Temblando, y no por cierto de frío, debajo de las capas, los paraguas y la terca lluvia –que no iba a quitarse sino mucho después–, decenas de miles de personas se desgañitaron la noche del 15, en un Zócalo casi a oscuras, repitiendo 33 veces la palabra “¡vivan!”, para coronar la arenga de Andrés Manuel López Obrador, que resumió los nuevos sentimientos de la nación e inyectó vitaminas frescas al movimiento en defensa del petróleo.

Con emoción visible y creciente, abrigada con jorongos, hules, rebozos e impermeables, ayuna de cornetas chillonas, de falsos bigotes chovinistas, de huevos de confeti, de pestañas postizas tricolores, al margen de toda expresión patriotera o de folclor, empapándose en la plaza que los reflectores apagados del Palacio Nacional mantenían despectivamente casi en tinieblas, la multitud se dejó poseer por el ritmo y la intensidad progresiva del discurso, sosteniendo el mango de las sombrillas con el puño en alto y gritando, rugiendo, como una sola voz.

“¡Vivan los indígenas, vivan los campesinos, vivan los obreros, vivan los migrantes, vivan los artistas, vivan los maestros, vivan los profesionistas, viva la prensa libre, vivan los estudiantes, vivan las mujeres, vivan los niños y los ancianos! ¡Vivan las minorías, viva los héroes anónimos, vivan los dirigentes sociales y políticos asesinados por defender las causas populares! ¡Vivan los héroes de la Independencia y de la Revolución, vivan los hermanos Flores Magón, viva el general Lázaro Cárdenas, viva la dignidad, viva la soberanía, viva la Nueva República, así con mayúsculas!”.

 

Y por supuesto, en alusión abierta a las empresas españolas que avanzan por todo México y vienen por el gas de Pemex: “¡No a la Reconquista”. Y desde luego, con dedicatoria especial para la Iniciativa Mérida, y para los gobiernos de América Latina en pugna con Estados Unidos: “¡no al intervencionismo!”.

Alto al incremento de la gasolina, fuera Mouriño, García Luna y Medina Mora, becas para todos los estudiantes de preparatoria, más presupuesto a las universidades públicas, apoyo económico a los ancianos, recorte de 200 mil millones de pesos al gasto superfluo del gobierno federal, otra política económica, ¡sí a la justicia, sí a la democracia! Todo un un programa de lucha a corto plazo, difundido en un ambiente muy distinto al del año pasado, sin baterías de torres de sonido para que nadie oyera a nadie y todos ensordecieran, ni amenazas latentes: más bien al revés, con pleno y mutuo respeto a los términos de un acuerdo de coexistencia que se cumplió por ambas partes.

Eran casi las 20:00 horas, siempre bajo la lluvia, cuando Paquita la del Barrio, desde los micrófonos del Grito disidente, de espaldas al Gran Hotel de la Ciudad, empezó a cantar los versos de Rata de dos patas, que miles de seguidores de AMLO reprodujeron en boca propia señalando con el índice a Palacio: “alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio”, a lo que, desde el templete del oficialismo, vestida de negro y con voz titubeante, Maribel Guardia respondió declamando la biografía de “uno de los 20 máximos compositores de América Latina, el señor Marco Antonio Solís”, que iba a tardarse todavía 35 minutos en subir a escena porque, según un torpe patiño de la escultural costarricense, se estaba “depilando la cara”.

A saber por qué, sobre el balcón central de Palacio los foquitos de colores iluminaban la cifra “2010”, mientras en el bando opuesto, con la misma caligrafía de bombillos anacrónicos, se leía: “1808-2008, primer intento insurgente”, en alusión a la caída del rey de España tras la invasión napoleónica de 1808, circunstancia que aquí animó al licenciado Francisco Primo de Verdad a sugerir que los ayuntamientos de Nueva España proclamaran un gobierno independiente: patriótica idea que los lacayos de la realeza recibieron en aquel entonces con el mismo entusiasmo con que sus herederos ideológicos, hoy por hoy, saludan la iniciativa de Muñoz Ledo acerca del “plebiscito revocatorio de mandato”, que para ellos huele simplemente a “derrocamiento”.

Pero si el motín de Aranjuez produjo un terrible vacío de poder en la España de 1808, la tardanza de Marco Antonio Solís en subir al templete de Palacio hizo que todo el Zócalo pusiera los ojos en Jorge Saldaña, quien acompañado de las vocalistas de su muy querida Nostalgia se aventó un popurrí de canciones mexicanas y una serie de comentarios tan adversos a Felipe Calderón, que la muchedumbre empapada en la plaza, luego de aplaudirle, comenzó a gritar “¡Obrador, Obrador, Obrador!”.

Llovía y llovía, unas veces más fuerte que otras, cuando en el templete disidente y en la pantalla sobre éste colocada aparecieron al fin doña Rosario Ibarra de Piedra y junto a ella Andrés Manuel, mientras Jesusa Rodríguez anunciaba la actuación del coro de niños de San Andrés Totoltepec, combativo poblado de Tlalpan, que entonó con todo el gentío una dulce versión del Cielito lindo.

Y como si ésta fuera una señal convenida, los de Palacio Nacional apagaron al Buki Mayor y a todos sus músicos, y comenzó el discurso que, en menos de 30 minutos, con un ritmo admirable, conmovió a decenas de miles de rostros a medida que detallaba un programa a corto plazo, para anudar las demandas y los sentimientos de todas las luchas sociales en curso, y que fue propuesto como “plan para salvar a México”, nada menos, en éste que López Obrador describió como “uno de los momentos más aciagos de nuestra historia”, cosa que menos de dos horas después vendrían a corroborar las granadas asesinas de Morelia, tan asesinas como oportunas para los partidarios de la mano durísima.