Los retos que Andrés Manuel López Obrador enfrenta como Presidente de la República son de una enormidad inusitada. No es poca cosa lidiar al mismo tiempo con taras brutales legadas por sus predecesores (donde descuellan violencia y corrupción) a la par de diversas vicisitudes internacionales, como la caída de precios de una de sus vértebras ideológicas principales –el petróleo– y una inesperada pandemia que tiene al Mundo en vilo.

A esta tormenta perfecta, se le suma otro relámpago lacerante, al cual el mandatario mexicano debe hacer frente: lograr un complejo equilibrio donde su figura, y el Estado que encabeza, sean garantes de la libertad de expresión y, al mismo tiempo, sepan sortear las ínfulas golpistas que un grupo opositor a él esgrime, y que usa al aparato mediático como punta de lanza.

A las derechas en América Latina les cuesta mucho trabajo ceñirse a los lineamientos democráticos: en el mejor de los casos suelen jugar en ellos con dados cargados y, en el peor, no dudan en romperlos cuando los procesos electorales limpios no les favorecen. Lo que es más preocupante: abundan en la historia de la región ejemplos donde se observa que esa facción política no sabe procesar derrotas en las urnas, ni sabe tolerar proyectos políticos de carácter popular, y es frecuente que pretendan retomar el poder que perdieron a la buena usando métodos a la mala.

Esos métodos a la mala no son otra cosa que los Golpes de Estado, que durante buena parte del siglo XX fueron mediante la violencia física castrense, pero que en el siglo XXI, tras el fin de la Guerra Fría, aunque ya no se dan con la apertura cruenta de la sangre, no desaparecieron, sino que se han transformado en una variante “suave”, “blanda” o “técnica”. Lo que antes consistía en liderar a una cúpula desleal del Ejército para deturpar a un gobernante electo por las urnas y matarlo o desplazarlo con violencia, hoy se hace con medios igual de antidemocráticos pero más sutiles. Lo que antes era el asesinato a mansalva de presidentes como Salvador Allende en Chile o como Juan José Torres en Bolivia, hoy se efectúa como abusos jurídico-parlamentarios o acusaciones falsas para darle fin a un mandato legítimo.

La bestialidad en los Golpes de Estado tuvo que aminorarse, y ahora los derribamientos golpistas se efectúan con base en esas triquiñuelas sucias. Ahí están los ejemplos de Dilma Rouseff en Brasil, Fernando Lugo en Paraguay o Manuel Zelaya en Honduras, presidentes latinoamericanos que no concluyeron sus legítimos mandatos porque se les echó encima este nuevo tipo de Golpes blandos.

Pero independientemente de si se trata de Golpes tradicionales o suaves, comparten un rasgo inicial: las derechas antidemocráticas que los perpetran suelen preparar el terreno para ambos con una ballesta ideológica: un intenso golpeteo mediático contra los presidentes a quienes pretenden derrocar ilegítimamente. En consonancia con las tretas sucias del nazismo (ese grupúsculo que usó a la mentira como una notable arma política), se busca desgastar la figura de algún líder político a través de rumores, calumnias, noticias falsas, tergiversaciones y ridiculizaciones, con el obvio fin de generar sobre él una idea de “incompetencia” o “perfidia” que reduzca las culpas golpistas y haga ver como “necesaria” su salida, su caída o, incluso, su asesinato.

El Presidente de Chile, Salvador Allende, abandona el Palacio de la Moneda, tras el golpe de Estado en su contra. Foto: Especial

La biografía de Latinoamérica es prolífica en estos turbios ejemplos. Vale retomar uno de los más lacerantes. El golpe de Estado de Pinochet contra Allende en Chile en 1973, tuvo como antesala discursiva la acusación demencial del “Plan Z”, echada a andar por las fuerzas armadas pinochetistas, donde el golpismo chileno acusaba al presidente socialista de una intentona por la “sovietización del país” mediante las técnicas más febriles: hordas armadas de trabajadores, el izamiento de una bandera roja comunista en el Palacio de Gobierno y el lavado de cerebro a los niños para volverlos bolcheviques, al obligarlos a aprender ruso en las escuelas públicas y haciéndolos beber leche contaminada proveniente de los países del norte europeo cuyos ingredientes se les irían a la cabeza y los tornarían en seres manipulables.

Cualquier mente sana habría descartado la veracidad de ese “plan” por lo burdo de sus patrañas. Pero esas paparruchas iban dirigidas a las emociones más rupestres del sector más ignorante del pueblo chileno, y a cuanto crédulo u odiador de Allende se las tragara, para que de ese modo el país viera al Golpe contra el Presidente Constitucional como algo “válido”. La mentira y la injuria, emitidas desde el poder de facto mediático y actores políticos aliados, han sido anuncios velados de asonadas golpistas.

