Estaba en un café. Había una edición de Milenio. Antes de ponerme a leer una novela que traía en la mochila, decidí echarle un vistazo a ese diario. Abrí la primera página, y de sopetón, un artículo que trataba sobre las posibilidades que tiene Andrés Manuel López Obrador de ser el próximo presidente de México. Pedía el autor poner mucha atención, estar al tanto, impedir que eso suceda.

Al lado de ese artículo, o columna, había otro que decía que AMLO era malo, muy malo, y que qué malo que tuviera posibilidades de ser presidente de México. Delante de ese artículo, uno más sobre AMLO y su “diabólica” relación con los maestros.

Di la vuelta a la página, y más artículos de AMLO, y de Morena, y la mayoría atacándolo, diciendo que qué mal, que qué pena, que qué país.

Desde hacía mucho tiempo que no tomaba en mis manos la edición de Milenio. Sé que es un periódico dirigido por personajes que se caracterizan por odiar a López Obrador. Por eso no me impresionó. No me causó sorpresa.

Estaba por leer mi novela (la tenía ya en las manos), cuando llegó una persona que bajo el brazo traía un diario local. Lo dejó en una mesita del café y se fue. Tuve curiosidad, y fui a la mesita donde estaba ese ejemplar del diario de circulación local. Lo tomé, me lo llevé a mi mesa y comencé a leerlo.

De nueve artículos de opinión, en cuatro se mencionaba a Andrés Manuel López Obrador. La mayoría de las menciones eran negativas. Que el beneficiario del desplome de Peña Nieto es AMLO y que hay que tenerle miedo, que AMLO no ha cambiado, que es el mismo hombre que por las mañanas se come a los niños chiquitos y por las noches a los viejitos, que es un hombre enfermo de poder, que cómo es posible que los mexicanos lo consideren presidenciable.

Al cerrar ese diario, no me quedó duda: ya se echó a andar de nueva cuenta la campaña de odio hacia López Obrador. Se lo comenté a un amigo, y me hizo una apreciación que consideré valiosa: “no güey, no se echó a andar de nuevo, nunca se ha detenido, nada más que ahora le pusieron más intensidad. Por eso del miedo. Del miedo que tiene los que se sienten dueños de todo a perder sus canonjías, de perder sus espacios de corrupción”.