“No veo por qué tenemos que esperar y permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo.”

La frase pertenece a Henry Kissinger y la dijo en junio de 1970, unos meses antes del triunfo electoral de Salvador Allende en Chile.

Un dictador es una persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyado en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica. Un dictador ejercerá un gobierno de facto sin someterse a ningún tipo de control. Accede al poder -invariablemente- de forma ilegítima y se sostiene en el mismo -regularmente- mediante la represión, la coerción, las represalias, el uso desmedido de la fuerza, el asesinato y desaparición de sus opositores, el terror, la tortura, la persecución y en general rompiendo con todo el orden legal establecido en detrimento de la ciudadanía.

En América Latina, tenemos una larga cauda de dictaduras, sostenidas a sangre y fuego y financiadas, propiciadas, auspiciadas y asistidas por los gobiernos estadounidenses en turno. Se ha comentado en más de una ocasión que Estados Unidos nunca ha tenido un golpe de estado para imponer a un dictador, porque ellos no tienen embajada gringa en su suelo.

En Paraguay padecieron la dictadura de Alfredo Stroessner, cuyo legado fue, de acuerdo con la Comisión de Verdad y Justicia de aquel país, de casi 20 mil personas detenidas, de las cuales más de 18 mil sufrieron torturas, más de 20 mil personas sufrieron el exilio, hubo 459 desapariciones forzadas y un número indeterminado de asesinatos cometidos por su régimen pero que se calculan en el orden de los 20 mil.

En República Dominicana, sentó sus reales Rafael Leónidas Trujillo, considerado uno de los dictadores más sanguinarios de que se guarde memoria. Según datos del Centro Nacional de Registro de Víctimas, Torturados y Desaparecidos, que opera en el Museo de la Resistencia de Dominicana, Trujillo habría sido responsable de la muerte de más de 50 mil personas de un número indeterminado de desapariciones forzadas así como de la tortura de muchos de sus ciudadanos.

Rafael Leónidas Trujillo

En Nicaragua, la dinastía Somoza aterrorizó a su país (de poco menos de 3 millones de habitantes) con un total estimado de 50 mil personas asesinadas, 30 mil desaparecidas y varios miles más torturados de manera por demás salvaje, también en el contexto de la “Operación Cóndor” que se caracterizó por los llamados “vuelos de la muerte”, Anastasio Somoza arrojó disidentes, no al mar, como se haría tiempo después en Chile, sino a cráteres de volcanes activos.

Anastasio Somoza

En Haití, la dinastía de los Duvalier por medio de fuerzas paramilitares, asesinó a una cantidad estimada de entre 40 y 60 mil personas. Convirtieron a Haití en el país más pobre del continente. Asesinaron y torturaron a sus anchas. Fueron acusados de crímenes de lesa humanidad.

En Argentina, Jorge Videla -tristemente célebre por su frase “Son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos” en respuesta a un reportero que lo cuestionó sobre los desaparecidos de su régimen- reconoció que durante su dictadura hubo entre 7 y 8 mil muertos y como siempre, una cantidad indeterminada de desaparecidos. También, hubo sustracción de menores que fueron dados en adopción a familias de la élite argentina.

Jorge Videla

En Chile, Augusto Pinochet -acaso el rostro más famoso de un dictador latinoamericano- asesinó y desapareció a más de 3 mil personas. Este caso en particular, llama la atención por la abierta intervención que tuvieron los Estados Unidos y por la frase que dijera Kissinger sobre la supuesta irresponsabilidad de su pueblo que de manera democrática acudió a las urnas para votar por Salvador Allende.

Henry Kissinger y Augusto Pinochet

En México, “el chacal” Victoriano Huerta pudo imponerse en contra de la voluntad popular asesinando al entonces presidente Francisco I. Madero. Huerta, con el infame “Pacto de la Embajada”; contó con el apoyo y asistencia del embajador norteamericano Henry Lane Wilson -primo de Arthur Bliss Lane, el embajador estadounidense en Nicaragua que fraguó el asesinato de Augusto César Sandino y apuntaló la dictadura de Somoza.

Esta imposición desató lo que a la postre se conocería como “la segunda Revolución Mexicana” que terminó con el triunfo de Carranza y la redacción de la Constitución de 1917 que es la que nos rige hoy día.

México, a partir de entonces ha recorrido un larguísimo camino para afianzar su Democracia. La imposición de Carlos Salinas en la presidencia cimbró al país hasta sus cimientos. Mario Vargas Llosa, intelectual orgánico y pro sistema, mencionó en 1990 que México era una “Dictadura Perfecta”, “no con la permanencia de un hombre, sino de un partido”.

