Ayer murió el escritor Sergio Pitol. Por más que el desenlace era esperado desde hace tiempo, no deja uno de dolerse y sentir nostalgia y tristeza por la pérdida. Aquí va un pequeño recuerdo.

Casi diecinueve años atrás

“¿Así que te vas a ver a Sergio Pitol y no me llevas?, ¿eh? Sergio es uno de mis escritores preferidos y difícilmente podré tener la oportunidad de estar cerca de él como tú lo estarás y veme aquí, muriendo de la envidia”

Esto me lo dijo Chavelita López, reportera de un periódico de Guadalajara. Caminábamos por las calles del centro dizque “histórico” de la ciudad mientras se le escurría de las manos una nieve de limón. Era un día caluroso de octubre de 1999.

Un mes antes había ganado el concurso para hacer el busto de Sergio Pitol con otro realizado en yeso de mi escritor preferido: Juan Rulfo.

Y entre enojada y retadora, Chavelita me dijo:

−Pero no te vas así nomás, ¡eh!, tienes que traerme una nota o una crónica.

−¡Pero Chavelita, yo no sé escribir y nunca he escrito!

−Yo no sé, tú tienes que traerme algo de tu encuentro con el escritor y yo propongo al periódico tu nota o crónica o lo que sea…

−Pero Chavelita, yo no sé escribir nada y además no sé si podré tomarle las fotos que requiero para el busto, y no se sí podré hacer el busto y no sé nada de nada Chavelita.

−Se acabó, he dicho y este es un acuerdo.

−Ah chingá, cuál acuerdo Chavelita ¿Cuándo quedamos? Yo no me comprometo a nada porque no sé qué es eso de las crónicas ni nada.

Había caído la noche y estábamos esperando el camión. Ella iba al poniente de la ciudad y yo al sur. Cuando arribó el autobús, subió al camión, y desde los primeros escalones y con su voz agitada, me gritó: “a tu regreso quiero el texto: ¡mínimo tres cuartillaaas!”

Yo me quedé esperando el camión que no llegaba y ya era tarde. Estaba preocupado, pensando en las dificultades que se ponían enfrente: ¿y si no se deja tomar las fotos?, ¿y si no me sale el busto?, encima de todo esto la Chavelita con su canija presión de traerle tres cuartillas… Ah, ¡pinche Chavelita! ¿Y’ ora qué hago?

II

El sábado veintitrés de octubre me encontraba en Xalapa. Era de noche, llovía y hacía un frío de la chingada. Encontré un hotelito barato para dejar mi mochila, hablar por teléfono y hacer la cita con Sergio Pitol para el día siguiente. Después salí a cenar. Caminé un rato.

El domingo temprano me encaminé a la cita. Sergio vivía en un callejoncito: Pino Suárez #11. Me pasé de largo pues era temprano y quería conocer el jardincito pequeño que estaba al fondo de la privada. En el centro del jardín había un busto irreconocible por plano y tieso. Sólo sabía que era de Colosio porque estaba escrito con letras doradas sobre el pedestal. Inevitablemente volví a sentir la presión y a preguntarme frente a tal adefesio: ¿y si no me sale?

III

De Sergio Pitol había leído con mucho gusto y de un jalón El arte de la fuga, un libro que mezcla la crítica de cine, literatura y es, fundamentalmente, autobiográfico.

Leí sin mucho interés El desfile del amor y había visto la película La vida conyugal, de Carlos Carrera (basada en un libro de Pitol). Pero El arte de la fuga me había emocionado mucho y me decía mucho del personaje que muy pronto conocería.

Toqué la puerta. Segundos después abrió una mujer morena y bajita. Me condujo a la parte alta donde se encontraba el estudio. Escuché de repente la voz que había oído en el teléfono un día anterior: “póngase cómodo, ahorita voy”. A los pocos minutos apareció el escritor acompañado de dos perros.

−Éste es Sacho, el perro que describe en El arte de la fuga, ¿y el otro?”

−Es perra, se llama Diana -se le notaba un poco cansado, acababa de llegar de Orizaba-.

−¿Así que usted es el escultor?  Fíjese que cuando me dijeron que tendría un busto, luego me vino a la memoria uno que se encuentra al final de la calle. Es de Colosio. ¿Ya lo vio? ¡Es malísimo!

Antes de responder ya estaba invadido de preocupación: ¿y si no me sale?

−Sí, sí, sí, ya lo vi, es ¡malísimo! –respondí como pude–.

El retrato es quizás lo más difícil dentro de la escultura, digamos, “formal”. A veces uno no encuentra la manera de quitarle al retratado la sonrisa petrificada y/o la mirada incómoda.

Vino después una plática muy rica sobre escultores. “¿Cuáles escultores prefiere?” –me preguntó.

Yo le respondí: “mis gustos han variado mucho: Isamu Noguchi, Alexander Calder, Henri Moore

“¿Y Brancusi?, ¿le gusta Brancusi?” –me preguntó mientras extendía el brazo hacia atrás para tomar un libro sobre la obra del escultor rumano–. A él le parecía genial. Y tenía razón, es verdaderamente genial.

IV

Había pasado como dos horas de charla de variados temas. De pronto Sergio Pitol se levantó y me dijo: “estoy listo para las fotos, usted dígame ¿dónde me instalo?” Tomé fotos de frente, perfil y tres cuartos. Hice algunos acercamientos a los ojos y capturé algunas de abajo para arriba que servían para la construcción de volúmenes. Terminando la sesión me invitó a comer y en la sobremesa salió el tema de la literatura; algunos nombres circularon: Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Julio Cortázar y por supuesto, Juan Rulfo.

Entonces dijo Pitol: “Juan era así muy serio, como ensimismado, como en otro mundo”.

Nos despedimos. Quedamos de vernos en Guadalajara, en el contexto de la Feria Internacional del Libro. Yo hice su busto. Y pienso que sí, que le gustó.