Primer flash

Soy un joven atípico de 17 años con ideales de izquierda en la ciudad más doble moral del país, la cual le dio millones de votos al PAN, a Felipe Calderón. Formo parte de una generación a la que le importa un bledo la política, duerme en un profundo letargo y no se ha dado cuenta que los jóvenes tienen el poder de transformar al mundo.

Pese a todo, sigo portando con orgullo un moño tricolor en una de las mangas de la camisa en protesta por el fraude electoral. Mantengo un boicot a las empresas que ayudaron a perpetrarlo y compro todos los días La Jornada (tenía un profundo cariño por el Público-Milenio de Federico Arreola hasta antes de las elecciones del 2006). La adquiero especialmente los sábados, en los que aparece el Desfiladero de Jaime Avilés, una columna que se anhela leer porque desenmascara a los poderosos, explica a profundidad los temas trascendentales del país, sirve de guía para quienes creemos en la resistencia civil pacífica de Andrés Manuel López Obrador y nos alerta sobre los robos descarados que pretenden hacer quienes se creen amos y dueños de México.

Uno de esos sábados, Jaime Avilés enciende las alarmas en su Desfiladero porque tras robarse las elecciones e iniciar una guerra sangrienta y cruel que desata el terror por todo el país, Felipe Calderón aplanan el terreno para privatizar Pemex y, con ello, finiquitar el desmantelamiento del Estado, regalando al capital transnacional el patrimonio más valioso de los mexicanos.

La forma tan extraordinaria que Jaime tiene para explicar el momento histórico que vivimos y el poder que habita en nosotros para impedir que se consume un atraco a la nación, me sorprende y me lleva a hacer algo impulsivo: sacar un puñado de copias fotostáticas de su columna y repartirlas entre amigos, compañeros y maestros, sin importarme un comino ser el loco fan de un candidato que es mal perdedor, “amigo” de Hugo Chávez, un peligro para México que se resiste a tomar su papel obediente en la trama establecida por los poderosos.

Jaime Avilés. Foto: Especial

Segundo flash

Jaime Avilés, libreta en mano, recorre las avenidas junto a su hija (que años después sabría que se llama Juncia). Estamos cercando las oficinas del Senado junto a la torre del caballito. Jaime va tomando apuntes de las cientos de personas que ahí nos congregamos (Adelitas en su gran mayoría) para impedir la privatización del petróleo.

Al verlo pasar, mi amiga Alejandra lo observa y me dice “mira, él es Jaime Avilés”. Nos atrevemos a saludarlo. Él, sin habernos visto nunca en su vida, nos sonríe, nos dice algunas palabras y continúa su camino, registrando el sentir popular para al día siguiente plasmarlo en una extraordinaria crónica publicada en las páginas de La Jornada. Yo también tengo una pequeña libretita en la que hago apuntes y un par de cámaras fotográficas con las que trato de registrar todo. Cuando él se marcha, yo pienso: algún día quiero ser un periodista profesional como él.

Jorge Naredo y Jaime Avilés en la presentación de AMLO vida privada de un hombre público en la UdeG. Foto: Especial

Tercer flash

Jorge me cuenta que Jaime Avilés está en Guadalajara. Logró convencerlo de hacer el prólogo de su libro de crónicas sobre los lesionados del 22 de abril. Jaime lo presentará en el barrio de Analco. Jorge me cuenta que ya lo conoció, y que está anonadado, pues es uno de los mejores cronistas en todo el país. No hay forma de explicar la emoción que siente porque haya aceptado venir a la ciudad para presentar su libro. También, para evitarme alguna desilusión (muy característico en todo fan cuando su estrella no corresponde con el ideal) me advierte que tiene su carácter y no es un tipo que fácilmente se abra con los demás. Conociéndome, me pide un poco de sensatez.

Impertinente como soy, hago caso omiso a las advertencias y me tomo la libertad de invitar a un amigo muy querido y a la chica de la que estoy perdidamente enamorado. A partir de ahí, los fotogramas de la película que corre en mi cabeza son algo borrosos: recuerdo la llegada de Jaime, su seriedad, mis intentos infructuosos por tratar de entablar un diálogo.

Después, aunque no estoy muy seguro que eso hubiese ocurrido el mismo día, recuerdo la celebración en un bar de ensueño llamado El gato verde, con un Jaime desatado que está como en su casa cantando con micrófono en mano El abandonado. Recuerdo que yo estoy extasiado con todo lo que está pasando, y de vez en cuando toco la entrepierna de la (entonces) chica de mis sueños, quien disfruta de la velada y me mira con sus enormes ojos que, estoy seguro (entonces) evidencian un enamoramiento hacia mí.

César Huerta y Jaime Avilés. Foto: Jorge Gómez Naredo

Cuarto flash

Es el cierre de la campaña presidencial de AMLO en Guadalajara. Jaime Avilés llegó hasta acá con una maleta repleta de ejemplares de su extraordinaria biografía sobre López Obrador. Yo la veo y me pregunto, ¿será posible vender todos esos libros? Voy con mis amigos, estamos todos emocionados por el acto y por ver tanta gente reunida en la Plaza Juárez.

