Escuchar la palabra “Tepito” siempre ha sido para mí -y quizás para muchos chilangos y no chilangos- una palabra de dominio público que alude a uno de los barrios históricos más importantes de nuestro país (me atrevería a decir que el más conocido a nivel Latinoamericano); sin embargo, dar cuenta de su significado o hablar certezas de este espacio, más allá del imaginario social construido desde el cine, la televisión, radio, la historia del albur, el comercio ilegal, los oficios, la santa muerte, las vecindades y sus múltiples e innumerables expresiones; no es una tarea sencilla, pues esta solo es parte de la narrativa de sus propios habitantes, de quienes la caminan, quienes la sienten, la sufren, la adoran y odian a la vez.

Tepito es un espacio tan generoso que admite tanto locales como nacionales e internacionales entre sus calles; se vive y desvela ante aquellos que se aventuran a descubrirse tepiteño por naturalización, más que por abolengo de este lugar emblemático de la ciudad. Escuchar hablar de este emblemático barrio, llamado Tepito, en voz de sus propios habitantes siempre resulta un mundo por descubrir, una invitación, la cual es en sí misma un albur. Un albur que no cualquiera se juega, quizás por miedo, o quizás porque para ello se necesita cierta audacia; cierta perspicacia que sólo unas cuantas personas por necesidad (laboral, espiritual, emocional, de adrenalina u otras carencias) los lleva a recorrer sus calles, sus mitos, sus leyendas, sus miles de historias. Narrativas que cabían todas ellas y muchas más en una sola persona, a quién admiré desde el momento que le conocí como parte del Seminario de Estudios del Barrio de La Merced.

¿De quién más podría hablar, sino del mismo Hojalatero Social del barrio bravo de Tepito? Del maestro fundador del Centro de Estudios Tepiteños, creador del Diplomado de Albures Finos, Promotor Cultural de la Ciudad de México, Cronista del barrio, inventor del premio “el ñero del año” entre la cábula tepiteña; Escritor y Difusor de la Cultura y las Artes; creador del Tepitour, iniciativa que impulsaba el reconocimiento del valor cultural de este barrio; catedrático de la sencillez, humildad, generosidad, amistad y compañero; del grande e inolvidable Alfonso Hernández a quién el Covid le jugó su último albur en Tepito el pasado fin de semana.

El cronista de Tepito, Alfonso Hernández. Foto: Seminario de La Merced

Estimado Alfonso, tu memoria oral (me arriesgo a que me alburees desde arriba o abajo, o de lado) se queda en nuestros libros y nuestros recuerdos; tus frases, tus anécdotas y tus saberes, no descansaran entre tus seres queridos, tus alumnos, tus amistades, y entre tanta gente que tuvo la oportunidad de escucharte y recorrer las calles y vecindades de tu barrio; una apuesta que hiciste por “privilegiar el carisma vecinal contra el estigma delincuencial”. ¿Y sabes qué maestro?, lo lograste, tu como tu barrio, albureaste a la política y el imaginario social sobre Tepito, para dar cuenta del amor al barrio se lleva por delante, gracias.

A días de cumplir 76 años de edad se va un grande de la crónica y albur desde Tepito para el mundo.