemos de superar eso de que, si alguien criticar a un periodista, se le está linchando.

Hay miles de personas que, así como aspiraron a un cambio en el país, así mismo aspiran a una mejor información, a un mejor periodismo.

No pasemos del chayoterismo a la victimización. Hablemos de lo que se hace mal. Y de lo que se hace bien. De las condiciones económicas y laborales de los periodistas. De las periodistas y del machismo en el gremio. De la profesionalización. De la nota diaria. De la imposibilidad de muchos periodistas para sentarse a escribir un reportaje porque “eso no quiere el jefe”. De los géneros periodísticos. De la llegada de las redes sociales. De cómo abordar los temas. Del financiamiento del periodismo. Del periodismo ciudadano. Del militante. De la objetividad engañosa. De la petulancia en el gremio. Del racismo en el gremio. De la falta de visión del gremio. De los montajes. De los dueños de los medios.

Hablar de esto y muchos otros temas no es un ataque a la libertad de expresión. Es una necesidad. Una urgencia.