Jaime se acerca y nos pide que le ayudemos a anunciarlo entre la multitud. Contentos, respondemos a su llamado, colocamos libros en nuestras manos y gritamos con toda la voz que tenemos. Todo el mundo se acerca. Uno, dos, tres… Los libros se venden como pan caliente. Hay quienes ya lo leyeron y se llevan de a dos o más, para regalar y/o convencer a sus amigos, parientes o compañeros de trabajo que López Obrador no es el monstruo que han creado en la televisión. La gente nos dice que la intención es derribar los mitos creados por la guerra sucia en torno a él, con información precisa y una narrativa envolvente, extraordinaria, que sólo puede venir de la pluma de alguien como Jaime Avilés.

Terminamos de vender los libros. Tenemos un puñado de billetes en nuestras manos: se los damos a Jaime. Él no deja de sonreír, y yo sé por qué está tan feliz: no es el dinero que ha conseguido con la venta (que gastará unas horas después en invitar unos vinos a todo el que se deje), sino porque sabe que el objetivo se está cumpliendo: la verdadera historia sobre AMLO se difunde mediante esa poderosa arma masiva llamada libro y poco a poco, imperceptiblemente, cada vez que alguien toma AMLO: vida privada de un hombre público en las manos, el cerco informativo se rompe y la dictadura del PRIAN se viene abajo.

Jaime Avilés, César Huerta, Jorge Gómez Naredo y Luis Rivera “El Abuelo”. Foto: Especial

Quinto Flash

Hace tiempo que Jaime Avilés no se encuentra. Desde su despido del diario La Jornada, va perdido de un medio digital a otro llevando su Desfiladero bajo el brazo, pero ningún lugar lo convence para quedarse. Él sigue buscando el lugar ideal, pero como un barco en altamar, nunca llega a su destino.

En alguna charla, Jorge y yo lo convencemos de hacer un blog. Abrimos un pequeño sitio en wordpress y cada semana subimos su columna Desfiladero. En un abrir y cerrar de ojos, la página se vuelve viral. Cada una de las entradas es visitada por miles de personas que dejan comentarios y comparten el contenido en sus muros.

Jaime se emociona, se pone feliz. Habla con todo el mundo y como todo genio, piensa mucho y las ideas en torno a crear algo más grande vuelan en su cabeza a una velocidad inusitada. No hay manera de pararlo cuando se pone a imaginar, mucho menos en el momento en el cual de manera extraordinaria, con un toque histriónico aprendido en alguna carpa de teatro, explica un invento o descubrimiento que revolucionará al mundo. En un momento así, de total lucidez, a Jaime Avilés se le ocurre que es necesario crear una revista que se llame Polemón por dos razones en concreto: que sea un homenaje a un mítico filósofo griego y al mismo tiempo, cumpla una función dentro de las redes sociales: ser un espacio para crear polémica y debatir las ideas.

Cuando escucho el nombre, algo no me suena. Terco e impertinente como soy, no me quedo callado y trato de hacerle entender que la mayoría de medios digitales que nacen y son dirigidos por periodistas con cierta fama, llevan el apellido del autor. Le pongo el ejemplo de Aristegui Noticias. Pero es imposible convencerlo, Jaime no cambia de opinión. Va a la Ciudad de México, les cuenta a sus amigos y termina de convencerse: así se llamará la revista y punto. Vuelve a Guadalajara, nos reúne a Jorge y a mí y nos invita formalmente a hacer parte del proyecto: confía en nosotros.

Jaime Avilés, César Huerta, Andrés Manuel López Obrador y Jorge Gómez Naredo. Foto: Especial

Junto a Marimar, una joven abogada defensora de los derechos humanos cargada de sueños e ideas futuristas, quien no para de idear e intercambiar puntos de vista, en un dos por tres estamos en la oficina de Oxtli. Él ha diseñado la página de internet y nos pone a consideración el logotipo que se le ha ocurrido para representar a Polemón. Tal ofrecimiento genera una intensa lluvia de ideas y provoca lo que a Jaime le encanta: polémica. Hablamos, gritamos, caminamos de un lado a otro como si esperáramos afuera de la sala de partos el nacimiento de un ser humano.

Por fin coincidimos: le ponemos ojos rojos a don Polemón para bajarle dos rayitas a la solemnidad y en un momento culminante de la creatividad a Jaime se le ocurre el lema de la revista, intrínsecamente irónico como él mismo: Polemón será un semanario mensual que sale todos los días a veces. Todos reímos.

