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Polemon | 27 abril, 2017

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Éramos cinco a la mesa…

Éramos cinco a la mesa…

Por: Jaime Avilés (@desfiladero132)

13 de abril de 2015. A la clausura del Congreso Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) acudimos alrededor de dos mil personas. Eduardo leyó pausadamente, la gente lo escuchaba sin parpadear, esos textos deben estar por ahí, seguramente aparecerán en su próximo libro, no dejó de escribir nunca.

Después de su discurso nos fuimos a cenar a Arturo, un buen y módico restaurante de la calle Cuernavaca, no lejos de su hotel. Alrededor de la mesa estábamos, además de Helena y Eduardo, el ex embajador de Francia en Uruguay, Pierre Charasse, y su esposa, doña Guadalupe.

Como andábamos cerca, les propuse que fuéramos a conocer la casa donde Tina Modotti vivió con el fotógrafo estadunidense Edward Weston. Dos amigos míos vivían ahí y nos dieron un tour por las habitaciones, entonces repletas de objetos de arte antiguo. Esa noche fue la última vez que nos vimos. Aunque hubo tres cartas más, de las que hablaré en otro momento.

Nos despedimos, repito, en noviembre de 2012. Cuando ellos regresaron al sur del sur, en el aeropuerto de Buenos Aires, Helena se enteró de que su madre estaba hospitalizada y, peor aun, en coma. Se había caído y fracturado la cadera. A sus 90 y pocos no tenía ya ninguna esperanza. Murió a los pocos días. Y poco después, Helena también se enfermó de cáncer.

No paró allí la desgracia. Una tarde, más o menos por ahí de febrero o marzo de 2014, llamé a doña Guadalupe, la esposa de Pierre Charasse, para preguntarle qué sabía de Eduardo. Su respuesta me alegró al principio.

Va muy bien: los últimos análisis parece que salieron perfecto. Lo malo es que ahora Pierre tiene cáncer de páncreas. Por fortuna, reaccionamos rápido y a tiempo. Él está seguro de que la va a librar”, me dijo con optimismo.

Luego vino la matanza de Iguala. En una de las marchas previas al 20 de noviembre, precisamente en aquella en que le aventaron piedras a Cuauhtémoc Cárdenas pero en realidad hirieron a Adolfo Gilly, encontré a Herman Bellinghaussen, el cronista histórico del movimiento zapatista. Me dijo que Helena Villagra, la esposa de Galeano, estaba gravísima, “incluso peor que él”, y que a Eduardo le había caído en el hígado que Marcos decidiera llamarse subcomandante Galeano.

No mucho más tarde se acabó el año pasado. Mi amiga, la excelentísima cineasta Diana Cardozo, fue a visitar a sus padres a Montevideo y volvió con la novedad de que Eduardo había estado en el hospital, hasta que lo desahuciaron y lo mandaron a morirse a su casa, en tanto Helena seguía muy, muy mal.

Quizá la última foto que le tomaron en vida los periodistas a Eduardo sea en la que sale, amarillo y afilado como un lápiz, la cara chupada y con una flacura quijotesca, la mañana reciente en que Evo Morales fue a Uruguay, para atestiguar el cambio de presidente, y pasó a saludar a Galeano a la “casa de los pájaros”.

Hace algunas semanas murió Pierre Charasse. Me enteré por una esquela en La Jornada. Hoy lo siguió Eduardo. Helena lo acompañará muy pronto, a menos que venga un hada con varita mágica y la salve. Pensando en todo esto, poco antes del lanzamiento de Polemón, escribí estas tristes reflexiones, que no me atrevo a llamar o creer que sean un “poema”. El hombre al que alude la segunda línea es el embajador Charasse.

Éramos cinco a la mesa
Hoy murió uno
Otros dos no tardarán
Los otros dos
Nosotros dos
También estamos muriendo
Pero como siempre
Normal
Sin
fecha de caducidad visible

Comentarios

  1. yazmin

    Que historias de vida Jaime, que afortunado eres de haber conocido a éste gran hombre que ha hecho historia.
    Me siento afortunada de conocerte y quiero decirte que eres de los pocos valientes en éste país que dicen las cosas como son.
    te mando un abrazo y toda mi solidaridad.
    Recuerdo que cuando nos vimos me comentaste alguna anécdota que viviste con Galeano….

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