¡Elías!, ¡Elías!, repetía como un loco lleno de júbilo el demacrado Antoine Marie Joseph Artaud con peyotes entre las manos. Regresaba de un viaje a la sierra Tarahumara del cual el doctor y poeta jalisciense Elías Nandino no tenía noticias.

El violento poeta-dramaturgo francés había desembarcado en Veracruz, invitado al país por su amigo el pintor Federico Cantú, que lo acogió en su departamento de la ciudad de México. Poco o nada entendían de sí. Artaud y su locura, su silencio, su drogadicción (ese desenfreno matizado por el tratamiento psiquiátrico); y el doctor y su diplomacia, su asombro y tal vez su tacto y mesura ante un monstruo surrealista de la literatura universal.

Ése que alguna vez creyó que el surrealismo sería la solución para Europa, un continente contaminado de racionalismo. Se retractó de ello. Diez años antes de su viaje a México fue expulsado de movimiento por André Breton y Paul Élaurd, entre otros, debido a su afiliación al Partido Comunista Francés. Ya había escrito El ombligo de los limbos, su primera obra.

Nada o poco se sabe de lo que originó su curiosidad por el conocimiento indígena; de cómo vino y regresó a la capital; de cómo fue que logró ingresar geográficamente (y cerebralmente) a lugares inaccesibles; de cómo pudo ser aceptado entre los miembros de una comunidad tarahumara y llegar a tener acceso a celosos rituales bajo el influjo místico del xícuri.

Lo poco que se sabe reside en el libro México y viaje al país de los Tarahumaras, al cuidado de Luis Mario Schneider, editado por el Fondo de Cultura Económica. Artaud vino a México en 1936 y encontró un refugio para amar su locura entre los habitantes de un mundo similar al suyo: un pueblo indígena perdido y alejado de la sociedad occidental de la que huía. Influenciado por Lao Tse, Artaud creía en la metafísica como un sentido de visibilidad de carne y alma y lo reflejaba en una nueva forma de hacer poesía y teatro.

La experiencia de la sierra era su forma, quizás, de llevar a cabo ese teatro violento y metafísico, y esa poesía inasible y retorcida. El Cíguri, rito de una danza y cuerpo del peyote para los tarahumaras (en la cual se despojan de sus apariencias hasta que se les revela su verdadero ser) fue abierto para el creador de El teatro de la crueldad y en él encontró la sanación de su hiperconsciencia hasta su muerte suscitada en el loquero de Ivry-sur-Seine en 1948.

El poeta vino a México a ser comprendido, en busca de un refugio. Lo encontró en una comunidad de la Sierra Madre. Después de México pasaría nueve años en manicomios, expuesto a tratamientos de terapia electroconvulsiva. Acabaría demolido.

Dos años antes de su deceso, Artaud escribiría que su experiencia en la sierra Tarahumara habría sido la más feliz de su existencia. Sus últimas palabras serían: “…de seguir convirtiéndome en ese hechizado eterno etc. etc.

De aquel viaje metafísico de Antonin Artaud sobrevive el libro Los Tarahumaras, descripción de su experiencia enteogénica ejecutada bajo la modificación de consciencia y el objeto de una posesión sensorial derivable de la ingesta del peyote y la realización de diversos actos ritualísticos, para dar paso al arribo de un trance de desfiguración y consagración mental y espiritual, el cual el poeta describe cuestionando y explicando tal estado místico, envuelto en la psicodelia de la naturaleza.

Project Artaud. Foto: Jefurii/Flickr

Project Artaud. Foto: Jefurii/Flickr

Un año después de la llegada del poeta francés a México, en 1937, Malcolm Lowry habría de alcanzar un estado de elevación superior al conquistar todas las cantinas de Oaxaca y haber bebido todo el mezcal de la patria, desenvuelto en la indumentaria sabia del alcoholismo más alto.

