Hace poco más de tres semanas contacté a Pepe. No hablábamos hacía años pero como fui de vacaciones en la Ciudad de México decidí buscarle. Conseguí su número con un amigo que tenemos en común y como no me atreví a llamarle, le mandé un mensaje de texto. Las cosas entre nosotros no habían terminado bien y la conversación al principio fue un poco rara. ¿Cómo estás? ¿A qué te dedicas? ¿Qué estás haciendo en la ciudad? y esas cosas que se dicen los extraños que recién se conocen.

Como él no proponía un reencuentro, me armé de valor y le pregunté si podíamos vernos. No contestó inmediatamente, lo cuál entendí como una señal de que aún no superaba ciertas cosas de nuestro pasado, pero cuando empezamos a recordar viejos tiempos, y yo pensaba que definitivamente no lo vería, me invitó a su casa. Una alerta roja que no vi en ese momento fue que comentó que tenía la casa para él solo hasta el domingo. Le pregunté por qué tenía límites de tiempo para usar su casa como él quisiera y me dijo que la chica con la que vive había salido la ciudad a visitar a unos familiares y que él estaba “libre” todo el fin de semana.

Obvio le pregunté sobre su relación con ella y según él llevaban unos meses viviendo juntos, pero no era “nada serio” dando a entender que era más una relación de roomies que de pareja. Ahora bien, hace mucho que perdimos contacto, pero sé que por su vida han pasado muchas, pero muchas mujeres, así que en ese momento no me pareció raro y no le di muchas vueltas a eso.

Para esto, yo me estaba quedando en el depa de Mayra, así que platiqué con ella cómo veía si me perdía con Pepe la noche del viernes y regresaba el sábado a su depa. Tuve que hablarle de la maldita abstinencia sexual que me está matando para convencerla porque ella ya había hecho planes para el fin de semana juntas y se me estaba poniendo celosa.

Con Pepe las cosas siempre fueron directas. Es decir, siempre nos dijimos las cosas de frente y en la época en que fuimos amigos-que-cogen-cada-que-pueden solíamos contarnos todo, así que imaginé que me contaría sobre esta nueva chica y su enorme serie de aventuras eróticas. Total, que le mandé mensaje confirmando que pasaría la noche del viernes con él. Se puso feliz.

Llegó el viernes y después de acompañar a Mayra a hacer algunas compras, visitar amigos y salir a comer, hice una pequeña maleta con ropa, cepillo y pasta de dientes y condones que compré en la farmacia. Después pedí un Uber para ir a casa de Pepe. Le mandé un mensaje para avisar que ya iba en camino y me contestó que perfecto, que en ese momento él saldría de su trabajo y trataría de llegar antes que yo.

Cuando llegué y bajé del auto lo primero que vi fue un jardín muy bien cuidado, un tapete de ‘Bienvenido’ frente a la puerta y un caza sueños colgado del techo. No, no. Esta chica no es nada más su roomie. ¡Está casado! fue lo primero que pensé. Digo, yo prácticamente viví en esa casa y les puedo asegurar que era una verdadera pocilga. Pero bueno, ya estaba ahí, frente a la puerta y de verdad quería un acostón así que mi calentura opinó que Pepe no es de los que se casan, que tal vez ya no era tan descuidado con sus cosas. No lo pensé mucho más y toqué el timbre.

La segunda señal llegó tan pronto Pepe abrió la puerta. ¡La casa estaba totalmente decorada! Los colores de los muebles están coordinados, había cojines, cuadros colgados en las paredes y fotos de Pepe con su roomie por todos lados.

No dije nada. No quise hacer panchos ni ponerme muy crazy sobre su estado civil. Me saludó como si nunca nos hubiéramos dejado de ver, como si no hubiera pasado todo aquél embrollo de hace unos años. Se veía contento de verme, su alegría parecía auténtica y la verdad es que yo también estaba feliz aparentando que en realidad no había pasado nada.

Pepe sirvió un par de tragos (igual que antes, sabe que no tomo alcohol, pero no le importa, me prepara uno, tal vez con la esperanza de que algún día se me olvide y me lo beba de un tirón). Nos sentamos en la sala y nos pusimos al día en la historia de nuestras vidas. Hablamos de la última vez que nos vimos, omitiendo por completo cualquier aspecto negativo de aquél día -esa es historia para otra ocasión- y de cuanto habían cambiado nuestros sueños y planes de vida.

Como a la hora de estar platicando repentinamente se acordó que había quedado con su chica “nada serio” de llamarla en cuanto llegara a casa (que fue poco antes de que yo llegara). Se fue a otra habitación y yo me quedé en la sala en completo silencio, acompañada de un sentimiento de no pertenencia. Estaba en el sillón, saqué mi teléfono del bolso y empecé a mensajear a Mayra sobre lo que estaba pasado. Incluso le mandé un par de fotos de la decoración de la sala para que entendiera a detalle lo que estaba viviendo.

