Cuando Andrés Manuel López Obrador se enfila hacia la salida de la Plaza de Tres Culturas, inicia el reto. La gente corre, lo persigue, brinca cualquier tipo de obstáculos y se escabulle, entre un laxo operativo de seguridad, para encontrarse con él.

Aunque algunos “siervos de la nación” intentan hacer una valla humana para guardar el orden, es prácticamente imposible.

Ni las vallas metálicas ni los llamados al orden por parte de algunos miembros de la ayudantía que escoltan al vehículo, surten efecto entre la muchedumbre. De nada sirve que los ayudantes le digan a los seguidores de AMLO que tengan cuidado al acercarse porque podrían ser arrollados con las llantas del auto. De nada sirve que les adviertan: pueden salir lastimados.

Los exhortos no funcionan: a la gente no le importan. Como si fuese un reto, hacen hasta lo imposible por abrazar al Presidente, por saludarlo, contarle sus problemas en tres segundos, pedirle ayuda, tomarse una selfie y hasta besarlo.

Una multitud de personas en la plaza principal de Tlatelolco, en el mitin del Presidente AMLO. Foto: Especial

Mientras esto ocurre afuera, adentro del vehículo AMLO tiene una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Parece disfrutar cada momento del trayecto en el que su vehículo apenas y recorre unos milímetros de asfalto por segundo, al mismo tiempo en que la gente se apachurra y se lanza tras de él.

A medida de que el jetta blanco en el que AMLO viaja avanza, más y más gente se acerca a él. Nadie quiere perderse la oportunidad de estar cerca del Presidente que ven todas las mañanas en la televisión o en Youtube. Nadie quiere estar ausente de ese momento en que Andrés Manuel lanza un saludo, un beso, una sonrisa, o un guiño de ojo.

Entre las personas que conforman la muchedumbre no hay edad. Hay niños, jóvenes y hasta un grupo de señoras con bastón que pese a sus dificultades para caminar, persiguen el coche y eluden de manera magistral (como si fuesen atletas de alto rendimiento) los baches y las imperfecciones de la calle, en medio del griterío que no cesa: “Obrador, Obrador, Obrador”.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador en Tlatelolco. Foto: Especial

Es tanta la gente y tanta la insistencia que AMLO decide hacer un alto en el camino y baja del automóvil. Y entonces, la multitud explota y lo rodea eufórica. Hay una catarsis. De manera instantánea, una nube de celulares se posa sobre quien dirige los destinos del país.

A unos metros de distancia, Claudia Sheinbaum, a bordo de otro jetta blanco (como si de pronto se hubiera puesto de moda ese modelo de la marca de autos alemana) trata de seguir sus pasos. Sencilla, sonriente, atenta, escucha a una mujer de la tercera edad con su cabello blanco. Después, le recibe una, dos, tres carpetas amarillas. Y al final, termina anotando en una libreta lo que la señora le dice.

Mientras tanto, AMLO sigue tomándose selfies, sonriendo, saludando a la gente. Pero la multitud reunida en torno a él, parece infinita. Tras unos minutos, decide despedirse y subir de nueva cuenta al automóvil.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador en Tlatelolco. Foto: Especial

Pero la gente no se conforma con su despedida. Insiste en acercarse a él. Quieren tocarlo, mirarlo a los ojos y que él mire a quienes lo miran. Cuando el coche avanza, a unos metros un señor cae a una alcantarilla semiabierta. Pero su caída no termina de ser fuerte porque a su lado, un par de jóvenes alcanzan a tomarlo de los brazos.

No cabe duda: perseguir a AMLO se ha convertido en un deporte de alto riesgo.

Pero ni eso detiene a una señora que en su silla de ruedas, con la ayuda de una acompañante que le da unos empujones, trata de acercarse al Presidente con un viejo cartel de esos que ya no se consiguen y en los que aparece un López Obrador joven con una leyenda ya mítica: Convención Nacional Democrática.

A unos pasos de ahí, una señora montada en una pequeña barda con sus dos perros miniatura, mira atenta hacia el jetta blanco que avanza lentamente. Habla muy despacito, cerrando los ojos. Segundos después, con su mirada llena de fe y devoción, hace ademanes con las manos, similares a los de una bendición que una madre da a uno de sus hijos antes de salir de viaje.

Han transcurrido unos quince minutos y AMLO todavía no puede salir del estacionamiento que colinda al jardín Santiago de Tlatelolco. Cuando por fin lo hace, el conductor trata de acelerar para ir más rápido pero ni así la muchedumbre se da por vencida. Unos cuantos corren tras el vehículo del Presidente, con la esperanza de poder verlo cuando llegue a la esquina y el semáforo en rojo detenga el automóvil. Porque hay que decirlo: el auto donde viaje el Presidente no se pasa los altos.

Pero su esfuerzo ya no rinde frutos. El pequeño Jetta blanco, sin camionetas negras llenas de escoltas ni un aparatoso equipo de seguridad, sin cerrar ninguna calle ni haber desplegados cientos de militares del extinto Estado Mayor Presidencial, va poco a poco, como cualquier auto, perdiéndose entre la gran ciudad.

AMLO sale de Tlatelolco en su jetta blanco. Foto: César Octavio Huerta

Cuando AMLO se va, el reto termina. Un señor dice muy orgulloso y contento: “le toqué la mano”. A su lado, una señora colmada de alegría exclama a otra señora: “lo pude saludar”. Y ella le responde: “mira, te tome una foto”.

Cuando AMLO ya no está cerca, la gente conversa, los desconocidos se saludan y surge la complicidad y la cercanía al narrar la osadía (que será un recuerdo para contarse toda la vida) de lo que parecería imposible hasta hace dos meses: haber saludado o abrazado a un Presidente de México.