Desde la taquillera película “Nosotros los nobles” –incluso, tal vez, desde “Amarte duele”- parece que el “cine de mirreyes” se ha vuelto una franquicia rentable para recuperar -aunque sea un poco- de lo que la “TV basura” perdió después del “sunami” de las redes sociales y el internet que, mal o bien, trajo consigo una aproximación a la democratización de los medios masivos y, poco a poco, la debacle de Televisa y TV Azteca, dos gigantes que parecían inmortales e intocables hace no muchos años.

La más reciente película de “mirreyes”, cuya antecesora en el género es, “¿Qué culpa tiene el niño?”, tiene como trama la fórmula que parece ser la gallina de los huevos de oro: la necesidad de la convivencia entre “los privilegiados” y los que no lo son, inmersos en un contexto en el que “los pobres buenos” tienen la obligación moral de ser “los guías” de los “mirreyes” que por alguna razón se encuentran desamparados, y quienes más tarde, pasan por una especie de “redención ética” tras un ejercicio –involuntario- de empatía con “los no privilegiados”, eso sí, después de pasar por varios momentos de burla, justificación del privilegio, clichés y banalización de la desigualdad.

De los guiones, no es difícil notar que -implícitamente- existe una obligación moral de los “no privilegiados” de ayudar a los “mirreyes” que caen en desgracia, pues “no están acostumbrados” al sufrimiento de ser pobre o clase mediero, como si se tratara de extranjeros -en su propio país- que desconocen los problemas de la inseguridad, las carencias económicas, el desempleo y la falta de “palancas” y “padrinos”.

El estereotipo del “mirrey” no sólo involucra a aquel personaje envestido de los privilegios que le dio la cuna en la que nació y no el mérito. También se puede vislumbrar el racismo del que no hemos podido escapar desde el sistema de castas que imperó en México desde el siglo XVII: el “mirrey” es blanco, bien parecido, atlético e incluso, homofóbico, machista y filantrópico por moda. La raza parece ser un factor inseparable del estatus económico.

Fotograma de la película “Nosotros los nobles”.

En el lado opuesto, “los otros” se asemejan más a los mexicanos promedio: son morenos (en el mejor de los escenarios, blancos por accidente) y no tienen las características estéticas que exigen los cánones de belleza occidental y, claro, son pobres, por lo que conocen a la perfección el dolor vivir en el “México real”: la cultura del agandalle, la inseguridad y el ingenio mexicano para sobrevivir con adversidades económicas, sociales, educativas e incluso, familiares en contra, las cuales son el centro de las risas de la audiencia que disfruta sentirse identificada con la resignación de los actores que caricaturizan al pobre o al clasemediero.

En estas películas, el común denominador es que la fortuna familiar, en algún momento, se obtuvo por la cultura del esfuerzo o el ingenio empresarial, cuando en la realidad mexicana estos privilegios, generalmente, son herencias de muchas generaciones atrás.

Es ahí donde entra el elemento ficción: “los mirreyes” y sus antecesores no conocen la corrupción, el dinero es bien habido y el paterfamilias es una persona de reputación intachable, quien a diferencia de sus hijos sí conoció “el México real”.

La recompensa para la audiencia es que, ya sea por amistad, amor o por simple generosidad del “mirrey” se logra el fin de la lucha de clases y hay un final feliz: cuando el protagonista logra recuperar sus privilegios ya no será clasista, racista, soberbio, ostentoso o inhumano y hará del pobre una especie de “Sancho” que lo acompañará en sus nuevas travesías y al que “hará el favor” de reconocer como un igual. Los argumentos son tan burdos que pareciera que estas películas son una adaptación al cine del libro de Ricardo Raphael titulado “Mirreynato. La otra cara de la desigualdad”.

Este tipo de cine no están lejos de ser la versión millenial del llamado “cine de ficheras”: basura cinematográfica que justifica lo peor de la sociedad mexicana, a cuenta de apoyos gubernamentales.