“No decir adiós a la esperanza” es el título de un libro que Andrés Manuel López Obrador escribió en 2012, inmediatamente después de haber perdido las elecciones, cuando ya había tomado posesión Enrique Peña Nieto como presidente de México y se venía el Pacto por México.

El libro era importante y fue fundamental. Y es que la gente estaba desilusionada. Pensaba que el PRI había regresado para quedarse. Pensaba que tanto esfuerzo hecho y que tanta energía puesta en la transformación de un país había sido un desperdicio. Pensaba que todo había sido un fracaso y que por más lucha que se hiciera, nunca se iba a cambiar al país. Nunca.

La gente estaba acongojada. Sin fuerzas. Sin ganas de seguir luchando. Se había perdido mucho. AMLO coleccionaba su “segunda derrota” en la carrera hacia la presidencia del país. Y muchas posiciones que se habían ganado quedaron en manos de la peor gente del PRD, y ya no había nada que hacerle a ese partido: estaba podrido.

¿Qué seguía?

Lo que venía era incierto: reorganizar al movimiento, fundar un partido, ganar elecciones, pelear por cambiar al país. Era una batalla titánica que parecía imposible y que podía poner punto final a uno de los movimientos sociales más importantes y fuertes en la historia reciente de México. Y se debía comenzar con una cuestión que era muy simbólica: no perder la esperanza. Y por eso fue el libro de AMLO.

Y el no haber perdido la esperanza fue lo que permitió pronto echar a andar un partido, ganar los primeros escaños y después, de una forma sorprendente, la presidencia del país.

Hoy, a tres años de haberse hecho con la presidencia, Morena se enfrentó a su primera elección detentado el gobierno. Y le fue muy bien. La gente respondió. Se ganaron 11 gubernaturas de las 15 en disputa. Se arrasó en el sur del país y el norte comenzó a ceder (algo que no había sucedido nunca). Se ganó el congreso local de Tamaulipas, se avanzó en Jalisco (territorio muy complejo para Morena) y se mantuvo el control de la Cámara de Diputados.

Fue una victoria espectacular.

Sin embargo, en la Ciudad de México, algo pasó, y se perdieron alcaldías (más no el control del legislativo local). Y esta “derrota” local, desde los medios, se transformó en “la gran derrota de Morena” y en el principio del fin.

Eso es lo que se busca establecer desde la oposición como la narrativa hegemónica. Y eso es lo que debemos evitar.

Morena es un partido nuevo, y ha ganado mucho. Y entre eso mucho que ha ganado, ha cometido varios errores. Las pugnas internas han afectado. En lugar de estar preparando una elección desde el mismo 2 de julio de 2018, capacitando a la gente, buscando o creando buenos perfiles, se dio una guerra por el control del partido.

Y aún con todo eso, la gente le dio la confianza a Morena.

Por ello, habría que responderle a esa gente, y habrá que hacer buenos gobiernos, pero también buen trabajo en el partido. Y eso debe comenzar por solucionar las tensiones internas y echar para adelante.

Una pugna más, una pugna larga, llena de odio al interior de Morena, estaría dinamitando desde ya la elección de 2024.

La derecha se unió y se organizó. La batalla es con ella, no al interior.

Se precisan cambiar muchas cosas que se hicieron mal, elegir mejores perfiles, tomar otras decisiones, apostarle a la consolidación de las bases y a dirigentes cercanos a la gente.

Y ese trabajo comienza no con pugnas y reclamos y con “yo quiero todo el poder”. Se comienza con trabajo.

La elección de 2024, que permitiría continuar la transformación, inició ya. Ganar esa batalla es muy complicado. Si no se entiende en Morena esto, se está caminando al fracaso, y sí, a perder la esperanza.

No dejemos que eso pase.