Tremendó contraste causó semanas atrás el presunto vínculo que Enrique Krauze podría tener con una campaňa de propaganda sucia contra López Obrador desde hace unos aňos, llamada “Operación Berlín”.

Contrastante porque parece revelarle a muchos un rostro innoble del fundador de Clío, que se habría valido de la difamación para lacerar a un adversario político, no del argumento para criticarlo.

Sin embargo, la realidad es que esa información solamente debería indignarnos pero no sorprendernos. Hoy se afirma, con razones de peso, que Krauze ha sido un calumniador, un ideólogo favorecido mediante contratos y prebendas en sexenios anteriores y que carece de credibilidad alguna.

Pues bien; todas esas afirmaciones tienen sustento aun cuando el bochornoso episodio de la “Operación Berlín” nunca hubiese ocurrido. La realidad es que Krauze desde hace mucho, desde la mampara de ser historiador, ha emitido tergiversaciones y distorsiones propagandísticas.

Enrique Krauze. Foto: Especial

Tiene décadas que académicos serios nos los advirtieron: Krauze carece de rigor en sus escritos, tuerce hechos, miente con frecuencia… y con base en esas deformidades analíticas emite dicterios y salmodias, como un pésimo arquitecto que construye una casa sin cimientos. Claudio Lomnitz (en 1998) o Nicolás García (en 2002), entre otros, han expuesto con mesura que el método de “historiar” de Krauze pondera las ventas, no el rigor histórico, o que su obra no pasa de ser colección de lugares comunes.

Otros autores, más incisivos, han denunciado que detrás de esos defectos en la obra de Krauze no hay simple incompetencia intelectual, sino una verdadera intención política. Más que un método endeble, o erratas constantes, el problema de la obra de Krauze radica en sus objetivos.

Quien mejor ha sintetizado eso fue el profesor Manuel López Gallo, quien desde hace más de veinte aňos (1997) alertó, en un libro demoledor y memorable (Las grandes mentiras de Krauze), que “la historia” que el ideólogo de Televisa escribe está infestada de errores monumentales, mentiras gigantescas, rumores absurdos, frivolidades y tergiversaciones.

Con la paciencia de un santo, López Gallo desmenuzó página por página el libro de Krauze La presidencia imperial (y en menor medida la obra Biografía del poder) para encontrar, literalmente, centenas de erratas, anacronismos, calumnias, contradicciones, negligencias revisoras y trampas.

Todo autor puede equivocarse, pero la persistencia de errores en la obra, indican algo más que negligencia. El problema para López Gallo no consistía en que Krauze publicara esas páginas defectuosas, sino que éstas iban dirigidas casi siempre a deturpar a las figuras históricas con las que Krauze no simpatiza y a rendir alabanzas al poder de entonces. Es decir, López Gallo documentó sólidamente cómo Krauze miente, y de ahí reflexionó que sus mentiras no provenían de ser un errático historiador, sino un autor interesado.

Mentía no por incapaz, sino para golpear. La misma conclusión se podría extraer de la información que se ha publicado sobre la presunta participación de Krauze y su epígono Fernando García Ramírez en la vergonzante “Operación Berlín”. Aun sin que esa operación hubiera existido, el ominoso papel de golpeador verbal de Krauze ya estaba denunciado.

Enrique Krauze, Álvaro Uribe y Fernando García Ramírez. Foto: Especial

Con ese punto de partida, es necesario mostrar otro rostro sumamente preocupante de Krauze. El discurso antilopezobradorista es algo que se ha labrado desde diversos frentes, primero eminentemente del PRI tabasqueňo salinista, aunque luego, ante el ascenso de AMLO, se le fueron sumando diversos sectores de las élites económicas identificadas con el proyecto común neoliberal de los sectores cupulares del tricolor y el PAN.

Pero de esa postura que ha hecho de AMLO no su adversario por derrotar sino su enemigo por destruir, la obra cúspide es el texto “El mesías tropical” (de junio de 2006), de Krauze. Ese texto es el ejemplo más nítido de cómo opera el “razonamiento” amlofóbico.

