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Polemon | 18 agosto, 2017

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Sobreviviré aunque me cueste la vida: Eduardo Galeano

Sobreviviré aunque me cueste la vida: Eduardo Galeano

Por: Jaime Avilés (@desfiladero132)

13 de abril 2015.- Encontrarse con Eduardo y con Helena siempre era un regalo de lujo. La primera vez que vi palabras escritas por su mano y por su pluma directamente sobre un papel fue en Guadalupe Tepeyac, junio de 1994. El EZLN estaba construyendo el Aguascalientes para la Convención Nacional Democrática y Marcos me pidió que sostuviera una bolsa de plástico. No pesaba mucho. Adentro sólo había un libro de Eduardo Galeano, dedicado a Marcos por Eduardo Galeano.

Año y medio después vinieron a México y fueron a Chiapas. Yo era ya reportero de La Jornada y andaba con una camioneta pick up azul en el Aguascalientes de Oventik. Tener suerte es nacer con una flor en el culo. Alguien me dijo que si podía darle un aventón a Eduardo Galeano y a su esposa. Hombre. En ese viaje a San Cristóbal de Las Casas nos hicimos amigos. Ellos querían saber todo acerca de la rebelión indígena, yo no paraba de hablar, él continuamente sacaba del bolsillo de la camisa una libretita y tomaba notas con un bolígrafo. Tal como aparece en esta imagen.

El escritor Eduardo Galeano. Foto: Juncia Avilés

El escritor Eduardo Galeano. Foto: Juncia Avilés

La segunda vez nos encontramos en Italia. Después del segundo aniversario del alzamiento yo había conocido a Gianni Minà, el periodista italiano que en 1960 llevó a los Beatles a una casa de putas en Roma, el gran Gianni Minà que en julio de 1996 vino a México y fue a Chiapas y Blanche Petrich le dijo que si alguien podía conseguirle una entrevista con Marcos era yo. De modo que meses después, a fin de publicar su diálogo con el Cara de Trapo, Gianni le pidió a Galeano un texto, a guisa de introducción a su libro, y a mí un texto a guisa de relleno. Cuando ese libro salió, la presentación fue en Venecia.

Detrás de la mesa estábamos Galeano, Minnà, Paco Ignacio Taibo Segundo y el de la voz. El auditorio estaba repleto de jóvenes ligados a los centros sociales y al grupo Ya Basta. Después, el alcalde de Venecia, que era todo un filósofo y un verdadero ecologista, nos invitó a cenar, y Taibo, que quería ser el secretario de Cultura de Cuauhtémoc Cárdenas en el GDF, contó una anécdota empuñando un cuchillo que alzó por encima de nuestras cabezas y sembró el pánico en las mesas vecinas durante media fracción de segundo.

Más tarde, Eduardo y Helena me propusieron que tomáramos una copa en algún bar al aire libre y cuando él pagó y le trajeron el cambio, preguntó a su mujer si sabía cómo se decía eso, el vuelto, en italiano. Ella lo averiguó y dijo: “Se dice il resto”. El opinó: “Qué fúnebre”.

No volvimos a encontrarnos hasta que empezó este siglo. En diciembre de 2001 se desmoronó la economía argentina, estalló la crisis del corralito y La Jornada me envió a Buenos Aires. Unos días antes de regresar a México lo llamé a Montevideo, nada más para saludarlo. “No te puedes ir sin venir a saludarnos.”

Obvio: al otro día tomé el Buquebús y, al cabo de cuatro horas de navegación por un mar de agua dulce, desembarqué en la orilla oriental del Río de la Plata, ubicación que da a ese entrañable paisito la denominación oficial de República Oriental del Uruguay.

A finales de enero de 2002 el calor del verano austral era pesadillesco. Eduardo y Helena me convidaron a comer un asado en su jardín, y por la tarde, él y yo salimos a caminar por un parque del barrio de Malvín, en compañía de Morgan, su adorado perro colorado. Luego, en un café, me dio una entrevista.

A la noche siguiente me presentó a “los chicos”. Fuimos a un restaurante en la zona antigua de Montevideo, cerca del puerto, y nos reímos alrededor de una mesa pletórica de viejitos dicharacheros, sus amigos del alma. Uno de ellos, médico por cierto, dio la voz de alarma. “Sí te duelen las rodillas puede ser cáncer de próstata”, dijo. Y Eduardo se interesó: “¿Y si duele la próstata puede ser cáncer en las rodillas?”. Aquella reunión se acabó literalmente de golpe a raíz de un telefonazo. Morgan, siempre juguetón, acababa de tirar a la mamá de Helena y había que llevarla a un hospital para que la vieran.

En diciembre de 2004 regresé a Montevideo, esta vez con mis hijos, para pasar con Helena y Eduardo la noche del año nuevo que marcaba el final de la dominación bipartidista en Uruguay. Tabaré Vázquez había ganado las elecciones presidenciales a nombre del Frente Amplio y en su estólido mensaje la noche del triunfo había dicho tres palabras desde un balcón: “Celebren, uruguayos, celebren”. Ahora, las calles del centro estaban empapeladas con las ofertas de una agencia de viajes: “Vacacionen, uruguayos, vacacionen”.

A pesar de las lejanías y de los lapsos de dos o tres años que separaban nuestros reencuentros, manteníamos comunicación por correo electrónico. A él debían de escribirle miles de personas y sus respuestas, por ello, eran brevísimas. Supongo que para teclear más rápido no usaba mayúsculas y se limitaba a tres, máximo cuatro líneas. Una vez le mandé una carta por Gmail acerca de la gran decepción que había provocado en México el subcomandante Marcos. Contestó así: “eso es lo que llamo un pecado contra la esperanza”.

