Por: John M. Ackerman (@JohnMAckerman)*

4 de febrero de 2018. Donald Trump es un neofascista y un racista que odia a los mexicanos. Está utilizando la frágil situación migratoria de los cientos de miles de dreamers, jóvenes migrantes que no cuentan con residencia legal pero que llegaron a Estados Unidos de niños, para chantajear a los diputados y senadores del Partido Demócrata a fin de que financien el muro multimillonario en la frontera con México y permitan la expulsión masiva de migrantes, así como la separación de sus familias.

El magnate neoyorquino merece todo nuestro repudio como mexicanos desde ambos lados del Río Bravo. Sin embargo, también es importante reconocer que la situación actual no surgió de la nada, sino que es producto de la desidia y la traición de Barack Obama, Hillary Clinton y todos los demócratas a la causa de los migrantes cuando ellos tenían las riendas del poder en las manos.

Obama nunca fue amigo de México o los mexicanos. El expresidente y su canciller siempre dieron un espaldarazo cómplice y ciego a los gobiernos corruptos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Obama también deportó a más de 3 millones de inmigrantes durante sus ocho años en la Casa Blanca, más que cualquier otro presidente en la historia de Estados Unidos. No por nada ganó el mote de “Deportador-en-Jefe” entre la comunidad de defensores de los derechos de migrantes.

En la imagen, Obama y Calderón. Foto: especial.

Obama también demostró su desprecio hacia los migrantes cuando dejó que se muriera el Dream Act, que hubiera legalizado formalmente a cientos de miles de jóvenes mexicanos. Sobre todo durante los primeros dos años de su administración, cuando el Partido Demócrata controlaba la Cámara de Representantes entre 2008 y 2010, Obama pudo haber aprobado esta ley aun por encima de la oposición del Partido Republicano. Sin embargo, el presidente prefirió utilizar la popularidad y el poder político del que gozaba al principio de su administración para empujar otros temas de política interior y exterior. A los migrantes se les informaba que tenían que esperar en la fila.

Sin embargo, de manera hipócrita, cuando Obama temía perder su reelección en 2012 de repente se dio cuenta de que debía hacer algo para garantizar el voto de los “hispanos”, el término que se utiliza en Estados Unidos para referirse a todos los residentes que tengan alguna ascendencia latinoamericana. De lo contrario, indignado por el maltrato por su administración, este sector podría haberlo abandonado y ejercido un voto de castigo en su contra.

Así que unos meses antes de las elecciones de noviembre de 2012, Obama se sacó de la manga un nuevo programa, el ahora famoso Deferred Action for Children Arrivals(DACA), que ofrecía algunas protecciones estrictamente temporales a una parte de la comunidad de los dreamers. Este programa generó gran esperanza y expectativa entre la comunidad migrante, pero en realidad no fue más que atole con el dedo. En lugar de empujar la aprobación por el Congreso de la Unión de una ley que legalizaría formalmente a los jóvenes migrantes, Obama prefirió la ruta más rápida y mediática de aplicar directamente una “acción ejecutiva” en junio de 2012, con el fin de acarrear el apoyo de esta comunidad a la víspera de las elecciones.

Funcionó la estrategia. Obama ganó su reelección en gran medida por el enorme apoyo que recibió de la población latina y de los mexicanos en particular. De acuerdo con la encuesta de salida de The New York Times, en noviembre de 2012, 71% de los latinos votaron por Obama en 2012, 4% más que en su primera elección de 2008.

Algunos esperaban que Obama devolviera el favor del apoyo electoral latino con nuevas reformas para ahora sí legalizar plenamente a los 11.5 millones de inmigrantes que hoy viven y trabajan sin papeles en Estados Unidos. Pero en su segundo mandato Obama de nuevo traicionó la esperanza de los indocumentados y jamás se materializó sus constantes promesas de “arreglar el descompuesto sistema de migración”.

Protestas en contra de las deportaciones de Obama.

Protestas en contra de las deportaciones de Obama. Foto: especial.

Es Obama entonces quien tiene la culpa de que Trump ahora pueda utilizar a los dreamers y el programa DACA como moneda de cambio para lanzar un ataque descarnado en contra de México y los mexicanos. Es cierto que hace unos días los demócratas en el Congreso hicieron un esfuerzo simbólico para defender a los dreamers, negándose a aprobar el presupuesto federal y generando una clausura general de las oficinas gubernamentales durante un par de días. Sin embargo, esta dignidad legislativa duró muy poco; los principales líderes demócratas rápidamente cedieron a las presiones de Trump y suspendieron su protesta.

Con enorme hipocresía, Trump ahora ofrece un “camino hacia la legalización” para 1.8 millones de migrantes en un futuro lejano, en un periodo de 10 a 15 años, a cambio de la aplicación inmediata de una serie de medidas antimigrantes: la construcción del muro, el fin a los permisos de reunificación familiar y un aumento en las deportaciones de los casi 9 millones de migrantes que no estarían cubiertos por el nuevo programa.

¿Morderán los demócratas el anzuelo? ¿Se dejarán engañar por las mentiras de Trump sobre su fingido compromiso con los migrantes supuestamente “bien portados” hacia el futuro a cambio de otorgar su permiso en el presente para literalmente disparar en contra de todos los otros migrantes supuestamente “mal portados”?

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: especial.

Todo parece indicar que así será el lamentable desenlace. En este caso, se confirmaría una vez más que no solamente México, sino también Estados Unidos requieren de una profunda transformación en su sistema político. Una victoria electoral para el Partido Demócrata en las elecciones legislativas de 2018 o en las próximas elecciones presidenciales, en 2020, no resolverá el problema, sino que solamente serviría para consolidar la hipocresía institucionalizada.

Tanto al norte como al sur del Río Bravo, la simple “alternancia” no es suficiente. En Washington también habría que apostarle a un verdadero cambio de régimen.

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*Texto publicado originalmente en la revista Proceso, el 4 de febrero de 2018