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Polemon | 23 octubre, 2017

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Eduardo Galeano y La rebelión de los maniquíes

Eduardo Galeano y La rebelión de los maniquíes

Por: Jaime Avilés (@desfiladero132)

A finales de los mil novecientos noventa, Eduardo Galeano estaba escribiendo las viñetas literarias que La Jornada publicó bajo el título de “Ventanas“, cuando le conté lo que a continuación transcribo.

Janitzio, Michoacán, 25 de diciembre de 1978.- Un cohetón anuncia en lo alto de la tarde la muerte de Héctor Chávez, nacido el 28 de abril de 1977. Un coro de plañideras, una veintena de niños metidos en camisetas de mugre y algunos pescadores amigos de Juan Chávez, el triste padre, forman el cortejo que marcha por el barrio de San Miguel, entre un aroma de charales fritos y basura podrida, rumbo a la iglesia de San Jerónimo.

En el pequeño ataúd, sobre los hombros del padrino, van también los restos de una “calentura” que empezó sin explicación la semana pasada y se apagó esta madrugada, a pesar de las aspirinas de la señora Trinidad. Con Héctor Chávez, la insalubridad de la isla se ha llevado en los últimos cuarenta y cinco días, a once niños y un anciano.

La noche del último dos de noviembre (“todos estábamos desvelados por la fiesta de muertos”), el fervor ritual de incontables veladoras se trenzó en un solo fuego y arrasó el templo y la imagen del santo patrono de los isleños y transformó en carbón, al mismo tiempo, la figura de la “esposa del señor José”, la Virgen de la Purísima, que estaba a la derecha del altar.

Las doce muertes que se han acumulado desde entonces, para estos hombres de rasgos orientales que caminan entre los turistas y los cerdos tejiendo sus redes al hombro, tienen el significado de una maldición. El viejo Silverio Candelario, nacido aquí en 1901 y dedicado ahora a cuidar la escuela primaria “Patzimba”, por lo que obtiene 150 pesos mensuales, dice, mientras observa el paso del funeral:

–Noses jarat uchari anchi kuarin Jashanishu (nuestro trabajo está muy mal aquí en Janitzio) –y recuerda que él colaboró “con Cárdenas” en las obras de albañilería de la escuela en 1936; en aquel tiempo había sólo cuatro aulas, hoy son ya diez. Y señala una cancha de basquetbol, en la que están secándose dos largas redes, unos cuantos metros arriba del nivel de agua–. Debería usted ver cuántos chamaquitos hay en las mañanas, acha (señor); son como doscientos.

La isla de Janitzio. Foto: Ricardo Villar/Flickr

La isla de Janitzio. Foto: Ricardo Villar/Flickr

En efecto, a lo largo de la calle única de la isla –que empieza en los embarcaderos a donde llega el turismo y sube como una escalera (con una casucha convertida en tienda de artesanías en cada peldaño) hasta el monumento a Morelos– el visitante se encuentra con una gran cantidad de niños, pero más de niñas, que se cobijan del sol y juegan con la tierra sucia de pisadas, en medio de numerosos cerdos vagabundos.

Hay, a la mitad de este camino, una terraza (desde donde se ven los tejados de Pátzcuaro), en la que se asienta, hecha ruinas, la delegación municipal –una casona de muros verdes– y más allá, hacia donde ahora enfila el cortejo de Héctor Chávez con sus cohetones, está enclavada la iglesia. Una vocecita pide: inskurin yumu centavu, acha (dame cinco pesos, señor) a cambio de las fotografías que acaba de tomarle Marta Zarak.

Esto de venderle la propia imagen a los turistas no es negocio exclusivo de los pequeños. Lo mismo una mariquita (muchacha) que un tumbí (joven) exigen siempre yumu centavu a los visitantes, ante la imposibilidad de obtener unas monedas por otros medios: la familia, en Janitzio, recurre además de la pesca de charales y blanco de Pátzcuaro, a la cría de cerdos (que se alimentan de basura), a la confección de redes de juguete, a la talla de madera para máscaras y, principalmente, a la mendicidad.

Cementerio en Janitzio. Foto: Angel Gonzalez Hereza/Flickr

Cementerio en Janitzio. Foto: Angel Gonzalez Hereza/Flickr

–¡Ay, papacitu, papacitu! –claman las plañideras, ahora en el interior del templo. La bóveda de piedra, en sombras, con una gran horadación en el techo, multiplica los quejidos. Los hace aún más lúgubres. En lo que era el altar hay una pira de cenizas, cubierta con un lienzo morado y, en el muro principal, en lugar del crucifijo, hay una mancha de tizne que evoca, en el corazón de los indígenas, la presencia del autor mitológico de sus desgracias.

Sobre un taburete, en mitad de la ruinosa nave, hombres, mujeres y niños más ruinosos aún, colocan la caja blanca de Héctor Chávez, y una mano oscura, salida de un rebozo, levanta la tapa para descubrir el cadáver de un muñequito negro, tocado con un gorro de holanes. De repente, bajo el susurro de las plegarias, en la oscuridad de las seis de la tarde, la tapa del féretro cae y remeda el ruido de un portazo lejano. La madre de Héctor Chávez, una mariquita de veinte años, estalla:

–¡Ay papacitu!

