Carlos Marín posee la estatura de un hombre pequeño, casi diminuto. Tiene la piel bruñida, los pómulos prominentes y los ojos abierto como platos. Debajo de un rostro lleno de pelambre -cejas espesas y bigote escrupulosamente recortado por encima del labio superior− se esconde un sujeto expansivo, redundante y obcecado. Su carcajada franca, estentórea, le descubre al mundo una dentadura aparatosa e increíblemente luminosa. Ante semejante fulgor, uno se pregunta: ¿Serán prótesis? ¿Piezas de acrílico? ¿Aparatos removibles? ¿Carillas de porcelana? ¿De resina?

Casi a diario, antes de iniciar su faena, el columnista del periódico Milenio se cubre el cuerpo pequeño con un traje intachable: pantalón perfectamente plisado, camisa de cuello y mangas almidonadas, saco impoluto y, por lo habitual, una corbata refulgente.

Amante de los ritmos porteños y admirador confeso de Carlos Gardel, este hombre de origen poblano ha intentado adoptar el porte de un intérprete de tango. No obstante, aunque viste y calza con escrupulosidad, en su estampa menuda y sin garbo, toda su indumentaria resulta postiza, desatinada: anacrónica.

Si concediéramos un poco de crédito a los antiguos fisonomistas medioevales, obtendríamos un curioso perfil sobre este personaje: su frente fruncida nos descubriría a un alucinado, la concavidad en sus sienes a un espíritu bilioso, su velloso entrecejo a un hombre mezquino, irascible y engorilado. Pero una imagen bajo esta lupa, desde luego, resultaría demasiado excesiva.

Una cosa resulta indiscutible: en el reverso de ese aspecto pifiado y obsoleto, se oculta un hombre que, a lo largo de cuarenta años, ha ejercido un periodismo donde, más que los hechos desnudos y la información despojada de ornatos, se han impuesto los escarnios, las diatribas, las descalificaciones. Pero también ⎼ya se han ofrecido suficientes pruebas⎼ han menudeado los contenidos pagados por políticos, empresarios y, por ahí, el buen trato que le dispensó a dos de los expresidentes más vergonzantes de México: Vicente Fox y Enrique Peña Nieto.

Pero Marín no siempre actuó así.

En 1986, en coautoría con Vicente Leñero ⎼su antiguo mentor y maestro⎼, el periodista, meses antes de cumplir cuarenta años, publicó un breviario de técnicas reporteriles: Manual de periodismo, que en la década de los 90s del siglo pasado llegó a leerse con bastante aceptación en los colegios y universidades en donde se impartían clases de Periodismo, Comunicación, Técnicas de la Información y otras materias similares.

Vicente Leñero. Foto: Especial

Pasado un tiempo, el libro se atascó en la polémica debido a que, ejecutando un acto que muchos calificaron de artero, Marín se encargó de arrebatarle todo el crédito a Leñero. En 2014, entrevistado en la revista Playboy, el propio autor de Los albañiles, con desencanto, describió los hechos:

Yo daba clases en la escuela Carlos Septién García y fui recolectando apuntes sobre ello. Tuve un apuro económico y se me ocurrió empezar a dar clases por correspondencia, como negocio. El chiste era aprender periodismo en 40 lecciones y les enviaba ejercicios a los alumnos por carta. Las fui empastando y vendiendo. ¡Pero me fue de la patada, nadie se inscribía! Total que los estudiantes de la Ibero me empezaron a pedir que les vendiera mis lecciones empastadas. Pasó el tiempo, conocí a Carlos Marín y él empezó a dar clases con mis lecciones. Me dijo que eso era un negocio: hacer un libro de periodismo. Bueno, le dije, pero en cada edición que haya le cambias los ejemplos. Y así lo hizo. Fue un éxito brutal, mano. Le dije que le daba el 80% de mis derechos con tal de cambiar los ejemplos con cada edición… ya se lo restregué en la cara: fue mejor negocio para él que para mí.

