Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

22 de mayo de 2018.- El centro de Tlaquepaque es quizá la parte más turística que hay en la Zona Metropolitana de Guadalajara: multitud de restaurantes, calles empedradas, mucha venta de artesanías, de collares y cosas como muy de esta tierra.

Yo traigo calor y ausencia de café. Así que, antes que nada, debo ir por un expreso doble a algún lugar. Pero, cuando estoy en la búsqueda de un establecimiento donde pueda adquirir mi bebida, escucho los gritos de “presidente, presidente, presidente”. Me acerco lo más rápido posible a donde está la algarabía.

Sí, Andrés Manuel López Obrador está llegando.

Miro a la gente que recibe a Andrés Manuel como un rockstar. Y no, no miento: en realidad soy bastante preciso y objetivo. Por el pasillo formado con vallas metálicas, las personas lo abrazan, lo besan, se sacan selfies con él. Le entregan papeles, carpetas y recaditos. Le dicen que lo quieren, le dan bendiciones y lo persignan; le declaran amor eterno, le dan consejos y piden a los dioses que lo cuiden.

Andrés Manuel López Obrador en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

Pero, a diferencia de un rockstar, que siempre está identificado con cierto grupo etario (o adolescentes o jóvenes o adultos) y/o sexo, aquí, con Andrés Manuel, hay personas de todas las edades y hay mujeres y hombres. Por ejemplo, observo que un chico como de veinte años grita y sonríe desenfrenadamente y, cuando se va acercando Andrés Manuel, voltea hacia el otro lado, y como si una selfie se tomara, comienza a grabarse y dice: “aquí estoy con Andrés Manuel, ¡con Andrés Manuel!”

Un adolescente alto y flaco, con cachucha de Morena, estira sus largos brazos y detiene a Andrés Manuel; le dice: “por favor, por favor, espere, espere”. Andrés Manuel se detiene un poco, y el muchacho se quita la cachucha de Morena que lleva en su cabeza y de un bolsillo de su pantalón saca un plumón de esos que suelen oler mucho: “fírmeme, no sea malo, por favor”. Andrés Manuel accede, y le firma la cachucha. Viendo esa escena, una señora saca a una velocidad digna de deporte olímpico un papel de su bolso, y con sonrisa en el rostro, le dice al candidato de la coalición Juntos haremos historia: “no sea malo, también fírmale aquí con el plumón”. Andrés sonríe. Y firma.

Asistentes al mitin de AMLO en Tlaquepaque. Foto: Especial

II

El café se llama Latte que te late. Lo atienden dos jóvenes larguiruchas casi adolescentes y una señora de unos cuarenta años que sostiene una taza enorme. Me imagino que es la dueña, porque a diferencia de las dos adolescentes que hacen café, ella está en la puerta viendo a Andrés Manuel. De repente da indicaciones, y cuando alguien le dice que quiere pagar, con rostro gruñón por ser interrumpida, va a la caja, cobra y se regresa rápido a mirar y escuchar a Andrés Manuel. En una de esas idas a cobrar, se le olvida su taza, y al darse cuenta le dice a una de las adolescentes: “pásamela por fa, que está diciendo cosas importantes”.

Camino rumbo al templete, pero no puedo. Hay tanta gente que no se puede pasar. Doy una vuelta enorme, paso por una pequeña placita: de ahí sí veo a Andrés Manuel, pero hay mucho sol. Mucho. Así que trato de ir a la sombra: a los portales.

En un negocio de papelería hay dos señoras que de plano se salieron a escuchar lo que dice Andrés Manuel. Están muy atentas. Junto a ellas, tres elementos de bomberos del Ayuntamiento de Tlaquepaque que vinieron a auxiliar en lo que se necesitara, miran también atentamente el discurso de Andrés Manuel. Uno, de repente, voltea hacia la derecha, a la izquierda, atrás. Como que se cerciora que está seguro: saca su celular y enfoca. Clic: ya tiene una foto de Andrés Manuel.