La alternancia en el año 2000 con Vicente Fox decepcionó enormemente a los mexicanos y en 2006 asistimos a las urnas en medio de un ambiente descompuesto por una “guerra sucia” sin precedentes que hundió al país en una vorágine de polarización de la cual no conseguimos salir aún. Fue, el Partido Acción Nacional y su candidato Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa los que trajeron a nuestro país las llamadas “Campañas de Contraste” y son justamente ellos los que hoy día se quejan amargamente de lo que ellos mismos provocaron.

¿Cuál es el legado de Felipe Calderón en nuestro país? Según Francisco Cruz,¹ “la guerra contra el narcotráfico, que García Luna estructuró y ejecutó con mano de hierro al lado de Calderón, dejó en seis años al menos 121 mil 683 muertos, más de 26 mil desaparecidos, 40 mil huérfanos, siete mil homicidios por razón de género, casi cuatro mil (mujeres) desaparecidas, 3 mil 847 feminicidios, cuatro mil asesinatos de niños, 70 masacres colectivas, 63 asesinatos de defensores de derechos humanos, ejecución de al menos 15 activistas, 6 mil 314 secuestros, 60 periodistas asesinados, 15 desapariciones forzadas de periodistas y cerca de 200 funcionarios asesinados “.

En el mejor de los casos, Calderón deja a México con más muertos y desaparecidos que las feroces dictaduras de los Somoza y los Duvalier juntos.

Felipe Calderón Hinojosa, expresidente de México. Foto: Especial.

En 2018, los mexicanos elegimos cambiar de régimen. Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia con una votación histórica. Los cambios que ha venido trabajando responden a las necesidades y los anhelos de la mayoría de la población. Las encuestas elaboradas por los medios afines a los regímenes anteriores le siguen reconociendo un apoyo superior al 50%.

¿Cómo responde la oposición a este apoyo popular?

Con un discurso de odio sin precedentes.

A falta de elementos, critican absolutamente todo lo que hace el presidente. Todo. Sin argumentos ni razones. Mienten, desvirtúan, falsifican, engañan, tergiversan, falsean, magnifican los errores (que los hay), y más.

Hablan de corrupción que nadie puede documentar de manera seria y responsable. Escriben libros atacando la estrategia de salud ante la pandemia, comparando a López Gatell con el nazi Joseph Mengele y hacen el ridículo comparando las cifras de muertos por la pandemia con los muertos durante el sexenio de Felipe Calderón.

En el segundo país con más personas obesas en el mundo, la oposición compara las cifras de muertes por pandemia con las familias asesinadas en un retén militar inconstitucional. Así el nivel de su razonamiento.

Hoy por hoy, en todos los medios de comunicación tratan de imponer la percepción de que el presidente es un dictador. Y en un acto de cinismo sin par, es precisamente Felipe Calderón quien sale a hacer esas declaraciones.

Los procesos democráticos son complejos y de largo aliento. Como ciudadanos podemos equivocarnos, tal como lo hicimos con Fox o con Peña Nieto. También podemos rectificar el camino y dar un golpe de timón tal como sucedió en 2018. ¿Nos equivocamos al haber elegido a López Obrador como presidente? Mi opinión personal es que no. Sin embargo, será la historia y el tiempo lo que nos permitirá ver este momento en perspectiva.

Los que hoy abiertamente piden la intervención de la Organización de Estados Americanos, los que le escriben cartas a Biden pidiéndole una intromisión directa en contra del presidente y del país, aquellos que piden y desean la muerte del presidente, deberían ser considerados como Traidores a la Patria.

No se equivoquen, en México ya hemos vivido dictaduras feroces. Operativos como la “Iniciativa Mérida” o “Rápido y Furioso” son sólo dos ejemplos de lo que nos espera si Acción Nacional llega a de nueva cuenta a una posición de poder.

Podremos estar o no de acuerdo en cómo ejerce la presidencia López Obrador, sin embargo, debemos de responsabilizarnos como ciudadanos y dirimir en las urnas nuestras diferencias.

La responsabilidad incluye elegir a las personas más preparadas para los puestos que están en juego. La experiencia de trabajo, los liderazgos sociales y más son necesarios e indispensables para el trabajo por hacerse.

Elegir a alguien por su aspecto físico, por su fama de actores o por sus bailes (casi siempre denigrantes y ridículos) no abonaran en nada a la democracia que pretendemos construir.

Este próximo 6 de junio votemos por los más de 20 mil puestos de elección popular.

Cada país tiene a los representantes que merece. Votemos con responsabilidad.

[1] Cruz, F. (2020). García Luna, el Señor de la Muerte. México: Planeta.