Es un aniversario que no espero, recordado sólo cuando está por cumplirse. Preferiría olvidarlo. Increíblemente, esa fecha precisa delimita el final de mi adolescencia y el principio de mi juventud. Marcó mi vida. Apenas tenía 14 años. Estudiaba la prevocacional (el equivalente a la secundaria) en el Poli. Vivía en la segunda sección de Tlatelolco. Era un vago, empezaban a atraerme las chicas y detestaba bañarme. Me preguntaba cómo podía resultarle agradable a Laura, tan pulcra, tan modosita, si yo pasaba semanas evitando las molestias de la regadera. Era socio del club 5 de Mayo. Ahí jugaba pin-pon y dizque le enseñaba a ella. “Yo no sé cómo no se desesperan cuando juegan con nosotras”, decía, mientras agradecida y coqueta me sonreía. “Y yo no sé cómo puedes jugar conmigo si apesto a león”, pensaba yo.

Mi mamá había soportado una serie de operaciones en la columna vertebral; atendía a seis hijos y no podía supervisar mi aseo personal. Mi papá estaba bastante ocupado en proveer los satisfactores esenciales de la familia, y tampoco me importunaba con cuestiones tan insignificantes como el baño diario o al menos semanal. Para la familia fueron tiempos atípicos, pero la pasábamos relativamente bien. Yo me divertía como enano.

Entonces empezó el Movimiento. La Universidad, el Poli, Chapingo, Bellas Artes… todos nos pusimos en huelga y nos enfrentamos al poder. El 29 de julio, horas antes de que el ejército derribara de un bazucazo la puerta de la Prepa de San Ildefonso, llegué a casa después de las 11 de la noche. Por la tarde, tras secuestrar camiones en las inmediaciones de Tlatelolco y estacionarlos frente a la Voca 7, colindante con la Plaza de las Tres Culturas, una parvada de estudiantes caminamos hasta la Ciudadela.

Multitud de estudiantes en 1968.

Multitud de estudiantes en 1968.

Recuerdo la puerta de la Voca 5 bloqueada con mesabancos, y camiones obstruyendo el paso en las bocacalles, protegiendo a esta escuela y a la Voca 2. El tráfico en Paseo de Bucareli era caótico. No había camiones de línea y, al menos en esa zona, el transporte público sólo lo brindaban tranvías atiborrados. Éramos muchísimos los chavos congregados en la Ciudadela. Desde el techo de un camión, unos cuates azuzaban a los presentes, entre ellos, mi maestro de sexto en la escuela primaria El Pípila, priísta inscrito en la meritocracia institucional y que al cabo de algunos años sería dos veces diputado federal y una, senador. Omito su nombre porque aunque estoy seguro de lo que vi y lo que escribo, carezco de elementos para comprobarlo sin lugar a dudas. Ahora, al transcribir y recomponer esta crónica, especulo: Hubo mano negra, la intención del gobierno era terminar con el movimiento a la mayor brevedad. Eso explicaría la presencia de mi maestro y otros agitadores en la Ciudadela.

Ya noche y en son de pelea nos encaminamos al Zócalo. “Los que vayan, ya saben a lo que se atienen”, advertían algunos. La represión ya se dejaba sentir con fuerza y se hablaba de un muertos y varios desaparecidos. Nos pararon antes de llegar. No vi un solo granadero. Sólo a los chicos que iban adelante regresar huyendo. Corrí y corrí hasta el teatro Blanquita en San Juan de Letrán (hoy, Eje Central Lázaro Cárdenas). Ahí, un barbón, estudiante de alguna facultad o escuela superior, tal vez un maestro, tomó la palabra: “No juguemos al gato y al ratón. Váyanse a su casa y mañana preséntense en su escuela. El movimiento sigue. Y no somos carne de cañón”.

