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Polemon | 23 octubre, 2017

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México, el país que desde abajo está resurgiendo de los escombros

México, el país que desde abajo está resurgiendo de los escombros

Por: Alfredo López Casanova

¡Nosotros somos ustedes!

23 de septiembre de 2017.- El anciano se levanta con dificultad de su silla, se afianza en su bastón y empieza a señalar con la mano izquierda. Después grita: “Nosotros somos ustedes… Yo ya no puedo ayudar, ya no puedo”. Hace referencia a los muchachos que pasan de mano en mano grandes trozos de concreto. También señala a las jóvenes vestidas con bata blanca que separan incansablemente medicina buena de la ya caduca. Esto en Avenida México esquina con Parras.

Después, el anciano gira su cuerpo trabajosamente hacía el lado contrario. Señala a los camiones pesados del ejército estacionados en avenida Sonora, frente al Parque. Y vuelve a gritar con su voz apagada por los años: “pero nosotros no somos ustedes, ¡malditos inútiles!” Sus palabras llegan a los militares que están sentados plácidamente en un camión color verdeolivo con el número 1621274, mientras en otro, el 1621275, se ve a varios efectivos dormir a medio día. Sí, dormidos a medio día.

Camión del Ejército en una de las zonas afectadas por el sismo. Foto: Alfredo López Casanova

Cuando unos muchachos les gritan a los militares y les tomaron fotos, éstos, en vez de bajarse dispuestos a ayudar, se tapan con gruesas lonas verdes para que no los vean ni los molesten.

“¿Estarán descansando después de una larga jornada?”, le pregunto a Carmina, una estudiante de medicina que hace pequeños botiquines a 5 metros de los militares. Ella responde con enfado: “Ash, esos ayer quisieron venir a darnos órdenes y cómo no nos dejamos, se volvieron a subir a sus unidades. Se turnan para jugar dominó y para descansar de no hacer nada”. Lo dice con enfado, mientras llena botiquines y pasa bolsas a sus compañeras. También habla por teléfono a Morelos para preguntar sobre la cantidad de medicinas que se requieren allá.

Los jóvenes se van llenando de rabia al ver la pereza de los militares. Algunas veces, éstos se levantan y con prepotencia impiden el paso a zonas derruidas a los ciudadanos que, ansiosos, portan palas nuevecitas que quieren usar para seguir salvando gente.

Un militar descansa en una unidad del Ejército en una de las zonas afectadas por el sismo. Foto: Alfredo López Casanova

Juntos, pero no revueltos

Mientras el show de la niña Frida Sofía se les cae a las televisoras y ni disculpas piden a sus audiencias, mientras Enrique Peña Nieto y la Gaviota hacen el ridículo emulando una cadena solidaria cargando ligeras cajas en un set privado y nadie los pela, mientras Graco Ramírez, el “desgobernador” de Morelos, se roba lo recolectado que la población generosa y solidaria llevaba a los pueblos afectados de Jojutla y Ticuman, mientras todo eso pasa a cuatro días de la tragedia, la gente sigue en las calles, en las plazas y en los barrios buscando de todas las maneras posibles ayudar, salvar vidas, encontrar soluciones eficaces: para enfrentar el desastre. Son como dos realidades que no se tocan, que no coinciden y, lo que es peor, que se contraponen.

Peña Nieto busca la oportunidad para levantar el rating de su popularidad que está por los suelos, y mientras más lo intenta, más se le cae. Por su parte, el ejército quiere aprovechar el desastre para lavar su rostro de asesino de campesinos y estudiantes, y de ser el responsable directo de la desaparición forzada de miles de personas. Pero no lo logra cambiar su imagen, no conecta con la gente, no hay en la población un mínimo respeto para esa institución manchada de sangre. No se ve en las calles la colaboración conjunta, no hay militares mezclados con la gente, ni en las largas cadenas humanas ni en los campamentos de recolección de víveres ni en los puestos médicos ni en las carpas de apoyo en las plazas y en los parques.  Están juntos en un sitio geográfico, pero no revueltos. La gente no quiere nada con los militares ni con la policía federal.

Como al gobierno nada le ha funcionado, buscan desesperadamente la construcción de realidades virtuales, y si es melodramática (lo más parecido a la Rosa de Guadalupe), mejor. Por eso existió la inexistente Frida Sofía.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Las y los in-visibles

Los invisibles tienen muchos rostros y edades. Son obreros y obreras. Amas de casa, profesionistas desempleados/as que no aparecerán en horario estelar y se pueden llamar de cualquier forma: Andrea, Juan, Sonia, Pedro, Esteban, Alan, Rita…

Los y las invisibles que han salvado vidas, que llegaron primero, que levantaron toneladas de escombros y que no han vuelto a sus casas porque están empecinados en encontrar más cuerpos sin muerte. No han dormido y eso es lo de menos.