Lo más dramático es que Marín ⎼que otrora había sido un estudiante en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, y no había pasado de ser un oscuro redactor en el suplemento cultural El Gallo Ilustradohabía sido llevado precisamente por Leñero al periódico Excélsior, donde, gracias a la recomendación del novelista, comenzó a colaborar habitualmente en Últimas Noticias de Excélsior y posteriormente a la revista Proceso ⎼en la que trabajó por más de 22 años⎼ y donde no sólo fue aceptado, sino también reconocido como cofundador, reportero, jefe de producción, consejero de redacción, copropietario y director de información.

Durante aquellos años en Proceso, Marín ⎼además de impartir los cursos con el material escamoteado a Leñero y desempeñarse como profesor itinerante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM⎼ logró conquistar cierta fama de reportero crítico e insobornable.

De izquierda a derecha: Carlos Fazio, Julio Scherer, Andrés Campuzano y Carlos Marín en las oficinas de la revista Proceso. Foto: Francisco Ramírez.

De hecho, fue autor de reportajes que pusieron al descubierto temas tan peliagudos, como aquel donde informaba que los expresidentes mexicanos Luis Echeverría y José López Portillo patrocinaban una banda paramilitar, la Brigada Blanca, que torturaba, desaparecía y asesinaba disidentes.

Lamentablemente, cuando un periodista busca la notoriedad, por lo común se le ofrecen dos caminos: el de la crítica frontal y bien sustentada y el de la adulación descarada. Y Marín, infelizmente, optó por lo segundo. Luego de cuatro décadas de practicar un periodismo fustigador, empeñoso y ávido de imparcialidad, las cosas comenzaron a torcerse. La pequeña notoriedad ⎼que jamás alcanzó la popularidad que Marín anhelaba⎼ se fue diluyendo hasta que el poblano terminó convertido, de acuerdo con la descripción que hizo de él Federico Arreola, quien fuera su jefe en Milenio, “en una especie de bufón de los que mandan”.

Para sorpresa de sus lectores e incluso de sus propios amigos, Marín comenzó a lanzar guiños al poder político y empresarial. El desencanto de sus discípulos y de sus lectores fue enorme. Un viejo y desencantado admirador, en las páginas de Máspormás, apuntó: “se volvió guardián, soldado rabioso del poder”.

Carlos Marín con el entonces gobernador de Puebla, Antonio Gali. Foto: Especial

Lo cierto es que su decadencia no había ocurrido de un día para otro. Ni de la noche a la mañana. Se trató de un largo ocaso. Hace veinte años, en 1999, el conductor del programa El asalto a la razón ⎼que utiliza el mismo nombre de la columna que Marín publica en el periódico Milenio⎼ decidió disparar sus saetas mordaces contra sus viejos amigos y cofrades de la revista Proceso, llamándolos, entre otras cosas, “calumniadores” y “traidores”.

Consumado el perjurio, Marín se dirigió a buscar cobijo a otra compañía periodística: el grupo Multimedios, donde Ciro Gómez Leyva, entonces director de la revista Milenio, fue el encargado de recibirlo con los brazos abiertos y colmándolo de adulaciones.

Para disculpar su abrupta evasión de Proceso, Marín argumentó diferencias irreconciliables con el fundador de aquél semanario: Julio Scherer García. Muchos entendieron las discrepancias, incluso la crítica y el desacuerdo entre ambos periodistas. Pocos comprendieron, sin embargo, la virulencia con la que el amante del tango decidió lanzarse en contra de su viejo amigo Julio Scherer, uno de los hombres que, junto con Leñero, le había abierto de par en par las puertas de Excélsior, de Proceso y, más aun, de su casa y de su amistad.

¿Era un malagradecido? ¿Probablemente un ingrato? ¿Quizá sólo un poquito desleal? Muchos se lo preguntaron. Y la mayoría asintió: Marín era todo eso. Y algo más: “un pequeño dictador”, como le llamó en cierta ocasión el periodista Julio Hernández López, el Astillero.