Volví a casa, donde tras haber escapado de la represión gubernamental, me dio la bienvenida la represión familiar. “¿Dónde estabas, Víctor Eduardo?” “Fui a un mitin a la Ciudadela”, respondí muy digno e igualmente resistí el regaño, que al otro día, tras enterarnos del bazucazo, se complementó con la prohibición de inmiscuirme más en el Movimiento. Respondí, “sí, papá” y desobedecí la orden hasta donde me fue posible. De día me escapaba e iba a volantear. A veces desayunaba en la Prevo 4, donde siempre había pastel y leche, además de mimeógrafos funcionando y una febril actividad. Una tarde, al volver a casa, encontré a mi madre furiosa: “¿Dónde estabas, Víctor Eduardo?” “Fui a un mitin a C U”. “Carajo, contigo no se puede”. Esta vez el regaño se recrudeció y se intensificó la vigilancia sobre mi persona.

Exèrcit_al_Zócalo-28_d'agost

Sábado 31 de agosto de 1968. “A dónde vas, Víctor Eduardo?” “Al club del padre Cervantes”. El era un jesuita buena onda, coordinador del Movimiento Familiar Cristiano, al cual había enrolado a mis papás, que no eran particularmente religiosos. Además, creó un club juvenil en la parroquia de Los Ángeles. Y de veras, yo iba al club, pero… Un helicóptero, el helicóptero que vigilaba las marchas, el mismo que el 2 de octubre habría de lanzar las bengalas que dieron inicio a la masacre, ese pinche helicóptero sobrevolaba la Voca 7. Cauteloso me acerqué a ver qué pasaba. Vi a un grupo de jóvenes aguerridos dirigirse a la escuela y me sumé a ellos. Pensé que eran estudiantes. Y no, no eran estudiantes. Eran policías vestidos de civil, armados con mangueras de radiador. Como el cubano del chiste que muy entusiasta se sube a la guagua que va al paredón, me di cuenta demasiado tarde. En un segundo un mono me señala, otro me detiene, un tercero descarga sobre mi espalda una tanda de manguerazos. Recuperado del pánico inicial, me descubro apañado. Un tipo malencarado me lleva tomado del cinturón. Desde un auto, una mujer se desgañita ofendiéndolo y pidiéndole que me suelte. Como mago, saca una cadena, que amedranta más que su manguera. Heroico, le digo: “Al pueblo no le haga nada”. No responde. Está concentrado. Acelera el paso y yo con él.

Días antes, la revista Por Qué? había publicado la fotografía de un chavo como de mi edad, llevado como yo por un granadero. Pensé al ver la fotografía, que el ya conocía por dentro una “julia”. Recordé la imagen y supuse que en unos momentos, yo también iba a conocer el interior de una “julia”. Pero no. Me treparon, jalándome del pelo, a una panel Volkswagen particular. Poco a poco, otros estudiantes fueron subidos al vehículo. “¿Nos van a llevar a la cárcel del pocito?”, preguntó uno. “No –respondió uno de los que nos habían detenido–. Nosotros no somos policías, somos estudiantes antihuelguistas. Estamos contra el Movimiento”. “Pues hablen con los líderes”. “A uno de esos queremos agarrar. ¡Y ya cállate!” “¡Vámonos!”, ordenó una voz autoritaria. “Sí, mi sargento”, respondió una voz sumisa. Estudiantes con rango, sí cómo no… Antes de que el vehículo arrancara, perdí la compostura y, aterrado, argüí mis influencias familiares: “Soy sobrino de González Gil, el jefe de la policía de tránsito”. Era cierto. Mi tío Leobardo, militar de carrera, realmente era el jefe de la policía de tránsito. No sé si no me creyeron o si el haberlo dicho nos salvó de algo realmente grave.

