Por: Víctor Eduardo García (@Vegdelanoche)

Foto de portada: Eneas de Troya/Flickr

A la memoria de María Elia González Gil, especialista en tesoros y mi mamá.

Varias han sido las cosas aprendidas por mí al participar en el movimiento de resistencia civil y pacífica desencadenado a raíz del fraude electoral de 2006. Dos de ellas, nada tienen que ver con cuestiones políticas, aunque deba a la práctica de la política el haberlas aprendido. La primera atañe directamente al combate contra el insomnio, lucha que desde la adolescencia he afrontado de todas las formas posibles: furioso o resignado; tranquilo o desesperado; angustiado porque al otro día debo madrugar o despreocupado pues puedo levantarme tan tarde como me dé la gana; celebrando la llegada de un nuevo amor o lamentando la partida de una chica más; pensando en suicidarme o haciendo planes para el futuro… Conciliar el sueño me cuesta trabajo en mi cama y en cama ajena, cuando hace frío y cuando hace calor, cuando me pican los moscos o cuando cantan los grillos…

Por eso y porque la dificultad para dormir se intensifica mientras viajo en autobús, prefiero hacerlo de día. Así, la fatiga al llegar a mi destino sólo es producto del viaje y ésta no se incrementa por el desvelo sostenido a lo largo de los kilómetros recorridos. Por razones obvias, las veces que viajé de Guadalajara a la Ciudad de México en calidad de ciudadano pacífico y resistente, debí hacerlo de noche; de ida, después de una ardua jornada de trabajo; de regreso, apenas con el tiempo justo para reincorporarme a las faenas productivas. Las primeras veces fue una friega. Después, quizá por el cansancio acumulado, dormía períodos más o menos largos y no llegaba tan molido a mi destino.

Sin proponérmelo, desarrollé y puse en práctica una sencilla técnica para dormir en el autobús. Esta consiste en acomodarse lo mejor posible en el asiento, preferentemente el de junto al pasillo (el de la ventana produce claustrofobia e impide estirar las piernas, después de un rato, éstas se entumen y el viaje se convierte en una pesadilla insomne y dolorosa). Una vez instalado cómodamente, con el respaldo echado hasta atrás y las piernas estiradas a discreción, es importante no pensar en nada predeterminado, dejar fluir la mente sin presión ni represión. Así y con cierta dosis de paciencia, imperceptiblemente, uno empieza a dormir y, con suerte, hasta a tener sueños convencionales o extravagantes. Sí, gracias a los viajes realizados para marchar por Paseo de la Reforma hasta el Zócalo o hacer acto de presencia en el campamento plantado por la resistencia civil y pacífica en tan magnífica ruta, aprendí a dormir en el autobús.

Fraude, voto, injusticia, corrupción... palabras comunes convertidas en la decepción del pueblo. Foto: Olga Cadena/Flickr

Fraude, voto, injusticia, corrupción… palabras comunes convertidas en la decepción del pueblo. Foto: Olga Cadena/Flickr

La otra gran enseñanza, no relacionada con política, que aprendí (o si se quiere, aprehendí) durante estos viajes, ocurrió, por azar y por ventura, la noche que corrió del 15 al 16 de septiembre de 2006, durante el trayecto de ida, rumbo a la Convención Nacional Democrática. Tras charlar un rato con mi compañero de asiento, me dispuse a no dirigir mi pensamiento a nada que no fuera pensar en nada. Tal vez esa fue la razón por la cual mi percepción se sensibilizó al grado de, sin proponérmelo, escuchar la conversación de quienes estaban sentados atrás de mí. Campesinos jaliscienses, amigos entre sí con muchos años de conocerse, su plática oscilaba de lo cotidiano a lo político y hacía escala en lo real-maravilloso. Su compromiso con la causa se evidenciaba definitivo a cada momento; por ejemplo, en la mezcla de comprensión y censura dirigida a quienes en su pueblo, sin tierra propia que defender y trabajadores de la ajena, no se sumaban a la resistencia civil y pacífica por mera obediencia a sus patrones. “Para ellos no es fácil. Les da miedo quedarse sin trabajo”. “Pues sí, pero que no la chinguen; a la larga son ellos quienes salen perjudicados”. Transcribir literalmente la forma como aquellos hombres hablaban durante su conversación, me resulta imposible (lo entrecomillado no alcanza a ser el mínimo reflejo de un breve destello de la manera, clara y luminosa, como se expresaban).

