“No me voy a esperar hasta el 2018 para organizar los equipos de trabajo: ya están trabajando. Yo me estoy preparando para trabajar 16 horas diarias. San Benito recomendaba: cuatro horas para el trabajo, cuatro para descansar y cuatro para aprender”, balbuceó Andrés Manuel López Obrador al final de la entrevista “íntima” que en septiembre concedió al equipo del pasquín electrónico denominado Polemón, semanario mensual que sale todos los días a veces y que tan desatinadamente dirijo.

Como conductor del diálogo, cuando oí que le faltaban 12 horas en la cuenta de San Benito le pregunté por ellas. Volteó la cara contra la pared y se tapó los ojos con la mano admitiendo: “Dije cuatro ¿eh? No… Son ocho. ¡Ocho para trabajar, ocho para descansar, ocho para reflexionar! Yo voy a trabajar dieciséis horas diarias, el gobierno en seis años va a rendir dos sexenios”.

La entrevista duró una hora y cuarto. Se grabó en un solo plano secuencia y, cuando ya nos sentábamos, César Huerta me explicó que traía un gran angular porque “un ojo de pescado es lo más adecuado para grabar al Peje”.

Con una camarita minúscula, pasando imperceptiblemente a través de las paredes, moviéndose alrededor de nosotros, Jorge Gómez Naredo fotografió los detalles y lo que en la jerga se llama los aspectos. Uno de los momentos más graciosos ocurrió cuando AMLO rechaza la lucha armada y los perros de la casa de junto ladran.

Jaime Avilés, César Huerta, Andrés Manuel López Obrador y Jorge Gómez Naredo. Foto: Especial

Hay una toma, la primerísima, que exhibiremos en el FB de Polemón y es así. Entro a cuadro. Me aprieto la nariz con dos dedos, resoplo y pregunto a mi crú: “¿Sin mirar a la cámara verdad?”, temblando gelatinosamente de nervios pero con pleno control del panel técnico, por lo que a lo largo de la proyección pareceré un pepsicótico que mueve los ojos sin reposo.

“¡Qué lente más horrenda!”, nos dijo la primera lectora de la entrevista en FB a los pocos días (porque nos tardamos siglos en subir la película a las redes). Por suerte, la noche misma después del rodaje, al examinar las fotofijas ovaladas que salían pasando secuencias cuadro por cuadro, descubrí que yo no había entrevistado a AMLO, que el tipo sentado en la silla donde yo estuve sentado era Stephen Hawkins, y la convicción repentina de que nunca seré John Oliver me mató de risa. Acababa de hacer la entrevista más arriesgada de mi carrera con la expresión corporal de una momia de Guanajuato.

¡Huy!, pensé a la mañana siguiente, antes de abrir el teléfono, antes incluso de abrir los ojos, y me detuve a imaginar los peñamemes de los peñabots para poner mi cara sobre el cuello de Stephen Hawkins.

Evité los lugares públicos, dejé de leer twitter, atendí otras cosas. Para mi sorpresa, la entrevista ganó el premio de las felicitaciones de periodistas que respeto.