Nunca había asistido a un mitin de Andrés Manuel López Obrador donde hubiera habido acarreados. Nunca.

Los acarreados eran del gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, y acudieron con un sólo propósito: que los abucheos en contra del mandatario estatal no se notaran. Que fueran acallados. Que se apagaran con los gritos de “Alfaro, Alfaro, Alfaro” y “gobernador, gobernador, gobernador”.

No lograron su objetivo.

La conquista del escenario

Montaron tres toldos en la plaza de la República, que está a unos metros de la zona hípster de Guadalajara, la cual se ha llenado (a partir de que Movimiento Ciudadano se hizo del centro de la ciudad) de edificios enormes a un costo que solamente pura persona rica puede pagar.

Estar debajo de dichos toldos era algo importantísimo, pues a pesar de que aún es invierno en Guadalajara, el sol ya es brutalmente letal y estar bajo sus rayos te quema y te hace sudar. La cuestión es que esos espacios fueron, en su mayoría, ocupados por empleados de los ayuntamientos gobernados por Movimiento Ciudadano, a quienes los citaron desde la una de la tarde.

Personas que acudieron a apoyar a Enrique Alfaro, con megáfonos “nuevecitos”.

Un trabajador de un ayuntamiento gobernado por Movimiento Ciudadano contó a este reportero que les pidieron que llegaran temprano, que ocuparan el mayor número de espacios, que nos se movieran y que, cuando apareciera Enrique Alfaro, le aplaudieran, le gritaran “Alfaro, Alfaro, Alfaro”, o “gobernador, gobernador, gobernador”. Les ordenaron de forma contundente que, cuando hubiera abucheos contra el mandatario estatal, fuera cuando más gritaran.

Y eso se notaba.

Repartidos debajo de varios toldos había grupos de personas que incluso traían megáfonos nuevecitos (como que alguien los había comprado para la ocasión). Cuando alguien comenzaba a abuchear a Alfaro, o a gritar “fuera Alfaro”, o algo decir algo en contra de Movimiento Ciudadano, rápido encendían los megáfonos en tono alarma, y surgía el grito de “Alfaro, Alfaro, Alfaro”.

Pero no solamente eso.

Los estrategas de Enrique Alfaro también llevaron “batucada”, y una alarma conectada a una súper bocina. Yo pensé, al principio, que era una cuestión del “ambiente”, pero en realidad todo estaba planeado. Cuando la bocina sonaba, desde muchos lugares comenzaba el grito de “Alfaro, Alfaro, Alfaro”. Y claro, las batucadas sonaban rápidamente.

Cuando llegó Enrique Alfaro, la gente comenzó a gritarle, “fuera Alfaro, fuera Alfaro, fuera Alfaro”, y entonces los cientos de personas traídas por Movimiento Ciudadano gritaron “Alfaro, el pueblo está contigo” y “gobernador, gobernador, gobernador”. También sonaba la alarma y después la batucada.

La intención, pues, era acallar la voz de los abucheos.

Pero eso fue complicado. Este reportero que estaba justo en medio de la plaza, cuando vio llegar a Alfaro, captó un video donde se evidencian claramente los gritos de “Fuera Alfaro fuera Alfaro”. Y no, no se pudieron acallar.

El discurso que nadie escuchó

Hubo tres oradores en el mitin. Enrique Alfaro, la secretaría del bienestar, María Luisa Albores González, y Andrés Manuel López Obrador. El primero en hablar fue Alfaro.

Fueron cinco minutos nada más. En cuando fue anunciada su intervención, comenzaron los gritos de “Alfaro, Alfaro, Alfaro” y de “fuera Alfaro, fuera Alfaro, fuera Alfaro”. También hubo los chiflidos, los abucheos, los “ratero”, los “traidor”. Ese fue un grito muy fuerte: “traidor, traidor”.

Personas con cartulinas con mensajes de apoyo a Enrique Alfaro.

Los grupos alfaristas habían logrado apoderarse de las carpas de la izquierda y de la derecha, y tenían gente en el centro. Pero aún así, muchos gritaron “fuera Alfaro”. En realidad, lo que dijera o no dijera Enrique Alfaro pasó a segundo plano: sus simpatizantes gritaban lo más fuerte posible para que no se escucharan los abucheos, y los que abucheaban, pues lo hacían más fuerte para que sus gritos fueran más sonoros que las porras de los alfaristas.

Yo, que me moví por varios lados, no escuché nada del discurso de Enrique Alfaro. No pude. Nadie pudo. Era tan fuerte lo que se gritaba, que pocos escucharon lo que dijo el mandatario estatal. Quizás por eso fue tan rápido: intentó mantener la calma, pero los gritos (a favor y en contra) eran tan ensordecedores, que apuró lo que dijo y no alcanzó ni los cinco minutos de alocución.

El gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro. Foto: Especial

¿Ya nos podemos ir?

Nada más concluyó el discurso de Enrique Alfaro, muchos de sus seguidores (que gritaron fuerte fuerte su apellido durante varios minutos) comenzaron a preguntarse entre ellos: “Oye, y ¿ya nos podemos ir?”

Una conversación que escuchó este reportero:

-Ya terminó de hablar el pelón, ¿ya nos vamos?

-Güey, no me han dicho nada.

-Pues diles que qué pedo.

-Ya le marqué a este güey, pero no me contestan.

