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Polemon | 23 octubre, 2017

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¿Quién diablos fue Polemón?

¿Quién diablos fue Polemón?

Por: Paula Abramo* (@paulicantropa)

27 de marzo de 2015. Imaginemos un mundo donde los maestros de lengua se volvían riquísimos, donde las ciudades acompañaban sus discusiones como si se tratara de partidos de futbol. Imaginemos que una ciudad se enemista en serio con otra porque su maestro local acusa al de otra de depilarse demasiado.

Ese mundo existió: tuvo lugar en el Imperio Romano, del siglo II en adelante, y giró en torno a lo que se conoce como “segunda sofística”: un renacimiento de la retórica griega, y del griego clásico de Atenas, en pleno mundo ya grecolatino. Hay que agradecerle a la segunda sofística. Nos dio un fruto ácido pero deleitoso: Luciano de Samosata, que se burló de todo.

Centrémonos en un nombre: Polemón de Laodicea. Cierta madrugada, Polemón, maestro de retórica, llega de viaje a su mansión, en Esmirna –hoy Ízmir en Turquía–. Viajaba mucho, como si fuera un rockstar, y había adquirido hábitos consecuentes a su fama.

Polemón de Laodicea era tan rico que viajaba y vivía como un rockstar.

Polemón de Laodicea era tan rico que viajaba y vivía como un rockstar.

Su irreverencia y su elevado concepto de sí mismo quedaron inmortalizados en lo que de él relata Filóstrato en sus Vidas de los sofistas. Polemón llega, pues, a su casa (la mejor de la ciudad), acompañado por su séquito de burros, mulas, esclavos, perros varios (una raza de perro para cada tipo de cacería), sobre un carro con frenos de plata de las Galias. Es sabido que así viajaba siempre, gracias a las colegiaturas que cobraba a sus discípulos, jóvenes de la flor y nata del mundo grecorromano.

Polemón toca a la puerta, pero no le abren. Dentro duerme Antonino, el futuro emperador de Roma, que al pasar por ahí decidió hospedarse en casa del rétor ausente. Polemón no se conforma: arma un escándalo y saca de allí al heredero al trono arguyendo que es inconcebible verse echado de su propia casa. Todo se le perdonará, aunque en el futuro, cada vez que se encuentren, Antonino le hará bromas al respecto. Es Filóstrato de Lemnos, el biógrafo, quien relata la escena, hacia fines del siglo III.

Pero volvamos atrás en el tiempo. Otra escena: dos prostitutas dialogan alarmadas. Ha vuelto de la guerra Polemón, el mercenario, cargado de riquezas y en busca de Paníquide (una de ellas). Ella y su amiga Dórcade tienen en casa a un cliente, Filóstrato, y temen que Polemón se entere: ¿qué hará, si llegando a casa, la encuentra ocupada por Filóstrato? Pasa lo peor: el guerrero amenaza con sacar de allí a Filóstrato echando mano de todos sus mercenarios.

Alegoría de las prostitutas en una época anterior a Luciano de Samosata. Foto: Internet

Alegoría de las prostitutas en una época anterior a Luciano de Samosata.

Imposible dejar de sentir un eco, en este diálogo de Luciano de Samosata¹, del episodio de Polemón y Antonino. Y, además, ¿qué hace Filóstrato –tocayo del biógrafo– en casa de las prostitutas? ¿Mera coincidencia? La alusión y la burla permean casi cada una de las líneas de Luciano. ¿Tiene este Polemón que ver con Polemón de Laodicea?

La historia griega abunda en Polemones. En la Suda, una enciclopedia bizantina del siglo X, hay cuatro². Uno es Polemón el Escolarca, o Polemón de Atenas: un borrachales de la Atenas Clásica luego redimido, por obra de la Academia platónica, que no pasó impune por la pluma de Luciano.

“Escuchad, miembros del jurado” dice la Academia, “en primer término las palabras en favor de la Borrachera (…). La desdichada ha sido víctima de los mayores atropellos por parte mía. El único esclavo que tenía amigo y fiel a ella (…) se lo he quitado, aquel famoso Polemón que, a mediodía, por la plaza atestada, solía ir de juerga llevando una flautista y cantando sin parar hasta la tarde, siempre borracho y beodo, y con coronas de flores y guirnaldas en la cabeza.

