Por: H.R.

03 de mayo 2015.- Poco importan la millonada de dólares que se llevó cada uno en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas, lo simpático o detestable que le parezcan a cada quien Manny Pacquiao o Floyd Mayweather Jr., o en poder de quién quedó el título welter de las tres mayores organizaciones del boxeo internacional. Poco importa también que, tradicionalmente, el box haya sido territorio fértil para los hampones, la corrupción y las peleas arregladas. Ni siquiera importa la multitud de mariposillas del deporte, el espectáculo y la política que pagaron 22,441 dólares por sentarse en las primeras filas (hasta 40,955 en reventa, para un precio promedio de 9,218 dólares) y mostrar sus atolondradas y alegres caritas “en público de la gente”.

Importan los modos. Importan las formas que se convierten en fondo. Importa que en medio del jolgorio, la ignorancia y la complacencia generalizados el absurdo gane por nocaut, y la pelea se la hayan dado –¡por unanimidad!– al boxeador que perdió por al menos cuatro puntos, siempre en retroceso, sin tirar golpes, completamente fuera de distancia, pasivo y técnicamente superado en todo por el declarado perdedor.

Y no importa por la pelea en sí, porque en primera ni uno ni otro nos van a sacar de pobres y en segunda porque a muchísima gente el box le viene –saludablemente– valiendo pura chingada. Importan por el altísimo contenido simbólico de la decisión, que viene a significar más o menos “La verdad nos tiene sin cuidado: ganó éste porque nosotros decimos; porque a nosotros nos conviene éste y no el otro; porque nosotros disponemos de la realidad a nuestro antojo”. Y ocurre que “nosotros” significa el poder omnímodo, en el boxeo pero no sólo en el boxeo (y esto es lo trascendente, lo inquietante, lo inadmisible). “Nosotros” representa el rostro contemporáneo de un poder que siempre estuvo allí, pero durante años tuvo no la decencia sino la prudencia de mover sus hilos de manera más o menos discreta, más o menos disimulada, para que los demás –es decir, los verdaderos nosotros– no percibiéramos el fraude en estado puro, sin anestesia, feo no tanto por fraudulento como por obvio y grosero.

Mayweather sin duda se fue a su casa muy contento. Pacquiao, si es que previamente no estuvo al tanto de la estafa, quizá terminó algo contrariado por perder una pelea que había ganado, pero finalmente con 120 millones de dólares más en el banco. Burt Clemens, Glenn Feldman y Dave Moretti (los jueces del combate) seguramente acabaron felices por los réditos económicos que les debe haber rendido su tropelía. Los anunciantes, las televisoras y el sistema hotelero de Las Vegas todavía deben tener a su personal de confianza contando lo recaudado. Y los que no entienden nada, pues felices porque no entienden nada y punto. En cuanto a quienes desde hace años ven (vemos) box, pueden (podemos) tomar la sana determinación de no volver a perder tiempo mirando una actividad tan dolosa y sanseacabó.

Pero la ciudadanía común y corriente, la que se entusiasma candorosamente con los deportes (el boxeo o cualquier otro) porque en el fondo cree que constituyen el único ámbito donde ganan los buenos y pierden los malos, debería tomar este atraco simbólico como una advertencia sobre el grado de descaro, cinismo y desembozo con que el poder, ahora, hoy, consuma sus canalladas.

Así en el cuadrilátero como en la calle.