A Gabriel Quadri, Isabel Wallace e hijo

Desde hace aún menos de un año —porque fue a principios de octubre cuando nos dimos cuenta de lo que sucedió el pasado 26 de septiembre— hemos presenciado la autopsia del régimen neoliberal, efectuada por los gusanos que cría en sus entrañas.

El régimen fundado por Miguel de la Madrid es un cadáver insepulto que afea nuestra vida cotidiana porque apesta, estorba, enferma y contamina, como que está repleto de fauna nociva, hace un ruido ensordecedor, idiotiza, hipnotiza, engorda, controla, devasta.

Tras la matanza de Iguala, a medida que las mentirosas “revelaciones” de las autoridades y los verdaderos descubrimientos de los científicos nos permitieron entender lo que realmente había pasado, la piel del cadáver del régimen empezó a desgarrarse y los gusanos fueron quedando al descubierto.

Ayotzinapa. Foto: Uriel López/Flickr

Ayotzinapa. Foto: Uriel López/Flickr

Uno de los primeros que asomó la cabeza fue el narcodirector de un periódico igualteco que festejó con despliegue de ocho columnas: “Al fin los pusieron en orden”. Pronto la prensa fuereña descubrió que el municipio lo gobernaba el PRD y las alimaña brotaron del hígado del cadáver para afirmar que José Luis Abarca, presidente de Iguala, “es gente de AMLO”.

Bajo la piel de la nalga izquierda del cadáver del régimen surgieron unos gusanos amarillos con cara de perro ladrando: “José Luis Abarca reprimió a los estudiantes por órdenes de AMLO”. Una foto de AMLO con Abarca en un mitin electoral del PRD, cuando AMLO era candidato presidencial del PRD y se tomaba fotos con chuchos y troyanos, fue pasto de gacetilleros nalgasprontas, calumnistas que beben coca-cola al tiempo, opinócratas y levantacejas.

Bicharajos de toda laya emergieron de otros órganos del cadáver para sumarse a la defensa mediática de sus propios despojos: AMLO era uno de sus objetivos, otros criminalizar a los normalistas, condenar las protestas de cientos de miles de personas dentro y fuera del país, obligarnos a aceptar la verdad histórica, sin explicarnos que ésta, en términos legales, tiene un valor jurídico preciso: la desaparición de los muchachos es caso juzgado. ¿No les gustó? Supérenlo. ¿No me creen? Lean Ni vivos ni muertos*.

Marcha por Ayotzinapa. Foto: Alex Torres/Flickr

Marcha por Ayotzinapa. Foto: Alex Torres/Flickr

Suman ya más de tres décadas las que lleva el país gobernado por ideas que están muertas porque no sirven para nada, pero se siguen poniendo en práctica como si estuvieran vivas. Una distinguida economista colombiana las ha descrito como “ideas zombis”. Su hallazgo contribuyó notablemente a la comprensión del régimen político mexicano que impera hace más de 30 años: está muerto pero continúa ejerciendo el poder (una manera de decir las cosas, otra sería generando caos) mediante los gusanos que lo pueblan.

La dictadura salinista, sucesora de la dictadura priísta a la que antecedió la dictadura porfirista, es la más desafortunada de las tres porque frente a sí no tiene un futuro venturoso: destruyó al aparato productivo, destruyó las instituciones del Estado (fuerzas armadas incluidas), destruyó los recursos naturales no renovables, destruyó el campo en aras de la minería tóxica y del narcotráfico, destruyó el tejido social y destruyó el sistema de justicia.

Los presidentes desde la época en que se implantó el neoliberalismo. Foto: Internet

Los presidentes desde la época en que se implantó el neoliberalismo. Foto: Internet

¿Qué puede hacer el régimen ante eso? ¿Qué puede hacer con eso? Lo mismo que ha hecho desde que tomó el poder, tras el golpe que el FMI dio contra los socialdemócratas (López Portillo y anexas) para sustituirlos por los tecnócratas neoliberales (De la Madrid y Salinas y un largo etcétera).

Para el gobierno de Estados Unidos —John Ackerman lo explicó al denunciar la más reciente declaración del Departamento de Estado—, “en México no hay presos políticos, no hay censura y no se violan los derechos humanos”. Nuestros vecinos creen que está bien que nos vaya mal porque mientras más rápido seamos un territorio sin ley habitado por televidentes inertes, administrado por Televisa y Marichulo y sometido por grupos uniformados o no, que se dedican a exterminar y son respaldados tanto por los vendedores de armas como por los compradores de drogas, para ellos, nuestros vecinos, mejor. O como diría Jack Nicholson, “mejor imposible”.

Marcha de solidaridad con Ayotzinapa. Foto: Somos el medio/Flickr

Marcha de solidaridad con Ayotzinapa. Foto: Somos el medio/Flickr

Nuestros vecinos obtienen de nosotros todo lo que necesitan. Por eso no piensan en nosotros sino en sus competidores y algún día, tal vez, otra vez, enemigos. Nuestros vecinos piensan que la península de Baja California, las montañas del “inexpugnable” triángulo de las drogas, los cerros de Iguala, las selvas de Chiapas o las planicies del Caribe mexicano, podrían ser muy útiles para plantar ojivas nucleares apuntadas al Este, que desde la perspectiva de México, es el Oeste. ¿No me creen? Chequen su brújula.

Qué bueno que en todo el mundo haya seres vivos, iluminados por ideas vivas, que aman a México y nos compadecen así como nosotros nos compadecemos de ellos porque están igual de jodidos, o los envidiamos porque votan y su voto cuenta y la ley les permite cambiar de gobierno, o les echamos porras cuando la realidad les explica que los gobiernos ya no mandan, y cuando se enteran se indignan como nosotros porque padecen los mismos dolores y están hartos de muchas cosas, empezando por la demagogia declamatoria de los que duermen y tienen sueños que tratan de meterse en las urnas pero no caben porque o son demasiado nalgones o demasiado petulantes, o temen que en el interior de las urnas la aventura se degrade a pesadilla, como nos pasa en la vida real a quienes sí votamos. Por Miguel Ángel Mancera, por ejemplo.

Monumento en la Ciudad de México a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. Foto: Acosta Mario/Flickr

Monumento en la Ciudad de México a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. Foto: Acosta Mario/Flickr

Si Federico Mastrogiavanni demostró que una víctima de desaparición forzada es una persona que, para sus seres queridos, no está viva porque no está en ninguna parte, pero tampoco está muerta porque nadie ha encontrado su cadáver, y entonces los suyos viven su ausencia con una esperanza pesimista. Ayotzinapa vino a corroborar que los culpables de este delito insoportable, de este crimen de lesa humanidad que se actualiza cada segundo, están vivos pero se guían por ideas muertas, y gobiernan dando palos de ciego, porque en realidad son zombis como el régimen al que sirven, zombis como el cadáver insepulto que habitan, zombis como los gusanos que son cuando se miran en el espejo.

*Publicado originalmente el 26 de septiembre 2015