Krauze confeccionó ese “ensayo” a través de una fallida biografía de AMLO en la que abunda en tergiversaciones alarmistas y en falacias de evidencia incompleta. Por ejemplo, al analizar el proceso de desafuero de AMLO ocurrido en 2005, Krauze achaca el conflicto a la “rijosidad” del tabasqueňo, sin siquiera tener la decencia de tomar en cuenta la documentada cauda inicial de iniquidades que cometió la PGR, instancia que en ese asunto ignoró dos hechos contundentes: la expropiación terrenal que inició el mentado proceso trascendía a AMLO (pues se dio antes de que éste gobernara) y que un primer juez del caso lo desechó por insostenible. O sea, la acusación contra AMLO era insostenible.

Para Krauze, esas negligencias -intolerables para un demócrata- fueron prescindibles. La PGR abusó del poder para perseguir a un adversario político, pero para el director de Clío lo “preocupante” es que AMLO se defendiera legal y políticamente de dicho abuso, pues eso lo hacía partícipe de “ruidosas querellas”. Al parecer, ante ese acto arbitrario, AMLO debió aguantar vara y dejar que la Procuraduría lo desplazara, para así no desatar la indignación del ideólogo de Televisa.

La continuación del “ensayo” preocupa más: a partir de ese constructo biográfico mal hecho, Krauze especula calamidades y caos que ocurrirían si es que AMLO gobernara México. Y esa es la clave de todo. De ese modo, quizá sin proponérselo, Krauze dotó de contenido y estrategia al discurso de quienes ven a AMLO como enemigo. Les enseňó cómo espetar sus asertos: tergiversar los hechos del presente y del pasado; pero sobre todo centrarse en un terreno que no se puede debatir con claridad: el futuro. Y esa labor es más propia de Walter Mercado que de un historiador serio.

Asimismo, el tufo del texto es lamentable: desde el título nos anuncia un racismo semi-velado, inadimisible ya no digamos en un historiador, sino en cualquier persona civilizada.

Enrique Krauze en la FIL de Guadalajara. Foto: Especial

Con su panfleto, Krauze abonó mucho en hacer que el augurio irracional fuera la regla en el discurso antilopezobradorista. De ahí que sean tan frecuentes en el sector más cerril de la oposición a AMLO frases como “Nos va a convertir en Venezuela”, “El peso se va a devaluar por su culpa”, “Va a permitir que Rusia desestabilice la región”, “nos va aconvertir en dictadura”, “con AMLO, México perderá aňos irrecuperables”… Y así hasta el infinito.

La furia amlófoba casi siempre se centra en especular sobre qué es lo que AMLO “va a hacer”, sin haberse mejor preocupado por documentarse mínimamente sobre lo que AMLO realmente sí ha hecho. De ahí que nunca atinen nada en sus lastimosas profecías.

El éxito del “Mesías tropical” radicó en que fue un liberlo errático pero con fachada ensayística, por lo que aparentaba “profesionalismo” y “equilibrio”, en un ámbito como la amlofobia, donde personajes como Ricardo Alemán o Pedro Ferriz, con sus burdas agresiones e injurias cínicas, difícilmente pueden ser tomados como referentes serios, ni siquiera por los escépticos ante AMLO.

Enrique Krauze. Foto: Especial

Así pues, Krauze se convirtió en una fuente fundamental de la reacción irracional contra el tabasqueňo, al proveerles insumos ideológicos y un modo de “analizar” a AMLO. Hoy, incansable en esa labor inconsciente de dotar de un modus operandi a la reacción, parece mostrar el camino que ésta seguirá de ahora en adelante de cara al mandato de López Obrador, y que es la evasión argumentativa y algo muy deshonesto: la proyección victimista.

En relación a ello, van algunos ejemplos de cómo Krauze, cuando se le exhibe o acorrala en un debate o circunstancia, prefiere la salida tangencial y la anulación de de su interlocutor mediante el achacarle una característica intolerable.

-En 2006, luego de la publicación de su invectiva racista del “Mesías tropical”, el eminente investigador Víctor Manuel Toledo, en un bien documentado artículo (“Todos somos mesías tropicales”, publicado el 15 de diciembre de 2006 en La Jornada), respondió a Krauze que su texto era discriminador y anquilosado en teorías elitistas del siglo XIX, pues de manera determinista atribuía rasgos políticos -y por ende históricamente construidos- a un sector de la población sólo por su origen geográfico.

