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Polemon | 18 agosto, 2017

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Polemón en Fondeadora: Los manicomios del poder |Descarga gratuita

Polemón en Fondeadora: Los manicomios del poder |Descarga gratuita

Por: Redacción (@revistapolemon)

21 de agosto 2016.- Como ustedes recordarán, entre noviembre y diciembre del año pasado, este semanario mensual que sale todos los días a veces, emprendió una campaña en Fondeadora para reunir 150 mil pesos y convertir tres títulos de Jaime AvilésLa rebelión de los maniquíes, Los manicomios del poder y Palabras desde el sur— en libros electrónicos.

A medida que se acercaba la fecha de vencimiento, Fondeadora nos aconsejó reducir la meta a 80 mil pesos. Con gran esfuerzo y angustia de nuestra parte, y la generosa respuesta de ustedes, al final conseguimos juntar 86 mil. Quedaba sobrentendido que una porción de ese dinero sería para los libros y el resto para resolver nuestras deudas más apremiantes y seguir haciendo periodismo independiente. Prometimos que los libros estarían a disposición de ustedes el pasado 21 de marzo, fecha de nuestro primer cumpleaños.

Las cosas se dieron de otro modo. Nos comimos el fondeo —el hambre es canija y más quien lo dude— pero no olvidamos nuestro compromiso. Desde entonces, sin dejar de trabajar para ustedes, por decencia nos abstuvimos de volver a solicitar su apoyo económico. Empleándonos en otros menesteres logramos al fin conseguir los fondos que faltaban y, ¡puf!, cinco meses después de la fecha ofrecida, ya están a su disposición, en nuestro portal electrónico, Los manicomios del poder y La rebelión de los maniquíes, para que los descarguen en dos formatos, PDF y Epub, y los compartan o los impriman y vendan, o les den el uso que más les guste.

En la página legal (chéquenlo) establecimos que “queda ESTRICTAMENTE PERMITIDA la reproducción de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático y el aprendizaje de memoria onda Ray Bradbury”. En el colofón, por su parte, nuestra editora electrónica, Alma Soto Zárraga, asentó que estos libros fueron subidos al superespacio con una computadora que no ha sido acabada de pagar. Así las cosas.

Mientras las publicaciones de papel agonizan o se someten a las necesidades propagandísticas de la dictadura, el periodismo independiente sobrevive, y se desarrollará inexorablemente, gracias al apoyo económico de sus lectores. En Estados Unidos, por ejemplo, esto forma parte ya de la cultura democrática de la sociedad. Ahora mismo, Animal Político, otro portal de noticias, y la extraordinaria revista El Chamuco, están haciendo campaña en Fondeadora para seguir adelante. Hagan su mejor esfuerzo, como lo hicieron con Polemón, y otórguenles su respaldo. Nosotros, al haber incumplido nuestro compromiso, no teníamos cara para solicitárselos.

A manera de compensación, decidimos que todas las personas que nos fondearon, desde 50 pesos hasta 10 mil, recibieran Los manicomios y Los maniquíes en sus correos electrónicos. El mes próximo recibirán Palabras desde el sur. Y nuestro propósito es seguir haciendo libros, pero ante todo periodismo crítico y puntual. En el casi año y medio de vida que tiene esta revista, hemos sido leídos por más de 20 millones de personas. Y ya ganamos nuestro primer dinero a cambio de un anuncio: menos de 100 pesos. O sea que vamos para arriba. A continuación, en señal de gratitud, publicamos los nombres de quienes nos fondearon, así como el prólogo a la primera edición electrónica de Los manicomios del poder. Una vez más, un millón de gracias.