Tristemente, no hace falta ir muy lejos en América Latina para observar más ejemplos así. La propia historia mexicana tiene la Decena trágica y defenestración contra Francisco I. Madero; bien pavimentadas por un previo linchamiento periodístico contra el presidente, a quien la prensa se cansó de inventarle calumnias, exagerarle actos y ridiculizarlo al máximo. La fórmula parece incansable.

Tras la decena trágica, el Zócalo amaneció lleno de cadáveres de modernistas. Foto: Especial

Y, de vuelta al caso de López Obrador, resulta aún más lamentable el hecho de que el actual presidente mexicano no tendría que mirar la historia de América Latina para encontrar estas ínfulas golpistas de las derechas. Es más, ni siquiera tendría que buscarlas en la historia mexicana de inicios del siglo XX. Basta con que recordara un episodio de su propia biografía política casi contemporánea, cuando fue objeto de un golpe de Estado técnico promovido por la furia antidemocrática de esa facción política: su desafuero como Jefe de Gobierno en abril de 2005… mismo que tuvo como precedente una campaña de calumnias mediáticas: la falsedad de que había “violado la ley” en el caso de la negativa a indemnizar al supuesto dueño del Paraje San Juan en 2003 (cuestión donde incluso el propio Gobierno Federal foxista le dio la razón a AMLO con un documento de la Secretaría de la Reforma Agraria) o bulos como que “su chofer ganaba sesenta mil pesos”. De nuevo, la mentira mediática fue la primera bala simbólica en un proceso que pretendía defenestrar u obstruir a un político con un mandato legal y legítimo.

López Obrador conoce mejor que sus antecesores la historia de América Latina. Conoce mejor que muchos de sus adversarios la Historia de México. Y conoce mejor que nadie su propia trayectoria. De ahí que sorprenda tanto el trastrabille político con el que hoy hace frente a los medios mexicanos, que no son ni homogéneos ni iguales y que en estos días de crisis algunos han dado indicios de que su verdadera lealtad no está con la ética informativa sino con el lucro a costa de lo que sea.

Fue el historiador Hernán Gómez quien, con razón y sin mala fe, dijo alguna vez que “algo parece haber en la psicología de López Obrador que lo hace reticente a la crítica”. Sus enemigos más fervientes han querido ver en esa “reticencia” un indicio indiscutible de “ínfulas dictatoriales”, “totalitarias”, “autoritarias”. La realidad es más compleja que eso. Por supuesto que sería deseable que en el actual presidente de la República y en cualquier político profesional– se ponderara el temple y “la cabeza fría” a la hora de hablar de sus adversarios y evitara la descalificación inmediata. Pero parte de esa “reticencia a la crítica” que AMLO pone de manifiesto, no viene de una pulsión dictatorial, como simplonamente acusan sus malquerientes, sino que también se explica por el muy deshonesto papel que cierto sector mediático ha jugado contra el hoy Presidente de la República desde siempre, aun cuando era un funcionario medio en el Tabasco de los ochenta.

Compilar las calumnias, paparruchas y falsedades que sobre AMLO, su entorno y cargos se han publicado a lo largo de su carrera sería labor digna de una epopeya historiográfica. Desde que en los años ochenta fue acusado por un periódico lugareño de “querer convertir las Iglesias católicas de la Chontalpa en células soviéticas” (delirio febril de algún León Krauze tropical de aquellos años) hasta las centenas de notas falsas que hoy pululan en la crisis de la epidemia de coronavirus, hay material de sobra para no sólo para hacer un libro de varios tomos, sino también para colegir que en el cúmulo de adversarios de AMLO hay un núcleo duro que no ha vacilado en emplear contra él persistentemente el arma primera del golpismo: el desprestigio a través de la calumnia.

Esa reticencia personal a la crítica existe en el Presidente de la República, sin duda. Pero la infamia golpeadora que se vale de la mentira y no de la crítica para atacarlo, también existe en el aparato mediático. Es en la distancia del dicho al hecho donde las diferencias son mucho más claras. La conducta de AMLO como Jefe de Gobierno es un buen indicador de ello. En ese cargo, numerosas veces lanzó acres descalificaciones contra comentaristas políticos o periódicos, como fue el caso del caricaturista del Reforma Paco Calderón (a quien llamó en 2004 “monero de la derecha”) o al diario La Crónica de hoy (al que tildó de “salinista” en 2005).