Marín, que comenzó a adquirir el hábito nada envidiable de intrigar, meter zancadillas y denigrar, en menos de quince años se granjeó la enemistad y el repudio de historiadores, periodistas, intelectuales, políticos, estudiantes, lidercillos sindicales, faranduleros y, acaso lo más grave, del público lector.

Navegando plácidamente por las envilecidas aguas de la insidia, la conspiración, el encubrimiento y la exclusión, Marín ⎼que durante 19 años logró mantenerse como director editorial del periódico Milenio, y de donde fue despedido debido a que los propietarios del diario, chasqueados, reconocieron que el tipo era un lastre muy pesado⎼ se fue transformando en un especialista en fraguar intrigas y asestar puñaladas traperas.

Dueño de una personalidad intemperante, el museo de bestias negras de Marín creció desmesurado. Sus críticos ⎼él prefiere llamarles malquerientes⎼ opinan que el viejo periodista, abandonado el decoro y volcado totalmente hacia la comentocracia, escribe y opina desde el protagonismo, la frivolidad, el fanatismo, la desproporción, la diatriba y, sobre todo, el oportunismo.

Durante sus años como director, su habilidad para organizar boicots, habilitar emboscadas y reprimir a sus críticos, propició que un nutrido grupo de redactores, articulistas y gacetilleros lo acataran. Además de temerlo y reverenciarlo, a fuerza de coacciones, la mayoría de sus allegados comenzó a poner en práctica lo que él mismo hiciera: adularlo hasta el servilismo.

El conductor de noticias Joaquín López Dóriga, el presentador de radio Ciro Gómez Leyva y la locutora Denise Maerker, durante una buena temporada, lo proclamaron como su amigo. Semejantes gestos de subordinación, como era de esperarse, produjeron sus resultados: los tres comunicadores fueron recompensados con un espacio estelar en el periódico dirigido por Marín.

Joaquín López-Dóriga y Carlos Marín. Foto: Especial

Hay quien afirma que, a fuerza de menospreciar, zaherir y traicionar afectos, Marín carece actualmente de amistades sinceras. Es posible. Actualmente, y después de haber sido removido de su cargo como director de Milenio, ya sólo se lo ve acompañado de una pequeña comparsa encabezada por epígonos despistados, dos o tres subalternos y uno que otro patiño.

¿Es posible debatir, o controvertir siquiera con el autor de la columna Asalto a la razón? No, en lo absoluto. Para este opinador ⎼que cuando se enoja alza un puño del tamaño de una avellana⎼ cualquier querella intelectual se transforma en riña callejera, en pendencia incongruente, en vulgar pugilato. En las discusiones terquea, porfía y, sin mediar razonamientos, cede a los insultos y agravios personales. Su apreciación -carente del mínimo discernimiento− no tiene fondo. O tiene tanto que se ahoga.

Ante la escasez de argumentos, cada plática con el periodista es una variación sobre el mismo tema. Como todo megalómano, Marín habla mucho y repetido. En materia de sensatez, sus pifias y desatinos son tan invariables como colosales. Es un hombre al que no le tocan los problemas ordinarios, ni se asombra ante las preguntas universales: vive confinado en la particularidad. Inscrito en la peor tradición periodística, Marín es un experto en generalidades, un “especialista” que revolotea sobre todas las cuestiones y no se liga con ninguna.

Actualmente, muy lejos ha quedado el joven reportero que anhelaba revelar los bajos fondos de la política y evidenciar a los empresarios corruptos. Hoy, el viejo Carlos Marín ⎼que se embarca en delirantes cruzadas, como defender a Rosario Robles o al inefable Genaro García Luna⎼ pierde la cabeza fácilmente y llama “carroñeros” a quienes denuncian su despropósito. El amigo de Joaquín López-Dóriga se ha transformado en un personaje de ideas simples, inflexible, prejuicioso y con un código del honor elástico que, conforme pasa el tiempo, se ha ido tornando en un abuelo viejo y extraviado.