En 1984, Arnaldo Córdova escribió un célebre ensayo titulado Nación y Nacionalismo en México. En éste afirmaba que el nacionalismo mexicano, a diferencia de los nacionalismos de los países europeos que vivieron bajo regímenes absolutistas, se forjó a base de nacionalizaciones. Así, el nacionalismo mexicano se convirtió en sinónimo de nacionalización: “Lo único que necesitamos, y ya va siendo demasiado, es un Estado con vocación y decisión de construir la historia como lo dicta todo nuestro glorioso pasado: nacionalizando” (Córdova, 1984).

Pues bien, el llamado a revivir el glorioso pasado de nacionalizaciones no sólo no se atendió, sino que el régimen priista encabezó el viraje de México hacia el neoliberalismo. Durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari se llevó a cabo una transformación nacional de gran magnitud. Las privatizaciones salinistas debilitaron al Estado mexicano profundamente y encumbraron a una nueva élite empresarial beneficiada por las privatizaciones más que por su talento. Entre 1988 y 1994 se privatizaron 390 empresas estatales (63 por ciento de las que existían entonces) y durante el mismo periodo la lista de multimillonarios mexicanos registrados en la revista Forbes pasó de una familia (los Garza Sada) a 23 familias con una riqueza superior a los mil millones de dólares (Olvera, 2019).

Millonarios en México. Foto: Especial

A pesar de la ola privatizadora, y no por falta de intentos, la joya de la Corona mexicana se mantuvo sustancialmente en manos del Estado mexicano hasta 2013, cuando el expresidente Enrique Peña Nieto incluyó entre su paquete de Reformas Estructurales la reforma en materia energética. Sobre lo que el historiador Lorenzo Meyer sentenció: “…dejaron en el olvido lo fundamental que es para México y los mexicanos la historia, en la que está enraizada el petróleo.”

Así, no sólo continuó la tendencia privatizadora, sino que esta vez el retroceso era doble por la importancia del petróleo en la identidad nacional de los mexicanos.

Ahora bien, este ciclo privatizador no sólo debilitó al Estado y enriqueció a un pequeño grupo beneficiado por las privatizaciones, sino que además provocó fenómenos adversos para la nación. Sin duda, el principal de éstos es la inseguridad.

El neoliberalismo no se limitó a trastocar el ámbito formal, sino que la ilegalidad en México también se privatizó (Mendoza, 2018). Hasta en términos de lo criminal la privatización se hizo presente.

Felipe Calderón, José Antonio Meade y Peña Nieto. Foto: Especial

En suma, hoy en día asistimos a una severa crisis de identidad nacional. Hoy el sentido de pertenencia del pueblo mexicano se encuentra mermado por la negación del elemento básico del nacionalismo mexicano: las nacionalizaciones.

Además, la debilidad estatal abrió la puerta a que el crimen organizado conquistara espacios que antes eran materia del Estado. Esto nos enfrenta a un desafío doble en la busca de construir una identidad nacional adoptada por el grueso de las y los mexicanos.

No obstante, si bien el pasado reciente no abría camino al optimismo, la situación del país hoy es distinta. La victoria del presidente López Obrador y del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) trajo consigo una nueva dinámica en la que la lucha por recuperar el país para su gente es la prioridad.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Especial

Las acciones encaminadas a recuperar la nación son variopintas: la estrategia de pacificación, la busca por dominar el territorio nacional a través de la Guardia Nacional, los programas sociales de apoyo a los adultos de la tercera edad, a los jóvenes estudiantes, el apoyo a campesinos y ganaderos, el esfuerzo de los Servidores de la Nación por recorrer las calles del país, entre otras, representan el esfuerzo de la presente administración por desarrollar un sentido de arraigo nacional en la población.

Sin embargo, más que eso, el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y el discurso que enarbola día con día puede ser el principal motor de la que quizá es la gran tarea histórica de nuestros tiempos: recuperar el Estado y reconstruir la nación. Todavía podemos no decir adiós a la esperanza.