Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

Foto: Martín Garrido / Flickr

Odio a primera vista

Lo vi y lo detesté. No te lo puedo explicar. Fue su rostro. La forma en que se sentó. Su mano tomando el celular y su rictus de aristócrata. Fue el tono de su voz. La forma en cómo movía los brazos. Su plática absurda y sus dotes de jefe de jefes.

Fue un odio a primera vista. No lo conocía. Llegó a ese café. Se sentó en otra mesa, exactamente enfrente de mi. Lo odié. Punto.

Entre más hablaba, más lo detestaba. Que asesoraba. Que dirigía. Que contrataba. Que despedía. Me resultaba insoportable.

Pude haber cambiado de mesa. Irme de ese café. Ponerme unos audífonos y leer un libro sin verlo ni oírlo. Pero no suelo ser así. Nunca lo he sido.

Saqué mi pistola 9 mm Parabellum con silenciador y le disparé. La gente gritó. Fue un alboroto entendible.

Yo dejé el dinero de mi café en la mesa, incluida la propina, y salí del establecimiento. ¿Qué puedo decir? Hubo algo en él… Fue odio a primera vista…

Foto: Flickr / Lcrf

Foto: Flickr / Lcrf

Adiós

Quería tocar su mano, pero ya las fuerzas se le habían hecho nada. Desde hace ya varios segundos sentía un cansancio que no se le quitaba: duro, fuerte. Invencible.

Intentaba verla, mirarla y decirle con su mirada que la quería, que la perdonaba, que entendía la situación.

El cansancio era más fuerte, y poco a poco lo fue venciendo por completo.

Ella soltó una lágrima. El veterinario, que observaba la escena todavía con la jeringa en la mano, se quedó callado.

Las razones de la jauría

Tenía siete perros. ¿Usté se imagina siete perros? Vivía en un departamento de dos habitaciones, cocina pequeña, salita, patiecito, un espacio para comedero, y un baño. ¿Usté se imagina siete perros ahí?

Además, debemos decir, sus perros no eran chicos. No eran de esos enanitos. Eran grandes. El más flaco y chaparro pesaba 25 kilos. ¿Usté se imagina siete perros de ese tamaño en un espacio así?

Cuando ella, que lo conoció en un concierto, que se hicieron amigos, que durmieron juntos, desnudos, besándose, fue a conocer su departamento, vio a los perros cual jauría agresiva. Lo primero que pensó es que él estaba un poco loco. O un mucho loco.

Dos meses después, ella, que era muy sensible a eso de las fobias y filias, le preguntó: ¿por qué siete perros?

Pensó que la explicación sería: “es que los amo, es que los recogí de la calle, es que me los quedé, es que me los regalaron”.

Él, como quien responde un hola, le dijo:

“Los perros defeca generalmente tres veces al día. Siete por tres: 21. Es decir, 21 cacas por 24 horas. Y ¿sabes?, eso es lo que más me gusta: no recoger las cacas, sino recogerlas con las revistas de la alta sociedad, donde salen los ricos, donde aparecen los pudientes, donde se visualiza la gran clase alta de este país. Y compro todas esas revistas solamente para recoger la mierda de los perros. Al fin y al cabo, mierda con mierda se llevan bien”.

Ella quedó perpleja ante la respuesta. No sabía si salir corriendo, o pensar que el hombre que tenía enfrente era un revolucionario silencioso.

Máquina de escribir

Obras cumbres

Quería ser un escritor famoso. No aspiraba a ganar el premio Nobel, pero sí, humildemente, a hacerse del Cervantes. Se soñaba enfrente del espejo dando el discurso de agradecimiento. Se imaginaba abrazado por su esposa (que, por cierto, había muerto hacía dos años en un accidente) y por su hijos (que, por cierto, no tenía).

Él se consideraba un escritor. Y escribía. Todas las noches, antes de ir a la cama, tomaba una hoja de papel y comenzaba una novela (“cumbre”, pensaba cuando ponía las primeras palabras) que lo lanzaría al éxito de la literatura mundial.

Al tercer párrafo, imaginaba su obra traducida al inglés, al francés, al alemán, al italiano, al rumano, al ruso, al chino, al japonés, al catalán, al gallego y al náhuatl.

Su trabajo de escritor terminaba abruptamente cuando casi iba a terminar la primera página de la novela. Se decía: “es mejor dormir para que mañana las ideas estén más claras”. Y dormía. Roncaba.

Se despertaba y veía la hoja que había escrito en la noche. Le quitaba comas. Le ponía puntos. Le agregaba dos o tres palabras y se iba a trabajar.

El trabajo: profesor de matemáticas en una escuela secundaria. Ahí pensaba en la trama de la novela. ¿Y si incluía como personaje central a ese adolescente que tenía enfrente y que era un inepto para estudiar?

Reflexionaba todo lo que podía en los recesos, mientras los adolescentes corrían por los patios.
Comía en una comida económica a tres cuadras de la secundaria. De ahí, regresaba a su casa. Pensaba en su mujer, en lo mucho que la amó y en lo mucho que también la odió. Deseaba encontrar a otra mujer con quien pudiera, mínimo, fornicar.

En la casa dormía dos horas (su siesta) y se levantaba: “hora de trabajar”, se decía. Y así, leía lo que había escrito el día anterior, y siempre que lo hacía, lo rompía. “No sirve”.

Él quería que su obra fuera cumbre y debía comenzar como tal: cumbre. “Soy muy meticuloso” -se repetía-, “como todo escritor que se precie de ser un gran escritor”.

Se levantaba. Se veía al espejo y se imaginaba cuando el Príncipe de Asturias le entregaba el Premio Cervantes. Pronunciaba palabras del discurso que daría. Los abrazos que recibiría. Las fotos que saldrían en los periódicos y las entrevistas que le harían. Y ya, muy lleno de ganas, se iba a la cama y antes de acostarse, comenzaba a escribir una novela, la novela cumbre que se traduciría a treinta idiomas y que le haría el más famoso de los escritores de su país, de su continente.

Y así, eso hizo durante veinte años. Nunca pasó de la primera página. Murió antes de hacerlo.