 

Krauze se quejó con hipocresía que Toledo “caricaturizó” su ensayo y tuvo la temeraria sevicia de sugerir con un sarcasmo que Toledo era “antisemita” (en este caso, imputó esa grave acusación… porque Toledo cometió el “pecado” de escribir en su artículo el nombre completo de Krauze).

Fue en la recta final de 1997 cuando salió a la luz el libro de López Gallo Las grandes mentiras de Krauze. Antes, el autor de la obra ya había adelantado su crítica al fundador de Clío en un artículo publicado en Excélsior, donde denunciaba sus mentiras interesadas. La respuesta que dio Krauze fue lamentable: acusó que quizá “Ese Gallo quiere maiz” y se quejó de que López Gallo “carecía de sustancia crítica”, y sin lograr desmentirle nada, cometió la vileza de inventarle palabras en su boca. Meses después, Krauze, el presunto paladín de la libertad, hizo todo lo posible por censurar el libro de López Gallo y obstaculizar su venta.

En 2007, el reportero Álvaro Delgado hizo una entrevista a Krauze en donde aquél cuestionó su panfleto del Mesías Tropical. Le señaló cuánto dinero se empleó por parte de empresarios y membretes fantasma de manera ilegal para difundirlo. Asimismo, Delgado hizo preguntas a Krauze sobre asuntos relacionados con la dicotomía derechas-izquierdas.

El periodista Álvaro Delgado. Foto: Especial

Delgado preguntó siempre con respeto y mesura, a pesar de sus hallazgos que dejaban mal parado a Krauze. Parte de la respuesta de éste fue la cantaleta repetida: acusó a Delgado de “inquisidor” y otra vez le insinuó un “antisemitismo” interpósito. Una bajeza más de Krauze, dado que Delgado es conocido por sus denuncias públicas contra el fanatismo de la ultraderecha antisemita mexicana (lo que le ha valido incluso amenazas), y su gran “pecado” se limitó a preguntarle a Krauze, sin mala fe alguna, que quién era el asesor de Fox que hacía comentarios antisemitas en Los Pinos.

En 2007, Arnaldo Córdova denunció (en un artículo en La Jornada del 5 de agosto) los métodos vergonzosos con los que Krauze y sus huestes “debaten” en los grandes medios y foros: invitar a interlocutores de idearios diferentes para, entre varios, tergiversar sus palabras y luego no darles derecho de réplica. Así lo hizo el grupo de Krauze en 1991 ante el propio Córdova y otro de los más grandes intelectuales mexicanos: el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, nacido en España.

La respuesta de Krauze fue, como siempre, la plañidera y el chantaje emocional, pues en privado Krauze le envió a Córdova una nota en memoria de su esposa fallecida, con la presunta intención de hacerlo ver como malagradecido (no sin antes acusarlo en tono sarcástico en un artículo de ser un “alma pura”).

Enrique Krauze. Foto: Especial

En 2008, durante la coyuntura de la reforma energética propuesta por Calderón, Krauze insultó de manera vergonzosa a varios diputados que exigían de manera fuerte pero legítima que esa modificación constitucional se debatiera con amplitud y profundidad, y no sólo en un lapso de tres semanas, como se pretendía. Un demócrata cualquiera habría secundado esa postura, pues el debate ante una reforma de ese calado era necesario e ilustrador. Pero el agresor Krauze los llamó “medida de la miseria humana” por atreverse a exigir ese debate y hacer pública su simpatía por AMLO, quien defendía la misma causa.

Los caricaturistas Hernández y Helguera hicieron un magnífico cartón de Krauze en Proceso para criticar, con buenos argumentos, su elitismo y falta de espíritu democrático. La respuesta del ideólogo de Televisa fue de antología: acusó sin bases a Hernández de “infamarlo” y, tácitamente, de dibujarlo muy feo. Krauze no defendió sus ideas, sino que lloró en público por su ego herido.

En 1991, por incontable vez en la historia, Estados Unidos invade un país por intereses petroleros y geoestratégicos, como fue el caso de Kuwait. El periodista Gregorio Selser desmenuzó con datos esta embestida golpista; denunció la barbarie estadunidense y criticó con fuerza a ideólogos como Krauze por avalar la masacre, a grado tal que llamó a Krauze “palafrenero de Octavio Paz”.