Tras la privatización de Pemex le escribí en enero de 2014. “Queridos amigos tan queridos. Los recuerdo con tristeza desde este ex país que ahora es sólo un paisaje en las garras de Pemex y demás hermanitas. Ojalá este año nos permita volver a vernos”. El 3 de enero respondió: “jaimito querido, helena y yo estamos horrorizados. no sería justo acusar a los ladrones de países, porque al fin y al cabo ése es su oficio; pero los que vendieron a méxico, a precio vil, merecerían tostarse en el infierno por siempre jamás”.

A esas tempranísimas alturas del año pasado, ya sabía que tenía cáncer, el tercero en su expediente clínico: uno le había costado medio pulmón, otro, como él mismo dijo, “una mínima peluquería de la próstata”, y ahora éste, el que lo mató finalmente hoy en la mañana. Helena me dio la noticia, a solas en el hotel Camino Real, cuando la acompañé a fumar en una zona al aire libre.

“Noté que le estaba cambiando el color de la cara. Edu, le dije, eso no es normal, vamos al médico. Y resultó cáncer, otra vez, maldita sea”. Helena se moría de pánico nada más de pensar que se le muriera en México. Era el primero de noviembre de 2012. Ellos habían venido porque Eduardo tenía que clausurar un importantísimo congreso de sociólogos latinoamericanos leyendo un texto de 40 minutos. Pero aún faltaban algunos días para eso.

Por su parte, también a solas, Eduardo me contó como presumiendo. “Lo que no te he dicho es que, cuando desperté después de la operación, el Pepe Mujica estaba sentado a la orilla de mi cama. ¿A vos te ha pasado eso de despertar en un hospital, y que un presidente de la república esté sentado en tu cama, cuidándote?”.

Luego, en la cena, explicó: “Nunca hemos visto una fiesta de muertos en México, ¿a dónde podemos ir mañana?”. Al día siguiente los llevé al Panteón de Dolores, valga decir, a la Rotonda de las y los y les y lis y lus y lxs y [email protected] Ilustres, para que vieran la tumba de Tina Modotti. Mi querido amigo, el caricaturista Daniel Camacho, me prestó su jeep, y enlatados como sardinas salimos del hotel para dirigirnos a una farmacia de Polanco.

Conferencia del escritor Eduardo Galeano en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, México D.F. , 9 de Noviembre, 2012

Conferencia del escritor Eduardo Galeano en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Foto: Mundoalreves.org

Uno de los efectos secundarios del medicamento era que se le había puesto la piel color betabel y se le estaban despellejando las manos. Desde Montevideo el médico les había recomendado esa mañana que se untara una pomada especial de no sé qué y que se tapara las heridas con curitas. Esto ayudará a entender, a quienes vean la foto que mi hija le tomó en la Rotonda, por qué tiene en las manos tantos parchecitos.

Para Helena y Eduardo, la panchanga en el panteón, fue mucho más asombrosa de lo que se hubieran imaginado. Mariachis, tacos, tamales, tortas, refrescos, chupe, orquestas de salsa, bailes, payasos y cómicos. Esto, dijo Eduardo, “allá en el Uruguay sería inconcebible”. Luego empezó a chispear y se aterrorizó. ¿Mojarse, agriparse? De ninguna manera. Fui lo más rápido que pude a buscar el jeep de Camacho y en medio del tráfico los encontré a la puerta del panteón llamando deseperadamente a un taxi.

Helena me había contado la víspera. “Estábamos en la casa cuando lo invitaron a venir acá. Yo le dije que no, le dije que viajar así era una locura. Y no sé de dónde le salió el espíritu anglosajón y me dijo. Prefiero ir que quedarme aquí, a morirme como un perro”. “Tiene toda la razón”, observé. “Sí, pero Jaime, no sabés la angustia que tengo, es demasiada responsabilidad para una”.

Dos noches más salimos a cenar. Una al D.O, en Polanco, ya no tan bueno como antes, o sería que estábamos todas y todos con desgano. Para él fue un esfuerzo comerse unos huevos rotos, pero de todos modos, como siempre, estar con ellos fue un regalo de lujo. Y la parte femenina de una simpática parejita de brasileños, amigos de un amigo de Eduardo, inmortalizó esta conseja: “No hay que vivir ni tan cerca de la suegra para que venga con pantuflas, ni tan lejos para que venga con maletas”.

En la puerta de ese restaurante, ya de salida, me tendió la mano –la pomada había surtido su efecto–, me dio un apretón y me dijo con humor autoparódico: “Jaimito, sobreviviré aunque me cueste la vida”. Hoy cumplió su promesa. Desde esta mañana, dice la gente en Tuiter, Eduardo Galeano es inmortal.

Comentarios

  1. Consuelo Gallardo

    Muchas gracias por compartir estos hermosos recuerdos. Eduardo Galeano es inmortal sin duda.

  2. oliver

    Jaime, que lindos recuerdos. Gracias a Galeano encontré este sitio donde podremos leer el Desfiladero nuevamente, será un placer.

  3. victor

    jaime,como siempre me sorprende tu buena suerte,buenísimo tu articulo,muy bien documentado,como casi todo,un saludo afectuoso yabrazo virtual

  4. Miguel Merino

    Gracias, señores. A los dos. Y a todos los demás actores.

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