Candelaria Ochoa, Jorge Gómez Naredo, César Huerta, Jaime Avilés y Alfredo López Casanova en el Covadonga. Foto: Especial

Sexto flash

Es viernes. A las ocho en punto, llegamos Jorge y yo a la casa. Estamos nerviosos. Llevamos un tiempo trabajando juntos. Él me ha dado clases de periodismo en un viejo café desde la preparatoria y me conoce bien. Sabe de qué pata cojeo a la hora de escribir, cuáles son mis alcances y mi potencialidad. Yo, también lo conozco, sé cuáles son sus odios, sus fobias, lo que no soporta y lo que lo mueve a ejercer el oficio. De alguna manera hemos aprendido a soportarnos. Pero hoy no estamos solos. Frente a nosotros está Jaime Avilés, un hombre al que ambos admiramos. Lo conocemos más que antes, porque ha visitado Guadalajara varias veces y nos hemos metido en varias parrandas. Pero aún no lo conocemos bien, nunca hemos formado parte de una redacción con el gran Jaime Avilés.

Los tres nos sentamos en el comedor. Abrimos las computadoras y nos ponemos a escribir, editar y montar en el sitio. Jaime pone música, conversa y rompe con la solemnidad de la noche. Nos convida de sus gansitos y napolitanos que compró para no morir de hambre y poco a poco vamos llenando de textos por primera vez la portada del sitio.

Es una experiencia mágica, que al menos yo, nunca antes había vivido a pesar de haber trabajado en un periódico impreso. ¿Por qué? De manera inexplicable, Polemón nace como revista en un formato de medio digital. Jaime ha dibujado la maqueta del sitio de internet en el pizarrón a manera de “dummy” y como en las viejas redacciones, trabajamos de madrugada a marchas forzadas para que cada texto salga al día siguiente en su lugar. Porque sí, fiel a su estilo, Jaime quiere que la revista salga todos los sábados a primera hora, como lo hacía él con su Desfiladero en su añorada Jornada. No recuerdo si son las dos o tres de la mañana. Hemos terminado el trabajo. Estamos agotados, exhaustos. Sin embargo, al mirarnos a los ojos nos damos cuenta de que cada uno tenemos una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Polemón es una realidad.

El pizarrón con el “dummy” de la revista Polemón.

Séptimo Flash

En tiempos en los que nadie cree en los demás, en los que todos somos un potencial enemigo y los egos nos impiden reconocer en los otros las virtudes de las que adolecemos, a mí nada me cuesta decirlo a los cuatro vientos: estoy feliz, agradecido con la vida por de haber conocido a Jaime Avilés. Con él compartí extraordinarios momentos. Aventuras quijotescas nocturnas que sólo podría haber vivido a su lado. Nunca en la vida alguien confió tanto en mí como él. Se preocupó por lo que vivía, hizo todo lo posible por salvarme en los momentos más difíciles. Siempre estuvo ahí para escucharme, regañarme o darme los consejos de un padre.

Desde su partida, me cuesta escribir de noche. Cuando de vez en cuando me pongo a escribir frente a la computadora en total oscuridad, es imposible no recordarlo. Quisiera que mi teléfono sonara y fuese un mensaje de él, diciéndome que escribió un Desfiladero sobre los grandes retos que nos tocará enfrentar a los mexicanos para que el gobierno de AMLO sea el mejor de la historia de México. Quisiera escuchar su voz pidiéndome, con su sutil manera de decirlo, editar el texto y compartirlo en las redes sociales. Sin duda, uno de mis más grandes privilegios fue ser el primero en leer su columna durante varios años.

Puedo relatar cientos de historias con Jaime. El día que fuimos a un concierto juntos. La vez que caminamos por las calles de la Roma por la noche mientras charlábamos sobre viejos amores que ya no existían más, la vez en que nos conmovió leyendo el libro de poesía del “Abuelo” o cuando en plena fiesta con la banda de Antropología, cayó al piso junto con Diane mientras bailaban.

César Huerta y Jaime Avilés. Foto: Especial

Aún no me olvido del tono de su voz ni de la vez que festejando el segundo aniversario de Polemón, cantó a todo pulmón y se robó la atención de quienes se encontraban en la cantina. Estaba feliz, muy contento. En los últimos días que compartimos juntos la vida, Jaime no dejaba de alentarme a seguir adelante. No había día en el que no me diera un consejo y hasta me compró un libro de Elias Canetti porque era imprescindible incorporar su pensamiento a mi tesis. Siempre recordaré esa noche en la que, emocionado por haber terminado su última novela, me leyó uno de los capítulos en los que se dio el lujo de incluir en la trama al “monte Atlas”. No me lo dijo con todas sus palabras, pero me dio a entender que lo había hecho como un gesto dirigido hacia a mi porque el nombre del monte es también el de mi equipo de futbol.

A Jaime Avilés lo llevo en el salvapantallas de mi celular porque es una especie de ángel que me protege. No hay día en que se aparte de mi mente. Siempre habitará en un lugar importante de mi corazón. A un año de su partida, entre lágrimas, es difícil decirlo pero…, lo sigo extrañando.