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, novela póstuma, es un testimonio de aquella atmósfera postrevolucionaria que el autor inglés vivió a su paso por México, el infierno más apto para su etérea decadencia, girando en torno siempre a una botella, a la profundidad beoda de una noche interminable, a una cantina bien llamada “El Farolito” o a la perdición justificada de un creador irredento.

El autor de Bajo el Volcán, su obra maestra, llegó al país de forma espontánea. El 28 de julio del 36, día de su cumpleaños, Lowry embarcó en Southampton rumbo a Estados Unidos. Tras su llegada, tuvo que salir de Estados Unidos para renovar su visa y, en compañía de Jan, su primera de dos esposas, quien fuera una ex-estrella de Hollywood, se dirigió a México emulando los pasos de uno de sus héroes literarios, el escritor D. H. Lawrence.

El viaje y el país lo marcarían de por vida. La pareja se mudaría a vivir a un hotel en la ciudad de Cuernavaca a finales de 1936. Un año después Lowry sería abandonado por su esposa debido a sus problemas de alcoholismo y se quedaría solo en Oaxaca, atravesando un período profundo y sombrío de su adicción, por el cual terminaría deportado y del cual nacerían las dos novelas antes mencionadas.

Lowry, amante del alcohol, los arcanos del universo, el deporte, la literatura, el mar, los barcos, la muerte, el amor y el jazz escribiría Bajo el volcán inspirado en ese infierno rural dipsomaniaco llamado México. La obra se ubica en Quauhnáhuac (Cuernavaca), en 1938, año de la expropiación petrolera de Cárdenas. Narra la jornada del Día de Muertos que vive el excónsul Geoffrey Firmin (trasunto de Lowry), mientras se emborracha y vive el último día de su vida.

Es una novela que brinda un paisaje de desolación humana, de soledad, de reflexión, de recuerdos, de humor: de la caída de un hombre lúcido y crítico ante un infierno extraño, lejano pero simbólico, abandonado por el amor de una mujer, condenado a vivir en torno a un limbo de excesos y discursos sublimes de los que no puede huir jamás. Este prodigio de novela le costaría cerca de una década, dos esposas, cuatro reescrituras, la terrible caída de su embriaguez, la expulsión de México y la perdición absoluta pero justificada por la creación de sus obras.

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo es una novela de culto,. Narra el regreso de Sigbjørn Wilderness a México, pésimo escritor, (alter ego de Lowry) que decide emprender un viaje acompañado de su mujer, en busca de Fernando Martínez, compañero de cantina zapoteca que alguna vez le salvó la vida en Oaxaca. Visitan Cuernavaca, escenario de su novela sobre un cónsul británico borracho, titulada El valle de la sombra de la muerte, que le ha sido recientemente rechazada En la vida real Lowry regresa a Oaxaca junto a su segunda esposa, Margerie, en busca de Juan Fernando Márquez. Nunca pudo encontrarlo. Supo que había muerto baleado al salir de una cantina. Sería su última visita al país que tanto quiso y el cual representaba su infierno.

Las dos novelas de Lowry responden a una narrativa autobiográfica. Los sucesos que se narran cuentan con la capa de la realidad de cantina: diálogos brillantes de borrachos, peleas de borrachos, resacas de los aires revolucionarios, charros borrachos, indígenas borrachos, andares y experiencias reales del alcohólico maestro, inmersos en una escenario rural, lento, pesado, fuera del tiempo.

Las causas de la muerte de Malcolm Lowry a los 47 años en Ripe, Inglaterra, el 27 de junio de 1957, son ambiguas. En el libro sobre la vida de Lowry escrito por Douglas Day (1973) se plantea el dilema de si se ahogó con su propio vómito o ingirió un frasco de barbitúricos.

El poeta Antonin Artaud. Foto: Internet

El poeta Antonin Artaud. Foto: Internet

Fragmento de Viaje al país de los Tarahumaras.
Antonin Artaud.