Sin embargo, en los hechos, sus invectivas no pasaron de ser parte de la arena discursiva. A pesar de los “augurios autoritarios”, la realidad es que tanto el cartonista de marras como el periódico aludido, jamás perdieron un ápice de libertad de expresión, pues no hay evidencia alguna de que el Gobierno de AMLO les haya conculcado en absoluto ese derecho, aun cuando ambos actores, el monero y el periódico, hayan recurrido varias veces incluso a la mentira vil para deturpar a su adversario. Ejemplos sobran.

López Obrador. al término de una de sus conferencias matutinas como jefe de gobierno del Distrito Federal. Foto: Cuartoscuro

Hace apenas unos días Calderón en Reforma tergiversó, una vez más, información al “criticar” la medida del Gobierno Federal de amnistía para reducir el riesgo de coronavirus en las cárceles, pues aunque va dirigida a presos políticos, mujeres encarceladas por abortar o personas que no recibieron la defensa apropiada, el dibujante expuso falsariamente que AMLO va a liberar a delincuentes comunes. Y ni qué decir del diario La Crónica, que en su panfletaria actuación desde hace lustros, tiene el mérito de haber inventado una de las patrañas más ridículas en la historia reciente, cuando publicó, en marzo de 2006, que Hugo Chávez estaba mandando fusiles a López Obrador para armar una revuelta popular que tomara el poder y la recepción de los rifles era… la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM. ¿Dónde estuvieron esos rifles? En el mismo lugar de la credibilidad y ética del diario: no existieron.

Así, mientras la “vena dictatorial” de AMLO ante ese tipo de medios y comentócratas se limitó a la emisión de dos palabrejas; sus adversarios políticos sí hicieron uso de la mentira mediática para aupar un golpe de Estado técnico contra el tabasqueño en esos tiempos con el desafuero. ¿Dónde está realmente la pulsión autoritaria? ¿En una imprudencia verbal de un político que no pasa a mayores o en un grupo que fue capaz de usar tanto poderes fácticos como institucionales para deponer a la mala al Gobernante capitalino?

Sólo como refuerzo vale recordar un paralelilsmo. Justo cuando los adversarios del tabasqueño se desgañitaban de dolor hipócrita porque “un personaje poderoso como AMLO insultó al diario” como La crónica, en ese mismo tiempo, el 14 de diciembre de 2005, un hampón de cepa como Diego Fernández de Cevallos, entonces Senador de la República, agredió dolosamente al periódico La Jornada llamándolo “panfleto perredista” y “levantador de basura” debido a sus notas sobre la participación del Jefe en favor de la Ley Televisa.

Diego Fernández de Cevallos. Foto: Especial

Por supuesto, las declaraciones del panista no fueron enjuiciadas por nadie, ni se publicaron preocupaciones por la libertad de expresión porque un politicastro muy poderoso, entonces Presidente del Senado, además vinculado a narcos, haya lanzado tal diatriba contra un periódico que, por cierto, se conducía apegado a los hechos.

Hoy, detrás de la furia de notas falsas e invectivas mediáticas que pululan contra el Gobierno de AMLO, anida el perfil golpista de sus adversarios de siempre, capaz, como se ha visto ya, de usar artilugios no democráticos para rehacerse con el poder o eliminar contrincantes. Ante este escenario, resulta contrastante la actitud que el presidente ha tomado ante hechos disímiles. Por un lado, en su mandato AMLO se ha mostrado condescendiente ante personajes que han actuado de forma absolutamente porril y sospechosa: cuando se supo de la trama de la Operación Berlín, de Enrique Krauze (que empleó recursos mal habidos para difundir mentiras contra AMLO en la campaña presidencial) el Presidente expresó que “respetaba al historiador” y se erigió como garante de la libertad de expresión.

En un entorno mucho más delicado, como el actual peligro por la epidemia de Coronavirus, el vocero de los intereses de Tv Azteca, Javier Alatorre, hizo un inadmisible llamado a “no obedecer” las indicaciones del Subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, de cuyo serio trabajo depende hoy la vida de los mexicanos. La respuesta presidencial fue tibia: “mi amigo Javier Alatorre se equivocó”.

En tono muy distinto, el 22 de abril López Obrador emitió una crítica generalizada al periodismo en México, en donde apuntó a tres actores de ese ámbito: el diario El Universal y dos gacetilleros de poca credibilidad: Pascal Beltrán (quien apenas hace unos días emitió la falsedad de que “la CFE aumentaría cobros”) y Ciro Gómez Leyva, quien ha llegado a la degradación absoluta al defender desde su espacio a delincuentes como Emilio Lozoya o personajes impresentables, como Ricardo Alemán.