Andrés Manuel López Obrador en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

III

Hace una semana Raymundo Riva Palacio, quien se asume como un periodista respetado pero que en realidad da vergüenza por su venalidad, afirmó sin ninguna prueba sobre Andrés Manuel: “Los problemas en su columna vertebral son dolorosos y pueden llegarlo a tener incapacitado por algunos días”.

Desde el sábado, Andrés Manuel ha tenido en Jalisco seis mítines. Su gira fue interrumpida por un viaje a Tijuana para participar en el segundo debate presidencial. Yo he asistido a tres mítines de él: en Tlajomulco, en Tonalá y aquí, en Tlaquepaque. No fui a Ciudad Guzmán ni a Jocotepec ni a La Barca, y mucho menos a Tijuana. Tampoco fui a su mitin en Puerto Vallarta.

De la cobertura de gira me queda cansancio: tengo sueño, me duelen los pies y he sudado como loco no solamente por el calor sino por los empujones y los apretones durante las llegadas de Andrés Manuel a sus mítines.

En Tlajomulco y en Tonalá hubo toldos. Ahora, en Tlaquepaque, no. Le dio a Andrés Manuel todo el sol brutal de un mayo en Guadalajara durante más de dos horas. Yo, que estuve en el sol una media hora, no aguantaba la virulencia de los rayos ni el calor.

Andrés Manuel es un roble, se ve fuerte y tiene una capacidad y sagacidad intelectuales admirables. Mencionar que su salud es endeble es un acto ruin, y describe de cuerpo entero a Raymundo Riva Palacio: un mentiroso.

Andrés Manuel López Obrador en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

IV

Hay una chica híper rubia con un chico híper moreno. Hacen una pareja linda. Ella, al escuchar las frases de Andrés Manuel, voltea con él y mueve la cabeza asintiendo. Por ejemplo, cuando Andrés Manuel menciona que “sufragio efectivo, no reelección”, ella, sonriendo, le dice al chico sin decir palabra que sí, que sufragio efectivo no reelección.

Algo que me ha sorprendido en estos mítines es el alto grado de relación racional y emocional entre la gente que acude a las concentraciones de Morena y Andrés Manuel. Es una comunión que no había visto antes, o al menos no la había visto con tanta fuerza. Quizás en los momentos más álgidos de la lucha contra el fraude electoral en 2006.

Pero lo que veo y siento es algo muy especial. Muy fuerte. ¿Y es qué, cómo no emocionarse ante la posibilidad tan real y próxima de cambiar este país? ¿Cómo no sentir a veces que todo el cuerpo se enchina por ver a tanta gente tan alegre que quiere que seamos un país mejor, un país sin inequidad, sin pobreza: un país con solidaridad? ¿Cómo no emocionarse con tantos jóvenes llenos de energías dispuestos a transformar a este México que nos han dejado tan herido y podrido? ¿Cómo no soltar unas lágrimas cuando uno ve que, después de doce años de fracasos y de guerra en nuestra contra y de mentiras y de agresiones, por fin la fuerza nuestra es tan grande que esos ladrones no nos van a poder robar? ¿Cómo hacerle para no conmoverse ante tantas esperanzas tan juntas y tan vivas?

Una asistente al mitin de Andrés Manuel López Obrador en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

V

Andrés Manuel lo adelantó: no hablaría de lo que iba a hacer cuando ganara la presidencia, sino de la importancia de la democracia y de lo necesario que era cuidar los votos: que el PRI y el PAN no los compraran, que no hubiera fraude. Era como un mensaje: ya ganamos, y vamos muy arriba, y no permitiremos que nos roben. No se atrevan a hacerlo.

Toda esta reflexión tomó sentido cuando presentó a Santiago Nieto, ex titular de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade), que fue cesado de su cargo porque quiso castigar la corrupción y los delitos electorales. En realidad, el anuncio es como un fichaje espectacular: no solamente llega a Morena una persona con una capacidad intelectual digna de respetar, sino con experiencia para evitar fraudes. Y es que, en realidad, la única vía hoy que puede detener el abrumador triunfo de Andrés Manuel es ésa, un vil fraude.

