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Polemon | 24 febrero, 2018

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El difícil arte de decir mucho con poco

El difícil arte de decir mucho con poco

Por: Jorge Gómez Naredo (@jgnaredo)

13 de abril de 2015. No recuerdo cómo ni por qué ni cuándo llegó a mis manos una edición de Siglo XXI de Las venas abiertas de América Latina. En ese tiempo no había internet y eso de los enlaces (o “links”) que te llevan a conocer más de lo que uno quería conocer era cosa como de ciencia ficción. No sé si alguien me recomendó libro, o si leí algo en la prensa de él, o si fue una búsqueda fortuita en la enciclopedia que mi mamá había comprado en abonos facilitos (durante 24 meses).

No sé. Lo que sé es que lo leí y que fue un libro que me puso rebelde. Porque Las venas… para quien lo lee, no puede hacer otras cosa que marcar y mostrar horizontes, abrir heridas, hacer consciente a uno de que el mundo es injusto, y que vale la pena lucha para que la injusticia se caiga, se haga menor, para que no duela tanto o para que desaparezca, aunque sea un poquito.

Después leer Las Venas… comencé a seguir a Eduardo Galeano, sus textos, lo que escribía de vez en cuando en La Jornada, quién era. Traté de saber más de él. En ese tiempo, cuando la revolución tecnológica no llenaba toda nuestra vida cotidiana y cuando la información estaba más allá de un “clic”, era complicado saber mucho acerca de algo o de alguien que no viviera a unos cuantos metros de nosotros.

Supe que era uruguayo y que tenía amistad con un autor cuyos textos en ese entonces me servía para conquistar amigas que luego se convertían en novias y un ratito después en ex novias, es decir, de Mario Benedetti. En ese tiempo también fue que conocí la música de Daniel Viglietti y de Alfredo Zitarrosa. Uruguay me deslumbró: un país pequeñito, con menos habitantes que los que tiene la Delegación Iztapalapa, y tan lleno de palabras.

Descubrí que Eduardo Galeano escribía textos donde, con pocas letras, decía un montón de cosas. Siempre he pensado que decir mucho con poco es algo complicadísimo. Galeano hacía cotidiana esa forma de trabajar. A sus textos no les sobraban una coma ni les faltaba un punto.

Galeano se convirtió en un autor de cabecera, de debate. Tuve la costumbre de comprar sus libros nada más salieran en la librería. Así sucedió con Patas arriba, Boca del tiempo (que me regaló una novia -una que no se fue “en un ratito”- antes de yo poder adquirirlo), Espejos y Los hijos de los días.

Las historias que contaba Galeano encerraban en la simplicidad la complejidad. Y es que la simplicidad de la escritura de Galeano (una simplicidad dificilísima de lograr) encerraba una complejidad del mundo, un decir más allá de lo que se dice, un describir con poco lo complicado del orbe.

Muchos escriben cientos y cientos de páginas para narrar un proceso histórico, para contar una historia. Mamotretos con miles de palabras y de páginas que dicen poco. Galeano podía escribir una historia complejísima en media cuartilla.

Se murió Galeano. Y uno se pone triste. Pero nos queda lo que nos dejó, que no es poco. Aquí un ejemplo de ello:

Asaltado asaltante

En América Latina, las dictaduras militares quemaban los libros subversivos. Ahora, en democracia, se queman los libros de contabilidad. Las dictaduras militares desaparecían gente. Las dictaduras financieras desaparecen dinero.

Un buen día, los bancos de Argentina se negaron a devolver el dinero a los ahorristas.

Norberto Roglich había guardado sus ahorros en el banco, para que no los comieran los ratones ni los robaran los ladrones. Cuando fue asaltado por el banco, don Norberto estaba muy enfermo, porque los años no vienen solos, y la jubilación no daba para pagar los remedios.

De modo que no le quedaba otra: desesperado, penetró en la fortaleza financiera y sin pedir permiso se abrió paso hasta el escritorio del gerente. En el puño, apretaba una granada:

– O me dan mi plata o volamos todos.

La granada era de juguete, pero hizo el milagro: el banco le entregó su dinero.

Después, don Norberto marchó preso. El fiscal pidió de ocho a dieciséis años de cárcel. Para él, no para el banco.

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