A ellas y a ellos no les importa un reconocimiento. No les interesa salir en las pantallas de las televisoras ni de los celulares. No están ahí para mostrarse, sino para ayudar. A ellas y a ellos tenemos que agradecerles, retener en la memoria, mirar sus caras, sus gestos de angustia, de dolor, de rabia y también de alegría porque salvaron una vida, porque hicieron y siguen haciendo algo, algo grande o pequeñito, simbólico o discreto: algo.

Voluntarias en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Y allí están, se le puede mirar, por ejemplo, en el camellón de Fray Servando, debajo del puente que conecta los dos edificios de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Son jóvenes de la llamada generación millennials, estudiantes de los que se ha dicho que no les interesa nada. Allí están pidiendo víveres, volanteando, deteniendo el improvisado techo de lona azul para que la carpa no se venga abajo, mientras otro grupo prepara las cajas que se irán a Puebla, lugares donde no ha llegado nada ni nadie.

Eduardo y Andrés cursan en bachillerato en la Prepa 3 en la delegación Álvaro Obregón, cerca de Barranca del Muerto. Se encargan de la distribución de alimento. Cuentan que su escuela se cuarteó y se les cayó el plafón encima: “fue sólo el susto”, dicen entre risas. Al enterarse de lo que pasó en La Condesa, acudieron rápido con tortas preparadas por sus mamás, sus tías y sus primas. Y aquí están desde hace tres días con sus cajas de cartón de un lado a otro, ofreciendo alimentos.

Por las calles de Salamanca y Pachuca me topo con Mónica, Miguel y Erick, de quinto semestre de ingeniería. Pelearon duro con los funcionarios de su escuela para que ésta se transformara, durante la contingencia, en un albergue. Ahora están aquí. Anuncian en cartulinas que su escuela es un albergue, y que toda la gente damnificada que lo requiera, puede ir y dormir, bañarse y comer.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Domingo es un hombre alto y delgado, de unos 45 años. Se mueve con seguridad y soltura por toda la calle de Álvaro Obregón. Menciona con orgullo que mandó a la chingada a los militares y federales porque lo quisieron controlar y desplazar un día después del terremoto. Con su altavoz, logra que sus palabras se escuchen más fuertes. Pide con urgencia 50 voluntarios alineados: se forman cien, todos con botas, palo y pico. Varias mujeres, al escuchar el “voluntarios”, reclaman: “¡por qué piden sólo hombres, si nosotras también podemos y queremos!”

Una mujer se para y con voz firme, aunque desesperada, solicita: “¡Urgen ingenieros y arquitectos, hay casas a punto de venirse abajo!” Se presentan dos. Una chica que escuchó el grito de la mujer, se acerca y corrige: “¡óyeme, óyeme tantito, también estamos ingenieras y arquitectas!”

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

En la calle Sonora un chef camina apresurado y sostiene una cartulina con una sonrisa de oreja a oreja. Y es que la felicidad no es para menos: convenció, junto con varios compañeros de trabajo, al dueño del hotel donde labora para que facilitara un piso completo y 50 rescatistas, brigadistas y topos puedieran descansar y bañarse. Les ofrecerán todas las comidas y además brindarán alimento para otras 100 personas.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Miguel, Inés y Ángel, futuros ingenieros civiles de la Universidad Nacional Autónoma de México, salen apresurados con chilaquiles calientitos para los brigadistas. Por su parte, Pau, Bibi y Valeria han dado ya dos vueltas a su departamento ubicado en la calle de Celaya, muy cerca de la zona de desastre, para traer y ofrecer café. Caminan con sus jarras por las orillas de la banqueta.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

En el cruce de Nuevo León y Sonora, un recién salido de la adolescencia, de unos 19 años, de camisa café y casco amarillo, lleva desde la mañana horas y horas organizando la vialidad, pues uno de los semáforos no sirve. Un policía se le acerca y le dice: “¿y tú quién eres: quién te puso aquí?”  El joven, sin distraerse mucho, le responde: “nadie, sólo vi el desmadre y me puse, ¿qué, no ves?”. El policía se va: quien no ayuda, ahí nos es bienvenido.