La gente aplaudió a Santiago Nieto, aunque muchos no sabían quién era. Él, en el templete, saludó a la gente y abrazó a Andrés Manuel. Lo más sorprendente de la escena fue que Santiago Nieto llevaba un saco. Sí, portar un saco en un templete sin toldo, a las doce del día, en una ciudad donde el calor es verdaderamente insoportable, brutal.

Andrés Manuel López Obrador y Santiago Nieto en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

VI

Hay gente que más que escuchar a Andrés Manuel, quiere saludarlo. Verlo de cerquita. Apretar su mano, tocarlo, abrazarlo. Por eso, hay muchos que, estando todavía Andrés Manuel ofreciendo su discurso, deciden colocarse en las vallas por donde va a salir.

Un grupo de unas tres o cuatro señoras discuten la estrategia más adecuada:

—Hay que ponernos acá.

—No, pero ahí no, porque está el árbol atrás.

—¿Entonces por el lado de los portales?

—Sí, por allá.

—No, pero es que allá se va a llenar más porque de ahí van a venir todos.

—No, pero de acá también.

—No, peor acá hay menos gente.

Pero esperar a Andrés Manuel no solamente es planear la mejor ubicación, la posibilidad de la mejor sombra, etcétera, sino también ensayar qué se le va a decir y, especialmente, manejar bien los instrumentos que guardarán la memoria del encuentro con Andrés Manuel: el teléfono celular o la cámara y, en algunos casos, el palito para las selfies.

La gente prepara la cámara, le limpia el lente y, en algunos casos, se pone de acuerdo con otra persona para que mutuamente se tomen fotos. Hay los que van solos y los que van acompañados. Y hay casos raros, como la señora que lleva a su perrito, y mientras espera, le cuenta detalladamente al animalito que va a ver a Andrés Manuel, que es un momento especial, que se debe portar muy bien, y que quien en un ratito va a pasar será el próximo presidente de México.

Andrés Manuel López Obrador en Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

VII

El mitin se termina. Se escucha el himno nacional. El sol es atroz: el calor salvaje.

Andrés Manuel se baja del templete y lo esperan decenas de reporteros con cámaras gigantes, celulares, grabadores, etcétera.

La gente está esperando a lo largo del pasillo formado por vallas metálicas. Andrés Manuel habló como una hora con el sol de frente, pegándole fuerte. Y ahora habla con los reporteros. Dos minutos. Tres. Cinco. Quizás diez. La gente se comienza desesperar. Chifla. Como si el concierto tan largamente esperado se estuviera retrasando.

Andrés Manuel les dice a los reporteros que ya se va, y comienza a caminar. La gente se vuelve gritona, se llena de contento. Andrés Manuel saluda, abraza, aprieta manos, acerca sus labios a los cachetes o las frentes de las personas. El recorrido es lento, porque hay mucha gente con cámaras que toman decenas de imágenes. Las personas sonríen y hay caras de satisfacción cuando alguien logra tocar a Andrés Manuel, cuando lo saludan, cuando lo ven cerquita. Bien cerquita. Cuando reciben un beso o un apretón de manos.

Es algarabía.

Andrés Manuel López Obrador da una rueda de prensa en medio de la gente durante su visita a Tlaquepaque Jalisco. Foto: Especial

Por fin Andrés Manuel llega, con muchos empujones, a la camioneta que lo espera. Pero la gente sigue ahí, gritándole presidente, diciéndole que lo quieren. Él, sostenido de la puerta, se alza y es entonces que se da esa típica imagen en la que, subido en la camioneta, alza el brazo mientras la gente le dice que lo quiere y que quiere que sea su presidente.

Cuando la camioneta arranca, la gente sonríe. Los que captaron imágenes, las miran y muchos las mandan a sus redes sociales.

Andrés Manuel causa euforia. Y lo importante: una euforia sincera, llena de esperanza.