“(…) Pero una vez que acudió cantando, desgraciado de él, a las puertas de la Academia, como acostumbraba hacer ante todos, sometiéndole a esclavitud y arrebatándolo con violencia de las manos de la borrachera y llevándolo a su vera, le obligó a beber agua, le enseñó, cambiando su costumbre, a estar sobrio, y le arrancó sus coronas. Y cuando, sentado a la mesa, le tocaba beber, le enseñó palabrejas retorcidas, lamentables y plagadas de profundo contenido.

En su obra, Historia verdadera, Luciano imaginó el primer viaje a la luna.

En su obra, Historia verdadera, Luciano imaginó el primer viaje a la luna.

“De modo que, frente al aspecto saludable y la tez sonrojada que había tenido hasta entonces, el pobre hombre se ha tornado pálido, arrugado de cuerpo y, olvidando todas sus canciones, (…) se sienta hacia media tarde a divagar sobre los diversos temas que yo, la Academia, le enseñ锳.

Este Polemón llegó a ser tan temperante y ataráxico que lo nombraron director de la Academia. La edición de Gredos identifica a este Polemón como un “personaje de la época de Luciano, juerguista, al parecer”, pero es más posible que se trate del Escolarca, que vivió antes de Cristo. No podemos saber qué tanto elucubró este Polemón a lo largo de su vida filosófica, porque ningún escrito suyo ha llegado a nuestros días.

El segundo Polemón fue un personaje sobrio. Se trata de Polemón de Ilión, apodado el Periegeta, o Heládico (porque tuvo ciudadanía ateniense). Fue historiador: se dedicó a registrar inscripciones de monumentos en muchas ciudades griegas. La Suda le atribuye también una Geografía. Su vida no nos rindió tantas anécdotas y colorido como la de sus tocayos primero y tercero.

Porque el tercero es Polemón de Laodicea, el verdadero contemporáneo de Luciano. Algo más viejo que él, se dice que pudo incluso ser su maestro. Ya lo conocemos un poco. Otras cosas pueden contarse de él, como que en Esmirna se le aclamaba porque el respeto que le tenían los emperadores romanos, sobre todo Adriano, le permitió encauzar a la ciudad jugosas inversiones, gracias a las cuales se construyeron un templo, un mercado y un gimnasio.

Además, según Filóstrato, daba buenos consejos a gobernantes y gobernados, pues no tenía pelos en la lengua. Se suicidó a los 56 años porque lo aquejaba la artritis. Según la Suda, pidió que lo enterraran vivo para morir de hambre en el sepulcro y lo último que dijo fue que seguiría viviendo si le dieran otro cuerpo.

El cuarto Polemón que figura en la Suda es misterioso. Sólo se sabe que se le conocía como “el más joven”, que fue, también, un rétor, y que vivió en tiempos de Cómodo. ¿Quién es, entonces, el Polemón que visita a las prostitutas del diálogo de Luciano, y se topa con Filóstrato?

Polemón de Estiria, de la tribu Pandiónide”, se presenta el personaje. Tribu y demo existieron, pero la historia no ha dejado rastros de este Polemón, y su coexistencia ficticia con un tal Filóstrato parece ser mera coincidencia.

Filóstrato de Lemnos escribió sobre la vida de Polemón de Laodicea décadas después de la muerte de Luciano (125 dC). Parece tratarse nada más que de un personaje lucianesco. Uno de los muchos que conforman la cohorte de pícaros, cínicos, cuestionadores y traviesos que recorre las páginas de Luciano de Samosata. Uno más entre el puñado de Polemones que nos legó la literatura.

[1] Diálogo noveno de Diálogos de las hetairas, en Luciano, Obras, vol. IV, trad. de José Luis Navarro González, Madrid, Gredos, 1992, pp. 321-325.

[2] La Suda puede consultarse online: http://www.stoa.org/sol/.

[3] Luciano de Samosata, Doble acusación o los tribunales, en Obras, vol. II, trad. José Luis Navarro González, Madrid, Gredos, 1988, p. 104.

*Paula Abramo es poeta, helenista y políglota. Su ópera prima, “Fiat Lux” (2013), ha cosechado encendidos elogios. También es traductora del portugués al español. Entre los ya incontables textos que ha vertido de una lengua a otra, figura, destacadamente, La Academia, del poeta brasileño Raúl Pompeia, que en estos días ha salido en segunda edición. Su página electrónica traicionarespreciso.blogspot.com ofrece una variada muestra de sus continuos trabajos.

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