Hace una semana, sucedió algo inimaginable: Javier Alatorre, el titular del noticiero estelar de la segunda televisora más importante de México, le pidió a su audiencia no hacerle caso a Hugo López-Gatell. Esta situación encendió las redes sociales, algunas personas pidieron la cabeza del conductor, otras el retiro de la concesión a Televisión Azteca y también hubo quienes solicitaron una respuesta enérgica del Gobierno Federal.

Sin embargo, nada de esto ocurrió. Al día siguiente López Obrador dijo que dicha declaración se enmarcaba en la libertad de expresión y la Secretaría de Gobernación sólo presentó un Apercibimiento público a Televisión Azteca.

Frente a eso, no faltó quienes señalaron una actitud tibia del Presidente, incluso sectores más cercanos a Morena insistieron en la renuncia de Javier Alatorre. Pero lo que vimos fue efectivamente una actitud que promueve la libertad de prensa por parte de López Obrador.

¿Qué hubiera pasado si las declaraciones y encuadre que presentó Alatorre hubiesen ocurrido durante cualquier sexenio del PRI o del PAN? Probablemente el conductor ni siquiera se hubiera atrevido a expresarse, pues de lo contrario estaría firmando su renuncia y estaría vetado en cualquier medio de relevancia nacional.

No faltará quien diga que una golondrina no hace verano, como para sostener que la actitud de López Obrador hacia Alatorre habla de la plena libertad de expresión en México. Pero no es el único caso.

Hace unos días se difundió un audio en el que el periodista y conductor Pedro Ferriz orquestaba una conspiración, junto con un grupo de empresarios, en contra del Presidente, llegando a solicitar una posible intervención del Gobierno de Estados Unidos. Ante este preocupante acto, tampoco vimos una respuesta autoritaria ni un hostigamiento gubernamental para callar a Pedro Ferriz. Otra vez me pregunto: ¿Esto hubiera pasado en otro sexenio?

Algo que si hemos observado es la constante descalificación de López Obrador hacia lo que él llama prensa fifí o conservadora. La cual, tiene rostros y apellidos. Es esa que constantemente comparte noticias falsas, descontextualiza acciones, omite verdades y desconoce aciertos. Es esa que no actúa como prensa, sino como oposición política. Casi como un partido político.

Alguna vez, en una entrevista aquí en México, el expresidente de Ecuador, Rafael Correa dijo que si la prensa asume un rol político, que sepan aceptar respuestas políticas.

Por eso, pedir que el presidente no reaccione ante esa prensa y ante las alusiones muchas de ellas personales significa negar esa libertad de expresión que sí ejercen los medios, o peor aún, desear como ocurrió en Brasil que detrás de esa prensa se conspire o confabule un estrategia para desestabilizar al Gobierno.

Afortunadamente, aún estamos lejos de esa situación. Por lo pronto hay que mencionar y nombrar a esa prensa que actúa como oposición y distinguirla de la crítica que sin duda es necesaria para una democracia.

Finalmente, la prensa también debe ponerse bajo escrutinio público, pues de lo contrario, como dice el sociólogo Pierre Bourdieu, podrían ejercer el monopolio de la difamación legítima.