Resulta curioso que AMLO reduzca la actividad periodística al género de opinión, cuestión que deja de lado al grueso del periodismo mexicano, donde hay muchísimos integrantes que a diario ejercen una labor monumental y peligrosa, que en otras ocasiones el Presidente ha exaltado con razón. Vale recordar un solo caso: en 2008, parte de la férrea defensa que hizo el tabasqueño del petróleo mexicano ante su privatización, y la denuncia acertada contra el corrupto promotor de la misma, Juan Camilo Mouriño, se basó en parte en las pesquisas de la valiente reportera Ana Lilia Pérez Mendoza, quien dio a conocer las corruptelas panistas que pretendían beneficiarse de Pemex.

En este maremágnum, son diversas las lecciones que se deben sacar. La primera, y más obvia, es que aunque el golpista se vista de aliado, golpista se queda. Javier Alatorre es vocero al final de cuentas de Ricardo Salinas Pliego, quien pese a su actual cercanía con el Presidente, no dudaría en tener una vela prendida en la oposición y cuenta en su haber con antecedentes de golpeteo anti-izquierdista, como fue la vergonzosa actuación de su televisora en el asesinato de Francisco Stanley en 1999, donde con una manipulación brutal de la información y sin motivo alguno, exigió la renuncia del entonces Jefe de Gobierno Cuauhtémoc Cárdenas y fue artífice de una campaña en su contra.

Asimismo, Krauze es el ideólogo de cabecera del sector más duro de la reacción amlofóbica, esa que, aunque hoy carezca de condiciones y poder institucional para ello, ha sido capaz de ejercer actos golpistas técnicos contra López Obrador. Haber mostrado tolerancia personal ante los actos deleznables de estos sujetos es un buen gesto democrático del presidente, siempre y cuando las instancias institucionales correspondientes lleguen a últimas consecuencias en las acciones indebidas en que pudiesen haber incurrido (y de ahí el apercibimiento que la Secretaría de Gobernación emitió contra TV Azteca).

Si esa es la ruta adecuada, no había necesidad de personalizar las críticas al papel que hoy juega cierta prensa en el país, aun cuando personajes como Pascal Beltrán del Río o Ciro Gómez Leyva no sean precisamente ejemplo alguno de periodismo profesional. Al mencionar a tales sujetos, AMLO no sólo no corregirá a los incorregibles, sino que les dio pábulo para que éstos se victimicen eternamente.

López Obrador hoy enfrenta a una oposición diversa, pero que tiene en su seno a un grupo que siempre ha sido desleal a los procesos democráticos. Por fortuna, su margen de maniobra es reducido, pues los partidos adversarios de AMLO hoy se hallan en crisis o en el borde de la desaparición. El verdadero margen de maniobra contra AMLO no está ni en el PRI ni en el PAN sino en los poderes fácticos, donde el aparato mediático tiene un fuerte peso y puede hacer proyectar la figura de esa oposición golpista.

El presidente no tiene el camino fácil porque vivimos una etapa inédita: un gobierno emanado de un proceso democrático que enfrenta adversarios donde repuntan algunos que son abiertamente saboteadores y golpistas; y no disimulan su pretensión de defenestrar a quien hoy gobierna México, ni aun cuando se les ha dado la posibilidad de quitarlo por las buenas en un referéndum en 2021. Saber preservar la libertad de expresión pero al mismo tiempo denunciar la semilla golpista de las noticias falsas y los comentócratas farsantes es algo que es preferible que el Presidente no hiciera, aunque le asistan razones. Para eso puede haber otras instancias, como los propios medios de difusión con ética.

Es en estas coyunturas donde la alerta salta a la vista: ni AMLO debe darle alas a los alacranes al señalar panfleteros mentirosos, pues así él se baja a un ring que no le corresponde, o, peor, los sube a ellos a una visibilidad que no merecen. Ni debió tampoco echarse otro alacrán en la espalda al aliarse con un empresario de pasado golpeador que antepondrá siempre su interés lucrativo incluso por encima de la salud pública y sus responsabilidades fiscales.

En suma, vienen tiempos nebulosos. La oposición en México, hoy disminuida, ha visto en una pandemia y sus secuelas mortuorias la oportunidad de repuntar. Eso habla de su calidad moral, más propia de aves de rapiña que de adversarios dignos. Una buena manera de que no logren su cometido es que el Presidente se mantenga desmintiéndolos con hechos, más que señalarlos en sus dichos.