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Esta primera edición de Los manicomios del poder en Polemón Libros ha sido posible gracias a las aportaciones de Federico Mastrogiovanni, Pedro Cote, Rubén Bonilla, Gabriela Elvira, Oliver Page, Miriam Betancourt, Candelaria Ochoa, María Eugenia de Alba, Pío Lorenzo López Obrador, Iván Escalante, Adda Stella Ordiales, José García Hernández, Carolina Coppel, Horacio Rodríguez dell Arciprett, Claudian Pliego, Norma Eréndida Sandoval, John Ackerman, Pablo Amílcar Sandoval, Ulises Labastida, Carlos Román Chávez, Giovanna Cavasola, Liliana Felipe, Berta Maldonado, Jesusa Rodríguez, Socorro Valadez, Paloma Galván, Héctor Díaz Polanco, Melody A. Guillén, Roberto Gutiérrez, Gustavo Teodoro, Cuatrocientos Conejos, Eliseo Antonio Jiménez Martínez, Laura Berúmen, Diana Cardozo Benia, José Peguero, César Cravioto, Jesús Salazar Vázquez, Martí Batres, Luis Guillermo Benítez, Fernando Menéndez, Argelia Valles, Matilde González Rullán, Moani Compeán Navarro, Gustavo Urrutia Romero, Valentina, Nuria Lanzagorta, Rodrigo Ávila, Rodrigo Borja Torres, Galo José Guadalupe, Óscar Fernando Contreras Ibáñez, Maricarmen Zabalegui, Héctor Ortega Martínez, Mireya Acosta Gurrola, Julio César Ortiz, Enrique Gómez, Francisco Rivadeneyra, Cuauhtémoc García, Claudia Fuentes Zárate, Juan José Romero Nava, Rebeca Véjar, Aur Ugalde Ruiz, Giulia Iacolutti y Ortolf Karla en el proyecto Rebelión en los manicomios auspiciado por Fondeadora.

Amigas y amigos, quienes hacemos Polemón, el semanario mensual que sale todos los días a veces, les deseamos lo mejor de lo mejor, siempre…

Jaime Avilés Jorge Gómez Naredo y César Octavio Huerta

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Prólogo a la primera edición en Polemón Libros (2016)

Este libro, en buena medida, se fue escribiendo solo. Cuando conocí en Monterrey al gran músico y mejor cantante Alejandro Fonseca en el café Nuevo Brasil, la periodista Guadalupe Elósegui ya lo había ayudado a sistematizar toda la información que existía sobre el secuestro de Gabriela Rodríguez Segovia. La mujer había sido privada de su libertad hacía ya dos años. Sus propios hermanos la habían internado en un manicomio para despojarla de sus hijos, de su herencia y de su casa, mediante la complicidad de un psiquiatra y un juez corrupto, que la declararon demente. Después de ser censurado en todos los medios supuestamente informativos de Nuevo León, Fonseca me buscó, por recomendación de Elósegui, para que el caso fuera difundido por un periódico de la capital del país.

La Jornada publicó mi reportaje en cuatro partes, la primera de ellas en la contratapa y con espectacular despliegue; en cambio, las restantes salieron en páginas interiores, semiescondidas. El sorpresivo cambio de línea editorial sobre el asunto favoreció desde luego a los hermanos Rodríguez Segovia, empresarios de la élite más poderosa de los desiertos espirituales del noreste mexicano. Era el año 2002. Josetxo Zaldúa ya hacía de las suyas.

Sin verlo nunca, salvo en la tele, se podía decir que me llevaba bien con Joaquín López Dóriga, dado que nos conocimos cuando yo era puberto y él todavía estudiaba la carrera de Derecho. No me costó ningún trabajo localizarlo y pedirle el favor. Siguiendo el razonamiento de Elósegui y Fonseca, pensé que si Televisa denunciaba el secuestro de Gabriela en todo el país, los Rodríguez Segovia, fanáticos religiosos del Opus Dei, quedarían obligados a liberarla.

Entre el fracaso de mi reportaje y la intervención de los corresponsales de Televisa, irrumpió –no hay mejor palabra para describirlo– la fuerza de un torbellino denominado Virginia González Torres, una activista que desde muy joven luchaba, como sigue luchando ahora mismo, por los derechos humanos de los locos. Le pedí ayuda para rescatar a Gabriela. Me la brindó inmediatamente. Cuando la manija de una puerta cerrada con llave impidió que sacáramos a Gabriel de la clínica donde la tenían retenida, Virginia me invitó a conocer los campos de sus batallas cotidianas. Topé así con el doctor Guido Belsasso, el jefe de jefes de los manicomios de la Secretaría de Salud, y con su ingenuo modelo de negocios para enriquecerse, ilegalmente, a través de internet.