-Pues márcale otra vez. Güey, la neta es que ya no nos ocupan aquí.

-Te digo que no han dado la orden de irnos.

Muy cerca de esta conversación estaba una señora que cuidaba una caja muy grande, y la cuidaba muy bien. Trataba de que nadie la viera, y por eso pedía a otras personas que estaban junto a ella que hicieran “casita”. La caja contenía una mercancía que debía ocultarse a como diera lugar: eran tortas (aquí conocidos como lonches), las cuales todas estaban envueltas en papel aluminio. Llegaban las personas de Movimiento Ciudadano, y la señora abría la caja, sacaba la torta y después la cerraba rápidamente. Volteaba a muchos lugares, para cerciorarse que nadie había visto lo que acababa de pasar. Que nadie se enterara que estaba repartiendo tortas.

La caja de tortas resguardada por personas ligadas a Movimiento Ciudadano

Muy cerca de la señora estaban unos jovencitos muy jovencitos. Venían de una preparatoria de la Universidad de Guadalajara. Estaban con las caras así como llenas de cansancio y aburrimiento. El calor, el maldito calor. Una chica, muy chica, le dijo a una mujer un poco mayor que acompañaba al grupo de adolescentes: “maestra, ya nos podemos ir, ya habló Alfaro”. La maestra, con una sonrisa en el rostro, les dijo: “un ratito más”.

Desde antes de las elecciones, Enrique Alfaro tiene una alianza con el grupo que ha dominado la Universidad de Guadalajara en los últimos años.

Muy cerca de la joven muy joven que le preguntó a su maestra si ya se podían ir porque Alfaro ya había “hablado”, estaba un conjunto de señores, y entre ellos, había unos que traían “batucada”. Me sorprendieron un poco los que tocaban porque no tenían cabello largo, ni vestimenta de la que suelen traer los de las batucadas, ni nada. Todos llevaban el pelo corto, como si fueran policías. O militares. Ellos estaban muy serios, y como cada cinco minutos, de repente, así, de la nada, gritaban “Alfaro, Alfaro, Alfaro”.

La gente de inmediato los callaba, pues ya estaba hablando Andrés Manuel López Obrador. Cuando se terminó el mitin, María Elena Limón, alcaldesa de Movimiento Ciudadano en Tlaquepaque (municipio que pertenece a la Zona Metropolitana de Guadalajara) llegó a bailar con esos señores, y ellos cantaban con la batucada “Alfaro, Alfaro, Alfaro” y “Limón, Limón, Limón”. Un señor sacó incluso un instrumento que usan los camiones que recogen la basura para avisar que está pasando y que deben sacar las bolsas con desperdicios. Era parte de la batucada. Es decir, esos señores muy bailadores con la alcaldesa eran empleados del ayuntamiento de Tlaquepaque que estoicamente habían apoyado en la ardua labor de impedir que los abucheos en contra del gobernador de Jalisco se escucharan.

La alcaldesa de Tlaquepaque, con un mechón blanco en el cabello, bailando con personal de su municipio que acudió a apoyar a Enrique Alfaro.

Ya terminó, al menos para ellos

Cuando comenzó a hablar Andrés Manuel López Obrador, la gente que iba a escucharlo puso atención. Mucha atención. Discutía lo que decía. Incluso un señor ya sabía qué iba a decir cuando mencionaba, por ejemplo, que México tenía pueblo, pero no había tenido un buen gobierno.

Mucha gente atenta.

Los alfaristas, en cambio, estaban ya hartos. Y era normal. A muchos los habían citado desde súper temprano para “acaparar” lugares estratégicos. Y ya no querían escuchar a AMLO. Aunque algunos, habrá que decirlo, cuando aplaudieron a Alfaro, lo hicieron así como tímidamente, y cuando habló el Presidente, se pusieron así como muy poniendo mucha atención a lo que decía.

Hay órdenes que se cumplen, pero el sentimiento, y las convicciones, a veces son más fuertes.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: Especial

Las manos juntas que valieron la lucha de tantos años

En el estrado estuvieron, además de funcionarios públicos, también algunos beneficiados de programas sociales del gobierno federal como María Félix Nava, una señora que es una de las personas más longevas no solamente de Jalisco, sino de México, pues supera los 118 años.

Cuando se paró a hablar María Luisa Albores González, solamente dividió a la señora de AMLO una silla. Fue entonces que el presidente estiró la mano, y tomó la de la beneficiara del programa social, que estaba en su silla de ruedas. Así estuvieron los minutos que duró la intervención de Albores González.

Fue un abrazo de manos que duró más de diez minutos.

Cuando el moderador del evento pronunció que AMLO ya iba a dar su discurso, la señora aplaudió mucho. Con una fuerza enorme. Se notaba contenta: feliz. Y es que había estado con el Presiente del país, a sus más de cien años, tomada de la mano.

La felicidad de la señora valió soportar las porras a Alfaro de gente que venía solamente a apoyar a Alfaro porque así se lo había ordenado él. Valió más que el sol enorme pegando fuerte, que el calor infernal en pleno invierno tapatío. Valió más que estar apretujado entre tanta gente que sudaba y sudaba y sudaba.

La felicidad de la señora valió eso. Y cuando sonrió y con sus manos aplaudiendo expresó un contento enorme, supe que las luchas de miles y miles de personas durante tantos años para que AMLO fuera presidente habían valido la pena. Toda la pena.