“Párate en una farmacia –dijo alguien–. A uno le tocó un rozón y hay que comprar tela adhesiva”. ¿Un rozón? Yo no escuché un solo tiro. El convoy se detuvo. Unos minutos después, con la tela adhesiva, nos taparon la boca, los ojos y ataros nuestras manos por la espalda. Sin ver, la pesadilla se intensificó. Supuse que nos iban a matar. Ante tan irremediable mal, pensé en mi familia, recordando momentos gratos pasados con cada uno de sus miembros. Tras un rato, el viaje concluyó. Nos bajaron de la camioneta y a gritos nos preguntaban qué teníamos planeado para el día siguiente, fecha del informe presidencial. Se decía en la calle que podría haber un atentado contra Díaz Ordaz. Con la boca tapada por la cinta adhesiva, sólo podíamos emitir sonidos inarticulados. De un jalón la desprendieron de mi boca. “A ver, ahora sí contesta, cabrón”. “Yo no sé nada, señor. Yo nomás iba pasando”. Palabras más, palabras menos, esa fue la respuesta de todos. “Tienen diez minutos para decirnos lo que van a hacer mañana o ya verán cómo les va”.

Policías golpean a estudiante en 1968

Policías golpean a estudiante en 1968

Pasaron muchos más de diez minutos. Liberaron nuestras manos. Los ojos siempre los tuvimos tapados. Nos pusieron de dos en dos. Y así nos tuvieron muchas horas. A lo lejos, pero no demasiado, se escuchaban sirenas. Lo demás era silencio. A veces, con un tono de voz suave, alguno de ellos nos conminaba a decir lo que supiéramos sobre lo que el Consejo Nacional de Huelga tenía previsto para el primero de septiembre. Uno de nosotros preguntó: “¿Y qué nos van a hacer?” “¿Quién sabe? Mejor digan lo que sepan”. A pesar de todo, hubo un momento en el que el ambiente se relajó, incluso permitieron a un chavo encender su radio de transistores. Recuerdo que escuchamos la parodia de Aleluya, la canción interpretada originalmente por Masiel. Nos dejaron platicar e incluso ellos conversaron con nosotros. A mí me preguntaron por qué traía el pelo tan largo. Mentí: “Es que toco en un conjunto”. “¿Y cómo se llama tu conjunto?” “Los Demonios Azules”. “¿Y por qué traes las uñas tan largas, tocas la guitarra?” “No, señor, toco la batería”.

En algún momento, uno de los apañados preguntó: “¿Cuántos somos lo detenidos?” Propuse que nos contáramos y empecé: “Uno”. Antes de que otro dijera “dos”, ordenaron que nos calláramos. Volvió la tensión y horas de terrible angustia. Esporádicamente volvían a preguntarnos qué onda con el Movimiento y sus planes. Nadie sabía nada. Nadie participaba. Todos esperábamos ansiosos el fin de la huelga y el reinicio de clases. Eso les decíamos. Ellos hacían énfasis en que querían a un líder. Por cierto, a los pocos días desapareció un miembro del Consejo Nacional de Huelga, su nombre era Prócoro. También vivía en Tlatelolco. Curiosamente, su desaparición fue informada por la prensa vendida de aquel entonces, que publicó fotos del estudiante y del edificio donde vivía. Un día mi mamá me mando al súper, al pasar frente al edificio donde vivía Prócoro, vi al tipo que me detuvo. Casi me zurro del susto. Ato cabos al caminar lo que escribo: Finalmente, ellos encontraron a un líder, lo desaparecieron y tuvieron a bien informarlo. ¿Para amedrentar a los miembros del CNH?

Policías golpean a estudiante de 1968.

Policías golpean a estudiante de 1968.