El doctor Belsasso gozaba de excelente fama como especialista en el tratamiento de las adicciones. Había sacado del alcoholismo a peces tan gordos como el ex procurador general de la República, ex secretario del Trabajo y ex presidente nacional del PRI, Pedro Ojeda Paullada (POP). Hijo de pobres que lo echaron al mundo en el norte de Italia, Belsasso emigró a México, se benefició del sistema educativo público y gratuito y, agradecidamente, se afilió al PRI, en un momento en que ese partido disfrutaba de una popularidad sin igual: 1968.

Su militancia le permitió convertirse en vendedor internacional de camarones —eso también está contado en este libro— y desde entonces fue rico. La trampa que le tendí para cazarlo y exhibirlo como traficante de influencias destruyó su carrera política: septuagenario ya, le prohibieron volver a ejercer ningún cargo público durante cuarenta años. Encima, lo multaron con 800 mil pesos. Bruno, su hijo, me llamó por teléfono y me preguntó si yo era el “jefe del cártel de Tepito”. Uno de los lacayos más repugnantes del aparato de propaganda del Salinato, el ex comunista argentino, ex refugiado político y “periodista” mexicano, Jorge Fernández Menéndez, difundió en internet una fotografía, tomada quién sabe por quién, durante un espectáculo de cabaret que Jesusa Rodríguez montó en el Zócalo con Liliana Felipe, las Reinas Chulas y yo en el papel de Belsasso. Para ridiculizarlo —estábamos haciendo teatro bufo—, me vestí de camisa blanca, corbata roja, saco bleizer con botones dorados, sombrero de copa, y fumando un habano ostentosamente, cruce el escenario luciendo unos vistosos calzoncillos escarlata y unos calcetines negros y altos, restirados hasta las rodillas.

Cuasi precursor de los memes, en el ya lejano 2003, Fernández Menéndez adornó la fotografía con calumnias: “el borracho Jaime Avilés captado en el momento de escribir su columna”. Me indigné, por supuesto. Respondí de alguna manera y tuve que volver a hacerlo, cada vez que el autor del panfleto ¿De qué vive López Obrador?, lo ponía en circulación. Tardé mucho en enterarme de que Bibiana Belsasso, la hija de Guido, estaba casada con Fernández Menéndez.

Cuando Guido Belsasso fue defenestrado, primero por mi reportaje, después por el escándalo mediático y luego por los altos funcionarios del gabinete de Fox que lo tacharon de “corrupto”, el doctor Julio Frenk, secretario de Salud en aquellos días, me compartió una confesión íntima: yo, disfrazado de viejo abogado genovés, encubierto bajo el ridículo nombre de Francesco Mosca, un magnate deseoso de construir un hotel en Tulum, iba a ser su primer cliente. Belsasso no había ganado un peso como traficante de influencias en internet. Paradójicamente, los panistas que lo satanizaron, poseídos por la más profunda “indignación moral”, se robaron, entre otras cosas, 600 mil millones de dólares, el producto de la renta petrolera obtenida por Pemex durante el sexenio de Fox.

Andrés Manuel López Obrador —a quien dediqué este libro, entre otras razones, para llamar su atención sobre el sistema que oprime, reprime y explota a los pacientes psiquiátricos— estaba una tarde platicando con Ricardo Monreal es su oficina de la colonia Roma, cuando le pregunté si estaba de acuerdo conmigo en que le debía una disculpa al doctor Belsasso.

—Deberías hacerlo— me dijo.