 

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

¿Y los perros y los gatos?

En la esquina de Nayarit y Monterrey hay un albergue improvisado para animales. Son alrededor de 130 perros y gatos. Unos salieron asustados, huyendo de sus hogares por el temblor y fueron recogidos de las calles. Otros pocos fueron rescatados y están a la espera de reencontrarse con sus dueños.

Los perros rescatistas son fundamentales para encontrar gente con vida entre los escombros. Hacen un trabajo que ningún humano podría hacer: con su nariz potente, distingue dónde hay gente que aún respira. Son guías y son muy precisos. Ése es su trabajo. Pero necesitan aditamentos, uno de los más importantes son las zapatillas para que puedan moverse con facilidad entre vigas, tierra y concreto. Una pareja organiza la compra y envío de dichas zapatillas para los canes. La gente, el barrio, el pueblo, en todo está.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Simon, un francés productor de videojuegos avecindado en la Condesa, y Alva (así, con v), una chava de Monterrey que vino de turista y le tocó el temblor, saben que los perros de rescate no comen cualquier cosa, sino un alimento especial y caro. Ayer lanzaron por redes sociales a sus contactos una colecta de dinero para comprar ese tipo de comida. Hoy por la mañana ya habían logrado recaudar 6 mil pesos. Piensan acudir a un sitio en la zona norte de la ciudad, por Lindavista, donde les aseguraron que está un centro especializado en ese tipo de alimentos.

Cartel de un perrito extraviado durante el sismo. Foto: Alfredo López Casanova

El man

Rafael es colombiano. Agita las manos, organiza y a veces grita. Se nota fácilmente su acento extranjero. Lleva una libreta negra donde apunta todo, registra todo. Me dice: “mira man, esto también se tiene que hacer, es una bitácora de hechos, una memoria”. Este sudamericano estaba aquí desde hace días porque vino a dar una charla sobre protección civil. Le tocó el temblor. La gran paradoja es que el curso que pretendía ofrecer lo está dando in situ, en medio de situaciones reales y dramáticas.

Rafael se desespera, menea la cabeza y dice: “no, no, no, esto no va bien, hay mucho corazón, pero mucha inexperiencia. Los militares improvisan son inseguros, torpes y especulan mucho. Y de los azules, qué te diré… -baja la voz- los policías federales, además de todo esto, son uno ladrones, man, antenoche que sacábamos a una persona muerta, robaron cosas de valor de entre las ruinas y eso no puede ser, man Falta mucho, mucho”. Rafael es experto en protocolo de desastres y emergencias y en manejo de crisis. Se da la vuelta y continúa agitando las manos, dando instrucciones.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

El teléfono de nadie

Desde hace tres días el celular de nadie suena y suena. Por él llegan y parten mensajes de voz y de texto. Es la oficina de comunicación social ambulante más eficaz que haya conocido, por lo menos hasta ahora. Es un celular que es usado de forma tan rápida y eficaz que ya lo quisiera tener Miguel Ángel Mancera o Ricardo Monreal. Por cierto, ¿alguien sabe dónde están ellos?

Pero sigamos. Cuando la pila está por acabar, el dueño, es decir cualquiera, corre, lo carga un poco y llama o recibe llamadas:

-Hola, hola, carnal ¿ya tenemos la camioneta? ¿No? Te hablo al rato.

Cinco minutos después vuelve a sonar esa oficina de comunicación tan diminuta y tan eficiente.

-Ya, aquí está la camioneta. Pero no hay dinero para la gas.

-Vale, deja mirar.

Alguien marca

– ¿Sí?, bueno, hola, nos falta dinero para gas, ¿pueden apoyar para conseguirla?

El teléfono vuelve a sonar.

-Sí, sí, ¿ya está el dinero? Vale. Listo, van para allá.

En menos de dos horas, desde el celular, los nadie, es decir, los cualesquiera, hicieron posible el envió de un cargamento de 4 toneladas de víveres y medicina a Xochimilco. Pronto, vía ese celular, se concretarán otro acopio, otra camioneta y otro dinero para la gas.

Voluntarios en las zonas afectadas por el sismo en la Ciudad de México. Foto: Alfredo López Casanova

Es un celular pequeño, humilde, y es más efectivo que muchos equipos de comunicación de dependencias gubernamentales.

Mientras siga funcionando este teléfono de nadie y de todos, habrá esperanza. Y mientras los y las invisibles se muevan y sigan en la calle, otro país estará naciendo de los escombros.

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