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Polemon | 20 junio, 2018

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Contra la delincuencia o contra los pobres: Cossío Díaz

Contra la delincuencia o contra los pobres: Cossío Díaz

Por: Redacción (@revistapolemon)

20 de julio 2015.- Candil en la madre patria, oscuridad en su casa, el ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José Ramón Cossío Díaz, publicó en el periódico español El País, una breve, profunda y oportuna reflexión sobre uno de los puntos más vulnerables de la política de “seguridad” del gobierno mexicano: el exterminio de los jóvenes involucrados en las conductas antisociales.

A propósito de la desaparición forzada de siete personas en Calera, Zacatecas –dos de ellas eran menores de edad– que fueron secuestradas y asesinadas por miembros del Ejército ofrecemos las meditaciones del jurisconsulto, para contribuir a un debate urgente e imprescindible, cuya mejor conclusión debe ser que las fuerzas armadas dejen de realizar funciones policíacas, para las cuales no están preparadas ni cuentan con el aval de la Constitución (o de lo que de ella quede).

El ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José Ramón Cossío Díaz

El ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, José Ramón Cossío Díaz

De la pluma del ministro José Ramón Cossío Díaz:

La iconografía cotidiana de la guerra contra la delincuencia organizada ha ido definiendo su carácter. Imágenes de jóvenes pobres, armados, vestidos modestamente. Movilizados en vehículos grandes, de los que sirven para hacer tareas en el campo. Adornados con relojes y cadenas de oro. Imágenes de muertos en posiciones dramáticas, apilados o abandonados en su individualidad, colocados donde supuestamente fueron matados. Imperceptiblemente, la acumulación de fotografías y vídeos, de dibujos y caricaturas, ha estandarizado la representación del contrincante. El enemigo en la guerra o lucha contra el narcotráfico es así: un joven pobre, violento, armado y peligroso, prácticamente salvaje, al que hay que vencer para recuperar o establecer la paz y seguridad de todos.

La fijación cotidiana del enemigo ha permitido varias cosas. La más obvia, reducir el fenómeno delictivo a su dimensión más visible y simple: la violencia. Ello ha facilitado la reducción de los violentos, encajarlos en lo excepcional, concentrar en ellos los esfuerzos de ataque y medir los éxitos por el número de muertos, heridos o encarcelados. Como en las guerras nacionales de corte tradicional, a más inhabilitados para pelear, mayores posibilidades de triunfo.

El carácter social asignado a los combatientes ha facilitado las cosas. En una guerra en la que el enemigo se compone sólo de jóvenes pobres y violentos, la prescindibilidad del grupo y de sus componentes las facilita aún más. Si se admite que la delincuencia se limita a ellos, a los que son distintos y tarde o temprano generan daño por ser quienes son, la aplicación irrestricta de violencia legítima es sólo un problema de tiempo y condiciones. Morir a manos del Estado se hace así tan evidente que todo queda reducido a saber si ello será al liberar a un secuestrado o en lo que se sigue boletinando como repeler agresiones a los cuerpos de seguridad.

La fijación del enemigo-delincuente como estigma juventud-pobreza-violencia ha permitido ocultar a quienes, sin esos filtros, forman parte del mismo fenómeno delincuencial pero participan en distintas tareas. Quien se corrompe, quien lava dinero, quien lo hace circular, quien lo gasta o reparte más allá del circuito de la violencia física, ha perdido o va perdiendo condición delictiva. Será un empresario, un inteligente broker o un ambicioso emprendedor, pero no un delincuente. En caso de serlo, lo será por defraudación fiscal o por ligas demasiado directas con el mundo diferenciado de la violencia, pero no por contribuir a la circulación financiera de lo ilícitamente obtenido.

El imaginario de la lucha contra la delincuencia se está convirtiendo en una nueva modalidad de la lucha de clases. Los que eran trabajadores prescindibles, son hoy sicarios, halcones y muchos hombres-funciones con estatus semejante. Su tarea es triste, previsible y evidente. Realizar las actividades delictivas que legitiman la acción estatal represiva en su contra, pero que simultáneamente permitan generar y circular grandes cantidades de dinero limpiado en economías nacionales o internacionales. Cada vez que vemos y aceptamos la idea de que el joven semidesnudo grotescamente abandonado con un arma cerca de él es la imagen misma de la delincuencia a reducir, compramos la perniciosa idea de que más allá de eliminarlos, el Estado no tenía mucho más que hacer con ellos.

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