Afuera de la iglesia tempuchecha ajarashinti cervézane (los novios toman cerveza), según dice Pedro Domínguez, otro viejo, que funge como tesorero de las obras de reconstrucción del templo. Mientras mira una pareja de enamorados ingleses que beben en el pórtico de una casucha, cuenta que el incendio empezó el dos de noviembre, a la una de la mañana, cuando todos dormían. Explica que toda la comunidad, con jarros y cubetas, luchó infructuosamente hasta el amanecer. ¿Y los bomberos?

–Nadie los envió –responde el hombre, que ha pasado sus sesenta años en esta ínsula sin telégrafo ni teléfono.

Arriba, en lo más alto de este chipote de quince hectáreas de tepetate para casi tres mil apretujados habitantes, Janitzio sostiene la estatua de Morelos, ordenada por Lázaro Cárdenas en 1938. Por la mañana, un grupo de niños cubiertos con máscaras de cartón surge, de pronto, aullando para llamar la atención de los turistas, a quienes solicitan monedas para alimentar los botes de cerveza que traen en la mano. Famosa en Michoacán, la estatua es para sus visitantes el gancho que los atrae a comer charales y dejar, así algún ingreso a los isleños.

Cementerio en Janitzio. Foto: Antonio MaloMalverde/Flickr

Cementerio en Janitzio. Foto: Antonio MaloMalverde/Flickr

Estos niños enmascarados, que juegan sobre un libro de bronce en el que están contenidos Los sentimientos de la nación, escritos por Morelos, mendigan junto a un párrafo que afirma: “Los bienes de los ricos y los tesoros de las iglesias deben destinarse a los pobres y los gastos de la causa insurgente”.

El último petardo estalla en la puerta del cementerio, trescientos metros abajo del monumento, cuando ya casi se ha ido el sol. El panteón construido bajo una gigantesca oquedad abierta en un costado del cerro, guarda menos de cincuenta tumbas sin lápida ni indicaciones, exceptuando algunas en las que reposan los más antiguos isleños. No faltan allí, como en todas partes los cerdos.

Antes de que el cortejo de Héctor Chávez penetre en el panteón, Vicente López Séptimo, uno de los más ancianos indígenas, relata que hace unos meses el presidente municipal de Pátzcuaro, José Luis García, mandó un piquete de agentes vestidos de civil a incautar los puercos. Ante el despojo, las familias tuvieron que acudir a la oficina de García para exigir la devolución de sus animales. Éste, con gran sentido de la salubridad, exigió que todos los marranitos fueran vacunados para prevenir enfermedades y puso como condición para rescatarlos que cada propietario pagase 260 pesos por trompa. García, se dice, vendió como propios todos los animales que se quedaron “en prisión” por la pobreza de sus dueños verdaderos.

En el cementerio –la caja de Héctor Chávez ya ha bajado a la fosa– las plañideras se distribuyen sobre las tumbas de sus muertos más viejos y lloriquean desde allí. Frente a la modestia de los montoncitos de tierra que cubren las sepulturas, destaca, con sus trazos de mármol y granito, el único mausoleo que existe en el lago y que no ha sido concluido todavía. ¿Será de algún cacique?

–No –responde casi ofendido Vicente López-. Lo hicimos entre todos para enterrar a San Jerónimo que se nos quemó en el incendio y a la esposa del señor José, la Virgen de la Purísima.

Eduardo Galeano. Foto: Flickr

Eduardo Galeano. Foto: Flickr

Bocas del tiempo

Fue en Venecia, 1997, durante un festival de solidaridad con los indígenas rebeldes de Chiapas, cuando Galeano, prologuista de un intempestivo libro de Gianni Minà sobre el subcomandante Marcos, me pidió que le mandara La rebelión de los maniquíes a su apartado postal de Montevideo.

Quería hacer una “ventana” con la historia del cementerio indígena donde la tumba más importante era la de un santo y una virgen calcinados por el exceso de fervor de sus devotos. A Eduardo lo fascinaban esas paradojas. ¿Cuántas veces no repitió en charlas privadas y públicas el asombroso titular de un periódico sensacionalista que anunciaba un trágico derrumbe en algún punto del Uruguay? “¡Murió aplastado por su propio domicilio!”.

Nunca le mandé La rebelión de los maniquíes, pero se la llevé personalmente en diciembre de 2004, junto con el manuscrito de mi primera, malhadada y olvidada novela.

–Ponelos ashí — me dijo del mal humor, sin tocar ni el libro ni mucho menos el feto de libro que esa mañana, en una papelería cerca de la Plaza Cagancha, había engargolado bajo el sol torrencial del verano navideño. Ventanas ya se habían convertido en Bocas del tiempo, la penúltima de sus obras que vio impresa. Y afuera, en el asador de la Casa de los Pájaros, las colitas de cuadril se hacían sobre el rubor de las brasas.

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