LA VISION DE ANTONIN ARTAUD
(Sierra Tarahumara, México 1936)

Eran rocas febriles y pálidas
rocas de cicatrices plúmbeas
como poemas revelados bajo una luz de
fósforo mineral;
rocas que hacían de mi senda,
no lo creado por un Dios
Si no… el temor de lo no creado por los hombres,
lo no tocado por el tiempo;
huellas de pasos ya fosilizados,
animales pesados que se habían enfrentado en estos cañones desérticos…
Animales furiosos de pieles húmedas
y garras poderosas.
Sabía que al llegar a la aldea Tarahumara
tostado por el sol y el viento despiadado de la sierra mexicana,
una sonrisa de temida libertad,
júbilo de bestia armónica
cantaría como una cascada
fresca en mi espíritu.
Una niña de dulce mirada
recibió con ternura mi agotamiento y calmó la ansiedad de ese largo viaje,
con un cuenco de agua en donde el cielo temblaba.
Hablé con el Chaman de la comunidad;
un anciano de frente cuarteada y ojos profundos
como un lago de montaña.
Durante las tardes paseamos por los alrededores del pueblo
conversando en un rudimentario español sobre mi preparatoria iniciática.
Respiré fuertemente el cálido y puro aire de esos días
mientras fortalecía mi cuerpo con ejercicios lunares y antiguos
como: golpear con las palmas de las manos ciertos puntos de mi cuerpo,
durante horas enteras;
o permanecer con los brazos en la posición de quien
desea alcanzar una estrella.
Ejercicios que exigían todas mis fuerzas
en un empeño de conocimiento misterioso. .
Después me sometí a un ayuno prolongado
y fui sintiendo una embriaguez de ave ligera,
águila sobrevolando un desierto de arcillas terracotas.
Llegado el esperado día bebí de una fuente negra
y me embriagué en el sagrado zumo del cactus,
me retire solitario a una cueva
donde el Chaman me ordenó esperar
la presencia de Nathual;
allí yo era un coyote y la luna me enamoraría
con refinadas artes de doncella oriental.
Comía setas y bayas azules dispuestas sobre
escudillas de cerámica ritualizada;
y observaba criaturas de fuego que danzaban con pies ligeros
sobre una hoguera donde crepitaba el oro.
El chamán me había advertido sobre los peligros del “sendero”:
“Para procurar los “ayudas”,
es mejor no seducir a los elementales….
Dominarlos serenamente en su medio, es tu objetivo.
El cactus peyote, te da sólo lo que vibra en ti y por ti se manifiesta,
y es, ésta observación y lucha lo que te da la fuerza”.

**********
El tiempo fluía lento como un río
otras veces cual rítmico y pesado tambor
cuero de cabra al medio día…
Entendí que esta presencia se hacía piel de
tierra,
cuando en las paredes de la gruta
aparecieron símbolos rojos y negros
y las piedras comenzaron a destilar un
calor infernal.
Y apareció como una energía que no decaía,
que lo arrollaba todo con la fuerza de un torrente
lava-hirviente.
Aleteo de pájaros excitados en la noche,
una gran víscera de Dios olvidado,
herida de guerrero no cicatrizada;
oleada de bisontes rojos sobre la pradera;
puñal de ónix en mi garganta,
vegetal multicolor y venenoso
inundándome las venas, quemándome el cerebro.
Una deidad moraba obscura en mí
con su cara de lagarto pétreo
devoraba, una a una, mis palabras.
Y era él, …
El demonio de la tribu.
La historia de su muerte y la sombra de su guerra,
entonces grité horrorizado
y mi lamento se extendió.

Dos poemas de Malcolm Lowry.

Epitafio.

Ultimo deshecho de Bowery
su prosa era florida
y a menudo incandescente,
Vivió, de noche, y bebió de día
y murió tocando el ukelele.

Oración para borrachos.

Dios, da bebida a esos borrachos que se despiertan al amanecer
farfullando sobre las rodillas de Belcebú, totalmente destrozados,
cuando una vez más espían a través de las ventanas
acechando, el terrible puente cortado del día.