Su conversación, cuando se referían a los avatares de la política u otros temas, no era cosa del otro mundo. Vamos, ni siquiera de otro camión; seguramente en el que viajábamos, más de un intercambio de palabras e ideas se referían a los mismos temas. Sin embargo, aun manteniéndose en el plano de lo real, su plática ostentaba ciertas inflexiones de tono poético y calidad literaria. Y se trasladaba a otra dimensión cuando se demoraban abordando el fantástico tema de los tesoros y su búsqueda (con aparato, sin aparato o sirviéndose de las varas empleadas para buscar agua en el subsuelo). Medio dormido, como ya iba, no dejaba de sorprenderme lo rulfiano de aquel diálogo. No porque se refiriera a tesoros enterrados, sino por la forma precisa y elegante de sus expresiones, cuando externaban la convicción de que seguramente ellos habrían de encontrar tales tesoros, siempre y cuando sus afanes contaran con la colaboración de ciertas personas, los llevaran a cabo en fechas precisas y los revistiera la templanza indispensable para adentrarse en la zona donde los muertos no vacilan en presentarse a los vivos, como en Pedro Páramo.

Uno refiere al otro, que un día iba con Zutano y con Mengano, por quién sabe dónde (las referencias son el árbol equis y la encrucijada tal). Ahí todos saben que hay un tesoro, pero nadie ha podido apoderarse de él. Sirviéndose de unas varas, Zutano o Mengano localiza el sitio donde se halla el tesoro. Rápido, el trío escarba y al poco se topan con una piedrota; quitarla de en medio sólo es posible con una grúa o sometiéndose a un intenso trabajo de varias horas para destrozarla a mazazos. A falta de herramientas, están a punto de abandonar la tarea, cuando, de repente y por ahí, aparece un hombre; ofrece su ayuda; ellos aceptan y, acatando las cosas que, recordando a Cortázar, ocurren en la vigilia con la facilidad propia de los sueños, retiran la roca sin mayor dificultad. Para su desencanto, debajo de ésta no aparece ningún tesoro. Resignados, se despiden de quien se apareció para ayudarles y continúan su camino. Como colofón, el narrador concluye: “Se nos volvió piedra el tesoro”. El otro está de acuerdo. Y yo, aún sin percatarme que he recibido una gran lección de literatura sobre el lenguaje rulfiano, cuyo origen puede situarse sin duda en el habla genuina y profunda del sabio y humilde campesinado jalisciense, me duermo profundamente.

Votación de la CND. Foto: José Luis Ruiz/Flickr

Votación de la CND. Foto: José Luis Ruiz/Flickr

(Estoy en alguna parte de quién sabe cuál pueblo mexicano, ¿en Puebla, en Tlaxcala, en Morelos, en Jalisco? ¿Qué se yo? Converso no sé de qué con alguien que no sé quién es. Estamos en un vasto interior. Como único mobiliario cuenta con algunas bancas y una mesa de madera apenas trabajada. Tal vez el sitio sea una bodega, una troje, un establo en desuso o un salón inhabilitado de una hacienda en decadencia… El sitio es amplio y su techo de vigas, muy alto. Las paredes son de adobe repellado, encaladas de amarillo. No logro precisar si el piso es de tierra o de gastadas losetas de barro. El momento es el impreciso instante que conecta al atardecer con la noche. De repente comienza a temblar. El sismo es trepidatorio. Al principio ni se siente. Después se intensifica, pero a pesar de su fuerza no compromete la construcción que nos cobija y, por lo mismo, no nos da miedo ni a mí ni a mi desconocido interlocutor. Transcurren algunos minutos y la tierra se tranquiliza. Eso ocurre en el momento exacto que despierto.)

Cobro conciencia: voy en autobús hacia la Ciudad de México, como delegado a la Convención Nacional Democrática. Deduzco: el temblor soñado no era otra cosa que los baches de la carretera en contubernio con la suspensión del vehículo. Antes de volverme a dormir me alegro de poder hacerlo y de haber descubierto por obra del azar, el origen del leguaje de la magnífica literatura de Juan Rulfo.

Transcrito y revisado en la Ciudad de México, el 16 de noviembre de 2015.

Se publicó originalmente en Guadalajara el 8 de octubre de 2006 en la columna Escritos al Caminar en La Cultura en Occidente, extinto suplemento cultural de El Occidental.