La palabra fue un exabrupto, sin duda. Sin embargo, en esa vorágine, en vez de centrarse en ese espeto, Krauze de nuevo se victimizó de manera indigna, pues, entre otras cosas había reducido que la crítica de Selser y otros opuestos a la guerra tenía “motivaciones antisemitas”. Esto constó en una iniquidad total de Krauze, no sólo por la evasión de los argumentos, sino porque su acusación tocaba a un intelectual de origen judío como Selser.

Como se ve, son frecuentes los episodios en donde Krauze suplanta los argumentos por la victimización maňosa y la negación de su interlocutor. Al insinuar a sus adversarios acusaciones de “antisemitas”, o torcer los argumentos del otro para sentirse agraviado en términos personales, busca salir avante de la discusión no a través del dato o la lógica, sino a través de hacerse pasar por intocable como persona o atribuir maldad a su adversario, sin importar cuántos errores o falacias cometa en su discurso.

En ese tenor, hoy Krauze recurre a la misma estratagema. Muchos indicios lo vincularon a la “Operación Berlín”. Pero en vez de asumirse responsable de sus actos, acusó ser víctima del Estado, que le conculca su “derecho a disentir”. La realidad es que Krauze no sólo tiene ese derecho, sino que lo ejerce a diario. El problema radica en que la “Operación Berlín” (sin adentrarnos en su catadura ilegal, sino centrándonos en su dimensión ética) no fue un ejercicio de discrepancia, sino un intento porril de difundir mentiras planeadas, calumnias orquestadas, golpes bajos.

Es decir, la misma estrategia ideológica con que los peores semblantes de América hoy, Trump y Bolsonaro, se encumbraron en el poder. Después de ejecer esos actos innobles, ¿se vale sentirse perseguido cuando en realidad fue exhibido?

Ese es el extracto que debe obtenerse de la vergonzante Operación Berlín y la reacción victimista de Krauze. Así como el fundador de Clío enseňo a la reacción cómo “tratar” a AMLO cuando era opositor (mediante la especulación absurda), hoy parece enseňarles cómo conducirse en el debate público hoy que el tabasqueňo gobierna: hacerse pasar por víctimas y convertir cualquier anécdota o acción en una grave amenaza.

La reacción mexicana sigue difusa y ayuna de ideas. Empecinados aún en odiar irracionamente a quien hoy gobierna México, a la usanza krauziana, caricaturizan, tergiversan y malinterpretan cualquier acción de Gobierno.

Augurios sobre una “relección” de AMLO, futilidades como descubrir que cerca del aeropuerto de Santa Lucía hay un cerro; bajezas como lucrar con el brutal asesinato de una familia en Minatitlán, gritos desesperados sobre que existe una bestial intolerancia, que el tabasqueňo es un tirano y que habitamos una dictadura…

Pareciera que las acciones, omisiones, aciertos y defectos del gobierno de AMLO en lugar de generarles reflexión y crítica, les hace sacar lo peor de sí. Tantos aňos han acusado que los simpatizantes de AMLO lo ven como un intocable paladín del mesianismo, sin darse cuenta que más bien ellos son los que, en un delirio inverso, le han demonizado hasta los zapatos.

En suma, pareciera que ante esa orfandad intelectual, y una ausencia de proyecto y liderazgos que hagan sombra a AMLO, la oposición está desaprovechando el campo donde podría jugar su mejor papel: la discusión pública. En vez de hacer fértil ese terreno, ha optado por querer convertirlo en lodazal.

Por el bien de todos deberían elevar el debate y pasar de ser golpeadores a críticos. Si ellos crecen en sus ideas, será benéfico para todos. Asimismo, bien harían en tornarse de ofendidos auto-victimizados en debatientes y críticos incluso férreos. La elección de 2018 debió dejarles la lección de que no va a ser tan fácil para ellos que el público caiga en la trampa de la distorsión o el amarillismo.

Ojalá, por el bien de todos, depuseran esa actitud, critiquen con mejor nivel y abandonen las lágrimas autocomplacientes, que en muchos casos de los integrantes de la reacción (como Krauze, Fox o Calderón) son más bien una máscara con la que a los agresores históricos les urge disfrazarse de agredidos contemporáneos.