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Polemon | 20 julio, 2018

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El sismo desde un quinto piso

El sismo desde un quinto piso

Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

16 de febrero de 2018. No tengo imágenes; tampoco videos: solamente me queda el recuerdo.

Llego al edificio de cinco pisos. Subo al último, el más alto, al que tiene la vista más linda. Desde está altura, que no es mucha pero es suficiente, se mira hermoso Paseo de la Reforma, las calles, la ciudad más mexicana de todas las ciudades mexicanas.

Estoy mandando un mensaje. De repente, un sonido. Yo que no estuve aquí en septiembre, no lo identifico. Es relativamente lejano. Ese sonido, ese sonido… Se mezcla todo con mi falta de atención producto de estar pegada mi mirada en un teléfono. En algún lugar he escuchado ese sonido. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? Todo pasa tan rápido. Tan pero tan rápido.

Mi cabeza hace clic: ese sonido es… sí, es… ¡la alerta sísmica!

Demasiado tarde: la tierra se comienza a mover…

Inicia un movimiento lento, pero conforme avanza, va más fuerte, más y más fuerte. Los candiles que están pegados al techo se mueven con intensidad. Me mareo. Me estoy moviendo. Todo se está moviendo. Una señora que está cerca se repite: “ya va a pasar, ya va a pasar, ya va a pasar”. Pero no pasa. El temblor sigue. Estoy tenso. Insoportablemente tenso.

Yo me coloco en un lugar donde se hace una escuadra. Es lo que recuerdo de lo que se debe hacer cuando tiembla. Se me pasan cientos de pensamientos en unos segundos: primero son las reflexiones seudo-científicas: si se cae el edificio y estoy hasta arriba, ¿es una ventaja? ¿es mejor que esté en el último piso, el de más arriba? ¿eso hará que me rescaten más pronto? ¿Me debo acercar a la ventana? ¿Quizás de ahí es que pueda salir más rápido cuando esto se venga abajo? Si en la ventana no hay muro que haga sostén, ¿es más peligroso? ¿Cuándo comenzará a caerse este edificio? Después viene un golpe de pánico: todo lo demás que pienso se mezcla con pánico.

Estos segundos están durando un mucho: son insoportablemente largos.

Un adolescente aparece como a unos cinco metros de mí, tiene el rostro como de un alguien a quien le dará un ataque cardíaco. Parece con poca vida. Apenas se mueve. De pronto, le surge una voz con irrefrenable energía: “no mames, no mames, no mames, no me chingues, no me jodas. Ya valió verga. Ya nos cargó la chingada. No mames no mames no mames no mames…”

No está llorando: pero no hace falta.

Yo no grito porque no me sale voz.

Maldito temblor, ¿acaso durarás hasta que esto se caiga? Voy de un lado al otro, buscando la mejor escuadra, la más cercana a una ventana. Ya duró mucho. Se me viene la esperanza: si esto no se ha caído…, quizás no se caiga.

Lentamente, la tierra se va serenando. Los candiles siguen moviéndose, pero cada vez es menos intenso su ir de un lado al otro.

Yo estoy mareado. ¿Realmente ya dejó de temblar?

“Ya se está calmando, gracias a Dios. Tranquilos. Tranquilos, ya se está calmando”. Dice la señora, pero no nos lo dice a quienes estamos cerca de ella, se lo dice para sí misma.

Yo corro por las escaleras. Bajo rápido. De dos escalones en dos escalones. A veces tres. A veces cuatro. No sé por qué no me tropiezo. Una joven está en un entrepiso. No se mueve. ”¿Está bien?”, le pregunto. Tarda en emitir palabra. Salé de su boca un “sí” que afirma en realidad un “no”. “Baja, baja. Ya no tiembla”, se lo digo casi en silencio. Sigo descendiendo. Veloz. Intensamente veloz.

Momentos posteriores al sismo. Foto: AFP.

En la calle, la gente.

Paseo de la Reforma parece una fotografía: nada se mueve; solamente lo hacen quienes van saliendo con rostros de pánico (como el mío) de los distintos edificios. Pero nada más salir, todos se quedan quietos. Los autos están detenidos. Conforme pasan los segundos, la gente trata de hablar por sus celulares, pero las llamadas no entran: está colapsado el sistema. Una señora logra comunicarse con su pareja, o su hijo, o sus papá o un amigo o su mamá: “estuvo horrible, horrible, salí sin un zapato, pero ya estoy ya afuera, ya estoy afuera”. Mientras dice él “afuera”, sus ojos que están rojizos se comienzan a llenar de lágrimas.

Miro hacia la izquierda: una multitud que parece manifestación contra el gobierno de Miguel Ángel Mancera está fuera del hotel Fiesta Americana, el cual tiene alrededor de unos veinte pisos. Si yo, en un quinto piso, sentí horrible, ¿cómo se sintió desde un décimo sexto?

Nadie entra de nuevo a los edificios. Camino como quien se ha salvado de una muerte inminente. Estoy nervioso. He pasado uno de los momentos con más pánico en toda mi vida. Sólo duró un minuto, pero un minuto larguísimo, insoportablemente enorme.

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