Si han leído hasta acá creo que podrán ver como poco a poco me fui dando cuenta de la situación en la que me había metido. Todo lo anterior eran señales, pero cuando se fue a la otra habitación a hablar con su… ¿novia? ¿esposa? ya no me quedaron dudas. Pepe no era soltero. Ya no era aquél chulo que sabía que podía tener cualquier mujer que quisiera. Lo habían domesticado, como él mismo decía de los hombres casados que eran sumisos con sus parejas. Lo escuchaba hablar como si fuera un viernes normal en su vida de casado, solo en casa, como debe ser, explicándole a su pareja por qué no había llamado en cuanto llegó a casa.

Para esto, mi cerebro se empezó a revolucionar y me empecé a poner nerviosa. Ya sé. No soy una blanca paloma. También tengo mi propio pasado, pero por eso mismo es que desde hace un tiempo decidí -por otra historia que cuando se me pase la vergüenza les contaré- que nunca más me metería en medio de una pareja. No quiero tener ese mal karma en mi vida (otra vez).

Total, que terminó su llamada (sí, le dijo “yo también te amo” antes de colgar, por si se lo estaban preguntando), regresó a la sala, tomó su trago y se sentó, así, como si nada.

Saqué el tema de inmediato dado que era obvio que la chica “nada serio” es su novia en una relación “totalmente seria”. Real, legítima novia que vive con él. Y aquí es donde él me contó toda su historia. Sí están en una relación seria, con planes de casarse y pláticas de tener hijos, pero… tienen problemas en la cama que lo están haciendo reconsiderar toda su relación (típico de él, ¿eh?).

Le pregunté cuáles eran esos problemas y ahora sí, saquen sus pañuelos: El problema es que ella quiere sexo 24/7. Ya sé, pobrecito ¿No? Según él, ella lo presiona mucho para tener sexo, ya no soporta coger con ella y pasa tremendo trabajo evitarla. Al parecer su chica es bastante insegura y celosa y necesita constante validación a través del sexo. La verdad, mientras me contaba estas cosas sobre ella, me recordó un poco a mí misma.

Ella tiene 24 años y me parece que su juventud y sus inseguridades influyen mucho en lo que les está pasando. Ahora bien, esta chica es ideal para el Pepe que yo conocí hace 10 años, pero al parecer no cuadra para el Pepe de ahora. El Pepe de ahora quiere disfrutar cuando tiene sexo, no hacerlo siempre como una prueba de su compromiso con ella o para darle un empujón a su auto estima. ¡Y esto me lo estaba diciendo el mismo hombre que antes se acostaba con todas las que podía precisamente para alimentar su propia autoestima!

Ahora bien, para ser sincera (o al menos transparente) en este momento dejé que mi ego tomara todas las decisiones que tomé. Mientras platicábamos de su “situación” él hacía comparaciones: su chica vs yo… y yo se las creí toditas, o al menos me esforcé para creerlas. Normalmente no hago caso a los tipos que me dicen lo buena que estoy o que soy genial por tal o cual cosa… sé lo que buscan cuando me hablan así y lo que digan no influye para decidir si yo también quiero. Eso sí, me recordó que él no me buscó, yo lo busqué en cuanto llegué a la capital, así que según su lógica él no andaba buscando con quien ser infiel, sino que, por nuestro pasado, se le ocurrió que tal vez yo querría sexo con él y cuando nos estábamos mensajeando y le pregunté si nos podíamos ver, se dio cuenta que era la oportunidad perfecta para disfrutar (por fin) del sexo sin obligación. Algo tenía de razón, no lo voy a negar. Además, hablaba de mí como si hablara de la Diosa Venus. Sus palabras alimentaron mi autoestima (¡como a su novia!) y las escuche todas como como monja cuando le leen la Biblia.

En este momento yo ya estaba más que entregada, pero el poco de conciencia que me quedaba me impedía aceptarlo, así que entré en los detalles espinosos. Literalmente le dije “esto es infidelidad”, “si lo hacemos no lo podemos deshacer”, “si se entera te dejará”, y todas las cosas que se puedan imaginar para tratar de hacerle (¿hacerme?) entrar en razón. Además, le dije que por mí no habría problema si nos pasamos el tiempo platicando sin hacer nada que cruzara la frontera de su relación o que lo metiera en serios problemas.

Mi discurso duró unos 10 o 15 minutos. Lo dijimos todo. Casi, casi le hice una lista de pros y contras. No cuento esto como una excusa. De hecho, ahora que lo pienso me doy cuenta que haber dicho todo eso conscientemente (y sobriamente) hace que mis decisiones posteriores sean todavía peores. Él me dio sus argumentos (más halagos que mi ego se comió completitos) y cuando ya no había mucho más que hablar le dije “creo que sí quiero coger contigo”.