La primera borrachera de mi vida. De repente dijeron que ya nos iban a soltar, pero antes nos iban a dar un poco de cognac para que nos tranquilizáramos. Yo jamás había bebido alcohol. Ya fumaba como loco, pero ni una cerveza había tomado antes. No era el caso de mis compañeros de cautiverio. Otro greñudo al que con frecuencia me hallaba en Tlatelolco y quien nunca dejó de burlarse de mi parentesco con el coronel González Gil y la forma como lo saqué a relucir, pidió educadamente otro trago. Nos juntaron a todos y una voz autoritaria, inolvidable, destinada a escucharse en mis pesadillas, dijo: “Ustedes ya se van. No les vamos a hacer nada, pero si los vemos en una marcha o en un mitin o volanteando, no nos va a importar si su abuelito está viejito o su hermanito chiquito. Sí siguen de cabrones, vamos a ir contra su familia”. Yo estaba aterrado. Además de lo dicho por la terrible voz, el tipo me había dado un cachetadón momentos antes. Nos preguntó a mí y al cuate que estaba conmigo, se llamaba Cuauhtémoc, si ya nos habían dado cognac. Yo estaba pedísimo y me hice el gracioso: “Ya, pero si me da más…” y, plaf, la bofetada.

Terminado el amenazador discurso nos subieron otra vez a la panel (o quizá a otro vehículo, ahora no lo sé, nunca lo supe y siempre di por sentado que las dos veces me trasladaron en el mismo). Por la borrachera, durante el recorrido vomité sobre mis piernas. Al rato nos dijeron: “Aquí los vamos a dejar. Cuando bajen, se destapan los ojos y caminan sin voltear. Si voltean, la pagan sus compañeros que todavía estén arriba”. Mareadísimo, caminé haciendo eses mientras me quitaba el esparadrapo y estuve a punto de girar. Uno de los liberados me tomó de la cabeza y me dijo: “No voltees. No voltees”. Tengo la impresión que por no caminar en línea recta, separé al grupo. Finalmente los cuatro o cinco compañeros con los que quedé me dejaron en la entrada del edificio donde vivía (el Ignacio Comonfort, que junto a los que lo flanqueaban fue derruido por los daños que le causaron los sismos del 85).

El ex presidente Gustavo Díaz Ordaz.

El ex presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Mi mamá me recibió llorando. La acompañaban unos amigos suyos del MFC. Mi papá recorría delegaciones buscándome en compañía de un primo mayor, quien no participó en el Movimiento, pero esa noche se portó extraordinariamente solidario. Como llegué borracho, pusieron en duda la historia del apañón. Me pasó como a Axkaná González, personaje de La sombra del caudillo, y como a Félix Salgado Macedonio, personaje de la vida real, a quienes sus opositores políticos emborracharon contra su voluntad para desacreditarlos. Finalmente me creyeron o dejaron de fingir que no me creían, porque una güerita, amiga de otra amiga, la bella Tití, había visto cuando me agarraron y el domingo primero de septiembre, antes del informe y de que yo me levantara, se tomó la molestia de ir a la casa en compañía de su papá para avisar a mi familia. Aún ahora no me explico cómo pusieron en tela de duda mi historia.

El trauma post-apañon me duró años. El más insignificante policía me daba pánico. Al tratar de escribir la experiencia, desistía en las primeras líneas y lloraba. El tiempo pasa. Supuse que estaba curado de espanto cuando me extendí escribiendo la historia, el día que Fox rindió su quinto informe de gobierno. A tres días de que Peña Nieto cumpla con este trámite burocrático, al terminar de transcribirla, corregirla y apenas aumentarla, me invade cierta inquietud; desde el remoto 68, las cosas no han dejado de empeorar en México. De la dictadura perfecta el país transita a la dictadura sin adjetivos. Sigue vigente la consigna que comenzó a escucharse el 2 de septiembre de 1986: A la mano (del presidente) tendida: ¡La prueba de la parafina!

Guadalajara, Jalisco, 1° de septiembre de 2005
Transcrito, revisado y apenas aumentado: Ciudad de México, 29 de agosto de 2015
Se publico originalmente en la columna Escritos al Caminar en La Cultura en Occidente, extinto suplemento cultural de El Occidental.