Nunca lo busqué, pero aún me proponía hacerlo cuando murió a las pocas semanas. Este libro me sentó a escribirlo, finalmente, como el libro que es, cuando el grupo Grijalbo-Random House-Mondadori convocó al Primer Premio Debate de Libro Reportaje 2007. Presenté un avance de cien cuartillas. Juan Villoro opinó que en tratándose de un concurso basado en el concepto reportaje, mi libro toca “demasiados temas, debería concentrarse en uno”. Vicente Leñero y Jorge Zeppeda Patterson lo secundaron y se inclinaron por premiar un proyecto sobre los nazis en México. A favor de mi trabajo votaron Carmen Aristegui y Miguel Ángel Granados Chapa. En decisión dividida perdí: me dieron el título de “finalista”. El triunfador, que había mandado apenas treinta cuartillas, reconoció a posteriori que era incapaz de escribir un libro. El generoso novelista Emiliano Monge fue comisionado para llevar a cabo esa tarea. Pero antes dejó estas palabras en la cuarta de forros de Los manicomios del poder:

“En México la locura se ha convertido en un negocio redituable y los manicomios en las cárceles del poder y del oprobio. Los magnates de siempre y los funcionarios corruptos encontraron en las enfermedades y en las instituciones mentales el pretexto que anhelaban: un depósito de chatarra humana para internar a quienes les resultaban incómodos. Éste es el caso de Gabriela Rodríguez Segovia, la hermosa dama de Monterrey, a quien sus familiares, coludidos con las autoridades, encerraron en contra de su voluntad para separarla de su amante y despojarla de sus bienes.

“Jaime Avilés ha escrito un libro extraordinario, una crónica aterradora que denuncia la corrupción que reina al interior del sistema de salud mexicano —del que Guido Belsasso es ya un ícono— y dibuja la violenta realidad que enfrentan los enfermos mentales y quienes, sin serlo, son privados de sus libertades y derechos básicos. El abuso del poder se ha lavado la cara y viste de bata blanca.

“En Los manicomios del poder el periodismo se confirma como un género absoluto, en el que se logra la mezcla exacta de ensayo y narración literaria y los personajes de la realidad se convierten en aparentes héroes o villanos de ficción, como Vicente Fox, Guido Belsasso, Fernando Margáin, Teresa García, la familia del Doctor Simi, Francesco Mosca, Alejandro Fonseca y Massimo Calandri, entre otros que desfilan por estas páginas”.

Nueve años después de la aparición de este libro, poco ha cambiado en el mundo invisible de los manicomios públicos en nuestro país. Tras la caída de Belsasso, Julio Frenk, entonces titular de la Secretaría de Salud, colocó a Virginia González Torres al frente del Consejo Nacional de Salud Mental y reconoció que el modelo de atención creado por ella, el Modelo Hidalgo, era la base para construir un Modelo México, que replicando el que nació en el hospital Ocaranza de la ciudad de Pachuca, se extendiera a todas las instituciones asilares del país.

Con base en la Norma Oficial Mexicana (NOM) para la atención de los pacientes psiquiátricos, el Modelo Hidalgo muestra a plenitud sus bondades en el hospital José Sáyago, sito en el municipio de Acolman, estado de México, bajo la dirección ejemplar de la doctora Gabriela Sánchez Calvo. En otros hospitales, el Modelo Hidalgo opera parcialmente, pero al menos los usuarios trabajan en talleres de manualidades, cobran un salario simbólico que les permite ahorrar y disponen de una tiendita miscelánea que vende todos los productos a precio de costo.

Entre enero y abril del año en curso, Virginia me invitó a la ciudad de Mérida, donde a finales de 2015 puso en marcha una iniciativa para que el viejo manicomio llamado a secas Yucatán, fuera sustituido por un hospital psiquiátrico que transforme la vida de los pacientes. Valga decir, que los pabellones horripilantes donde los condenados a cadena perpetua viven en condiciones miserables puedan ser instalados en búngalos de tres recámaras con baños completos, cocina y sala de recreo. Estamos finalmente hablando de una población minúscula en términos estadísticos

El regreso de Virginia al Yucatán —después del golpeteo mediático que mantuvo a lo largo del segundo semestre de 2015, cuando demolió personalmente a martillazos los muros que impedían la circulación del aire en las celdas comunes donde los pacientes se cocinaban— provocó enorme revuelo entre el personal del manicomio y desató muestras de cariño espontáneo entre los enfermos, que la saludaron de abrazo y beso y de igual forma fueron correspondidos.