Así que pasó. Fue como antes. Quizá mejor. La diferencia fue que esta vez no lo hicimos en su habitación. Nos quedamos en el sofá porque si su novia es como él dice que es seguramente encontraría cabellos míos en la cama. Estará mal decirlo, pero fue muy erótico que mientras me penetraba hablamos de no dejar rastros, tener todas mis cosas (bolso, celular, etc.) en un solo lugar para no olvidarlas, cerrar las cortinas por aquello de que no fuera a pasar una vecina.

Así que así fue. Cogimos en el sofá. Diferentes posiciones, besos, lamidas, gemidos. Toda la situación fue muy, pero muy pasional. Él me dijo que extrañaba como se sentía estar dentro de mí, como cuando me conoció en la pizzería, como cuando me cogió en el balcón de aquél hotel, como cuando lo hacíamos en el coche de su hermano (que moría de celos porque también me quería coger), que todo este tiempo se ha masturbado recordándome, que quería darme muchos orgasmos…

Ya sé que mi compás moral siempre ha estado un poco extraviado, pero en ese momento sentí que más que coger estaba ayudando a un amigo. O sea, claramente él necesitaba sexo sin compromisos y quién mejor que yo para ayudarlo con eso.

Todo funcionó perfecto. Él dijo que estaba a punto de terminar cuando apenas llevábamos unos veinte minutos haciéndolo, pero me las ingenié para prolongar la sesión un poco más. Yo terminé montaba sobre él, de espaldas, y justo después le dije que era momento de que él lo hiciera. Seguí moviéndome y cuando no pudo más, se paró junto a mí y me dijo que no quería tirarlo al piso para no ensuciar la alfombra, así que me lo metí a la boca, dijo me voy a venir y me lo tragué todo. No estaba preparada para eso, la verdad.

Él se quedó ahí, parado, frente a mí, pensé que todo había terminado así que seguí lamiéndolo, con cariño, limpiando todo su falo para que no quedara evidencia de lo que habíamos hecho. En algún momento él me diría suficiente. Pero no dijo suficiente. Me empujó hacia el sillón hasta dejarme acostada, me abrió las piernas y me volvió a penetrar. Eso se sintió fenomenal e inmediatamente pensé que me regalaría otro orgasmo.

No pasaron más de cinco minutos cuando él dijo que terminaría otra vez. Se iba a acomodar para dármelo en la boca otra vez, pero lo jalé hacia mí con mis piernas y le pedí que no se saliera. Lo quería adentro. Me abrazó muy fuerte y tuvo un orgasmo muy intenso. Se sintió genial. Para mí y para él.

Cuando le conté a Mayra esto de que yo le pedí que terminara dentro de mí lo primero que dijo fue “¿Entonces para qué madres compraste condones?” Por tonta. Esa es la única respuesta. Hay muy pocos hombres a los que les permito penetrarme sin condón. Pepe es uno de ellos. Eso lo sé desde el primer día que me acosté con él y como estaba segura que esa sería la última lo habría hecho, aunque él no me preguntara.

Bueno, para terminar esta historia: Después del sexo no hubo silencio incómodo, ni miradas que evitar. Todo lo contrario, él se preparó otro trago. Sacó un porrito para quemar como en los viejos tiempos y todo fluyó normal. Mi indecisión y mis nervios habían desaparecido y por un momento me olvidé que Pepe tenía una relación sentimental. Por un momento nada más, porque mis planes para esa noche habían cambiado. Ya no me podía quedar a dormir en su casa (por los cabellos en la cama y demás). Después de un rato de plática equis decidí pedir un Uber y aunque él protestó un poco, no hizo mucho por detenerme. Eso sí, me encargué de no olvidar nada para no dejar evidencias. Para mí, esa noche fue como cualquier otra noche con el Pepe de mis tiempos en la universidad.

Pero no iba a ser tan fácil. Cuando iba de regreso a la casa de Mayra no pude dejar de pensar en lo que diría mi papá si supiera lo que acababa de hacer. No sé por qué pensaba en mi papá. Quizá era mi consciencia hablándome. Reclamándome. ¡Lo volviste a hacer, idiota!

Esa misma noche le conté a Mayra todo lo que había pasado. Estaba más interesada en los detalles sexuales que en la cuestión de la infidelidad. Ya era de madrugada cuando nos acurrucamos en su cama y dormimos como bebés.

A la mañana siguiente, mientras platicaba con ella sobre esto me di cuenta que sonábamos como personas extrañas. No me reconocí en mis palabras. Ahí estábamos, intentando darle sentido y buscando excusas de por qué había hecho lo correcto al “ayudar” a un amigo. Me hace sentir mal no tener remordimientos ni sentimientos de culpa. Debería tener sentimientos negativos sobre lo que hice, asqueada conmigo misma, pero simplemente no lo siento.