En esos momentos, como el presupuesto de 2016 todavía no llegaba y el de 2015 ya no se podía tocar —del cual, por otra parte, la Secretaría de Salud del estado de Yucatán no había ejercido varios millones de pesos—, los hombres y las mujeres que en ese espantoso rincón de Mérida reciben una porción de gelatina, una de frijoles refritos y otra de fideos secos en una misma jícara de plástico, y tienen que comer con las manos no habían cobrado sus sueldos.

Una vez que inspeccionó el avance de la instalación de mosquiteros y aparatos de aire acondicionado, Virginia organizó una asamblea y de su morral sacó billetes de veinte pesos y los fue entregando de mano en mano a quienes luego de aclamarla salieron a la tiendita a comprarse refrescos y galletas.

Por la tarde, ese mismo día, Virginia se las ingenió para que nos recibiera el secretario de Gobierno del estado y, luego de reclamarle por la violación a la Norma Oficial Mexicana en materia de sueldos de los usuarios, el funcionario, en nuestra presencia, hizo varias llamadas telefónicas y resolvió el problema. Pero cuando todo parecía ir por buen camino, todo se volvió a complicar.

En la segunda visita a Yucatán, poco antes de Semana Santa, la hostilidad del secretario de Salud se hizo manifiesta mediante el hostigamiento directo de un policía y una camarógrafa que grabaron cada uno de sus movimientos durante largas horas. Por la tarde, como en la ocasión anterior, volvimos al palacio del gobierno, pero esta vez un grupo de colaboradoras de Virginia y habitantes de la localidad hicieron un ruidoso mitin en la puerta del edificio, que sorprendió a los turistas europeos y paralizó a la policía. Acto seguido, se formó una comisión que rodeada de periodistas, se sentó ante la entrada al despacho del gobernador Rolando Zapata Bello, sin obtener respuesta alguna.

La tercera visita, ya en abril, fue más “política”. Más agresiva por parte del gobierno de Yucatán y mucho más habilidosa por parte de Virginia. Perseguida ahora por dos policías y dos jóvenes estudiantes de periodismo que disparaban sus cámaras y micrófonos con una jeta inmutable, Virginia comprobó que el aire acondicionado funcionaba mejor, que los mosquiteros de tela de alambre estaban listos en vísperas de la llegada de los insectos que transmiten dengue, chikungunya y zika, y que todo lo demás seguía siendo un desastre debido a la indolencia de la directora —una señora atornillada al escritorio de su burbuja de aire acondicionado— que por no salir de su oficina permitía que pacientes pacíficos e indefensos, por falta de cupo en otras áreas, fueron recluidos en la misma celda con asesinos “inimputables” (o que no pueden ser enviados a la cárcel porque sus abogados sobornaron a los jueces para que los declarasen locos). Tras la inspección general, Virginia ofreció un te con galletitas en un hermoso hotel de Mérida y durante horas intercambió experiencias, relató aventuras autobiográficos, puso a la gente en contacto con la gente, y terminó la gira con un gigantesco sombrero de charro en las manos, pues no pudo ponérselo al gran señor de Yucatán.

Desde entonces, hasta la hora en que cierro este prólogo, la perseverancia de Virginia está dando nuevos frutos. El gobierno yucateco se muestra menos reticente y pronto, quizá, habrá magníficas noticias para las mujeres y los hombres de la península que reducidos al microcosmos del manicomio de Mérida, han perdido todo, menos la razón, y vaya que me consta. Quizá de mi contacto con esas personas y sus circunstancias surja algo parecido a esto.

Mientras el país naufraga y el tiempo de los buenos cambios encuentra al fin su sitio en el calendario del siglo, la corrupción asociada a la violencia psiquiátrica en México reproduce, día a día, historias como las que van a leer aquí.

                                                                                                                                Jaime Avilés

                                                                                                                         19 de julio de 2016

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